Querida Srta. Santa Clausura 28. Gia #3
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28. Gia #3

No respondo. Porque no puedo. Porque no quiero.

Porque si abro la boca ahora mismo, o le confieso que llevo cinco años soñando con esta escena, o se la arranco a mordiscos.

Así que simplemente lo miro. Lo miro como si pudiera hacerle entender todo con los ojos.

Y, sorprendentemente, parece que funciona porque traga saliva, da un paso más cerca, como si eso fuera posible, y su respiración roza mi clavícula.

—Quizá vaya siendo hora de que te enseñe mi habitación… —s uelto.

Gian sonríe. Ese tipo de sonrisa que no se ve, se siente. En el estómago. En las piernas. Entre ellas.

—Estoy deseando verla.

Camino delante de él, sintiendo su mirada como un calor detrás de las rodillas. Abro la puerta con una teatralidad innecesaria, como si fuera la gran final de un concurso, y ahí está: cama grande, edredón rojo de peluche, luz tenue y ese caos organizado que solo yo entiendo.

Gian entra, echa un vistazo y se queda quieto . Inspira hondo, como si el aire de mi casa le supiera a algo que había olvidado querer. Y entonces no se mueve. Ni un paso más. Yo parpadeo.

—¿Qué pasa ? ¿Te ha entrado el síndrome de Stendhal con mis cojines de Rollandi Arredamenti? ¿Te ha hablado la lamparita? ¿O me he dejado algún tanga usado por el suelo?

Nada. Ni una ceja levantada. Solo esa intensidad suya, clavada en algo que no alcanzo a ver.

—Dímelo ya —insisto, cruzándome de brazos—. ¿Qué? ¿Te has dado cuenta de que soy la mujer de tu vida justo al ver mi librería? ¿O es que te ha dado un brote espiritual y estás teniendo una epifanía con mi alfombra de Natuzzi?

Él camina hasta la estantería, esa que tengo repleta de ediciones especiales de mis libros favoritos, y coge una cosa entre los dedos. Se gira hacia mí con los ojos entrecerrados, como si no se creyera lo que está viendo.

—¿Todavía lo tienes?

Yo dejo de respirar, porque entre sus dedos está esa entrada de cine que él mismo fabricó con cartulina blanca, rotulador rojo y todo su entusiasmo, durante aquel encierro infernal en plena pandemia del COVID -19.

Escribió con su letra torcida: «Cine íntimo.

Sábado. 21.30. Solo dos asientos. Una única proyección.

Solo para enamorados». Y yo me acuerdo cada día de ese momento.

Me acuerdo perfectamente. Me acuerdo del sofá arrastrado hasta el centro del salón, de las velas, del bol enorme de golosinas y del proyector que pidió prestado a su vecino para ver One-Way to Tomorrow como si fuera una première exclusiva.

Me acuerdo del beso que me dio cuando acabó la película.

Me acuerdo de pensar: «Con este hombre, hasta una pandemia tiene sentido».

Fue un par de semanas antes de que se marchara.

— No sé de qué hablas —miento.

—Gia…

—La tenía guardada, ¿ vale? Primero en un cajón.

Luego en un li­bro. Luego en otro cajón.

Luego en otro libro. Durante mucho tiempo.

Hasta que me harté de hacerme la fuerte y la puse ahí.

Cerca. No para recordarte, sino… por lo que sentí esa noche.

Lo guardé como quien guarda algo que no sabe si volverá a vivir.

Como si con ese papel pudiera convencerme de que no me lo había inventado.

Para… Bueno, ya sabes. Para no olvidarme de cómo se siente querer a alguien así. Y que te quieran de la misma forma.

Gian deja la entrada sobre el estante con lentitud.

La acaricia con los dedos. Como si de pronto entendiera que esto no era solo una relación.

Era una vida entera que nunca acabó del todo.

Y entonces me mira, y ni siquiera me da tiempo a interpretar esa mirada.

Porque ya me está besando. Y Dios, me besa como si este beso fuera la forma más física de decir: «Todavía estás aquí. Todavía eres tú».

Me coge la cara con ambas manos, firme, como si necesitara anclarme.

Como si tuviera miedo de que me evaporase si no me sujeta bien.

Y luego me arrastra hacia atrás, sin dejar de besarme, hasta que mi espalda choca contra la pared con un leve golpe seco.

Sus labios buscan los míos con hambre. Con ternura.

Con desesperación controlada. Me besa como si quisiera recorrer todos los años que no estuvimos, minuto a minuto, con la boca.

Y yo respondo igual. Le rodeo el cuello, me pego a su cuerpo, le muerdo el labio sin querer porque ya no sé gestionar todo esto.

El temblor. La presión entre las piernas.

La necesidad. Siento su lengua rozar la mía con una mezcla perfecta de urgencia y precisión.

Siento nuestras respiraciones volverse una, desordenadas, aceleradas, como si el oxígeno también se hubiera puesto nervioso.

Sus manos bajan por mi espalda, como si cada vértebra fuera un dato perdido que necesitara memorizar de nuevo.

Me toca con ese cuidado voraz de quien no sabe si va a tener otra oportunidad.

Y, a la vez, con la seguridad de quien ya ha decidido que no va a dejar que esto se le escape.

Cada beso es una pregunta. Cada caricia, una respuesta.

Cada roce, un juramento silencioso. Y ahí, en medio de mi habitación, con una entrada propia y un recuerdo real respirando en la estantería, lo entiendo.

Esto no es una repetición. No es una escena que ya vivimos.

Esto es otra cosa. Más honda. Más caliente. Más peligrosa.

Esto es un estreno.

Y los dos estamos en primera fila.