28. Gia #2
Lo ignoro, entro en el coche y arranco con toda la dignidad que puedo reunir.
Gian sube de copiloto , ajusta el asiento y pone villancicos italianos en la radio , pero baja el volumen lo suficiente para que solo sea música de fondo.
Y empieza a canturrear. Mal. Fatal . Delirantemente mal.
Pero lo hace como si Pavarotti le debiera algo.
—¿Sabes que este es mi primer coche?
—¿Y sigue vivo?
—Tiene más vidas que Turrón. Y créeme, eso es mucho decir. Ese perro se ha caído de la cama tres veces, se ha atragantado con una bola de Navidad dos, y una vez intentó comerse una pila. De botón .
Gian se ríe. Y yo, en ese momento, juro que no me importa nada más que este trayecto. Esta risa . Este coche viejo, estas curvas imposibles y este copiloto que huele desesperadamente a algo que hacía tiempo que no olía . A hogar, quizá.
El trayecto es corto. Demasiado corto. Pero sí lo suficiente para que tu cerebro —si eres yo , y lamentablemente lo soy— decida sabotearte con una intensidad olímpica .
¿Y si esto es un error? ¿Y si mañana nos arrepentimos?
¿Y si ve mi pijama de pingüinos y se da cuenta de que no está preparado para este nivel de compromiso?
¿Y si Turrón le gruñe? ¿Y si Suchard se sube a su chaqueta nueva, le deja el olor impregnado de hogar canino en pleno diciembre y Gian nunca me vuelve a llamar porque ha desarrollado una alergia rara ?
—Te estás mordiendo el labio.
—No, qué va.
Aparco. Más o menos recto. En… un ángulo comprometido. Y luego respiro hondo. Cuento hasta tres. Me quedo en el asiento como si fuera a declararme culpable de algo muy serio.
—¿Lista ?
—¿Para qué?
—Para presentarme oficialmente a tus hijos peludos —responde con esa voz baja que me hace querer abandonarme a mis peores impulsos—. Aunque ya compartimos calle y baba. Pero no es lo mismo. Esta vez será formal.
—Vale, pero pórtate bien —le advierto, subiendo el tono como si yo fuera la adulta responsable en esta situación, lo cual es discutible—. No los mires raro. No les hables en diminutivos . Y no les des galletas si no te lo piden con la mirada.
—¿Y cómo sé si me lo piden con la mirada?
—Créeme, lo sabrás. Es como un hechizo . O un tipo muy específico de chantaje emocional canino.
Subimos las escaleras en silencio. Por suerte, no nos cruzamos con la vecina regadora de medianoche. Y entonces, al llegar a mi rellano: clic clic clic. Uñas contra el suelo. Una carrera desatada. Un golpe seco, probablemente de Suchard contra la puerta. El preludio de la catástrofe.
—Prepárate.
Abro la puerta y Turrón, que tiene alma de cabra montesa, se lanza como un proyectil con dirección exacta hacia mis piernas, y luego hacia las de Gian.
Ladra. Rebota. Se enreda. Lame . Todo a la vez.
Un espectáculo multisensorial en cuatro patas .
Suchard, en cambio, camina con la dignidad de un mayordomo que acaba de decidir si se te permite la entrada o no.
Me saluda moviendo la cola, y luego se detiene frente a Gian.
Lo observa. Lo huele. Y, finalmente , le ofrece la pata como si fueran a firmar un tratado de paz bajo la supervisión de las Naciones Unidas .
—Estos son mis chicos.
—Hola, chicos —responde Gian, agachándose como si no midiera metro noventa y no tuviera vértebras. Se pone a su altura con una naturalidad pasmosa.
Turrón le lame la oreja con entusiasmo. Suchard le inspecciona los bolsillos con interés. Yo contengo la respiración, como si estuviera viendo una entrevista de trabajo sin posibilidad de repetir.
—Te están evaluando —le susurro.
—¿Y…?
—Suchard, sin duda, te ha aprobado —digo en cuanto el susodicho le da un cabezazo afectuoso en el muslo y se sube al sofá sin más drama—. Turrón aún se lo está pensando. Puede que no te robe un zapato esta noche. Si tienes suerte.
Gian se ríe. Se incorpora. Me mira. Y entonces me lanza una de esas preguntas que parecen inocentes, pero te desarman desde dentro.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Tú ya me has aprobado?
Me quedo en silencio. Estoy a punto de decirle que sí.
Que claro. Que cómo no. Que ya no hay vuelta atrás.
Pero justo entonces Suchard se enrosca en su manta favorita con un suspiro exagerado, y Turrón empieza a dar vueltas por el pasillo con mi pantufla en la boca como si fuera un trofeo, y yo…
simplemente me río. Porque sí. Porque este caos es mío.
Porque este desastre tiene nombre y patas.
Y porque Gian no parece querer salir corriendo.
—Bienvenido a mi hogar. Sé que no es gran cosa, pero al menos tiene techo, paredes , y la cisterna funciona, que ya es más de lo que ofrecía mi anterior piso.
Bueno, no era mi piso exactamente, lo compartía con una pareja de veganos nudistas que meditaban en el salón.
A las seis de la mañana . En tanga. Ellos, no yo, obviamente.
Aunque una vez se me ocurrió unirme, pero llevaba pijama de ositos y fue …
raro. —Me muerdo el labio—. En fin. Que este es mío.
O sea, no mío, porque una parte la pagaron mis padres, otra, el banco, y otra, el karma por todas las buenas acciones que he hecho en la vida , como no empujar por las escaleras a mi ex.
No a ti, al otro. Pero lo importante es que aquí mando yo.
Y los perros. Y a veces la caldera , cuando decide hacer huelga…
Me cruzo de brazos, no tanto por hacerme la interesante, sino porque estoy bastante segura de que, si no me agarro a algo, voy a desmayarme . O a lanzarme sobre él. O ambas.
Gian me mira como si acabara de decirle que soy la reencarnación de la diosa del hogar. Sonríe despacio, con esa calma que tiene cuando quiere hacerme arder.
—Es el sitio más acogedor en el que he estado nunca.
Lo dice como si lo pensara de verdad. Como si este desastre ado rable de mantas desparejadas, velas a medio derretir y cojines navideños le pareciera…
perfecto. Y está demasiado cerca. Porque huele demasiado bien .
Porque me está mirando con esos ojos como si no le importara que haya hablado sin parar durante minuto y medio.
O como si eso fuera precisamente lo que más le gusta.
—Eh… ¿Quieres algo de beber? —pregunto, dando un paso hacia atrás, como si eso fuera a solucionar la temperatura ambiente.
—Creo que ya hemos bebido demasiado. Pero da igual. ¿Qué tienes?
—Eh… Vino. Blanco, tinto, rosado, una botella medio empezada de algo que traje de una cata a ciegas con la famosa sumiller americana Leigh Sailor, y que está que te cagas de bueno… Ah, y también tengo cerveza, zumo de naranja y… agua del grifo con cal . Mucha cal.
—¿Y tú qué vas a tomar?
—¿Yo? Probablemente una decisión de la que me arrepienta. Pero mientras tanto vino blanco. Frío.
Camino hacia la cocina, pero no llego . Porque él me sigue.
Porque está justo detrás. Porque me roza la espalda con la mano al pasar, como si nada.
Como si fuera casual. Pero no es casual.
No cuando me giro y lo tengo a un palmo.
No cuando me mira la boca como si le apeteciera más que el vino.
No cuando yo dejo de respirar por un segundo.
—Esto es… peligroso, Gian.
—¿Y desde cuándo eso te ha echado para atrás, cariño?