Querida Srta. Santa Clausura 28. Gia
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28. Gia

Gia

Querida Srta. Santa Clausura:

Necesito una cena de clausura YA. Antes de que me haga cantar otro villancico a dúo. Yo… lo amo. O lo amaba. O tal vez era la calefacción, no lo sé. El caso es que no puedo seguir conviviendo con mi novio como si fuéramos los protagonistas de una sitcom navideña con síndrome de negación crónica.

Organíceme la clausura, por favor, porque todavía duerme en mi lado de la cama. Y ronca a ritmo de «All I Want for Christmas Is You». Es EXTREMADAMENTE URGENTE.

Con desesperación festiva,

Luciano Colombo

Vale, estoy borracha.

De vino, sí. Porque después de que nos sentáramos en el suelo, helándonos el culo contra la fachada de la casa de la nonna , Gian ha ido encadenando vasos de Sciacchetrà como cromos de la liga y yo he dicho que sí a todos sin preguntar ni una sola vez qué celebrába mos.

Pero lo sabía. Por supuesto que lo sabía.

Celebrábamos esto. Lo nuestro. Lo de hoy.

Lo de haber llegado hasta aquí, en diciembre, con las luces colgando de cada ventana como si la Navidad se hubiera vuelto loca de amor y mis manos heladas metidas hasta el fondo de sus bolsillos.

Pero también estoy borracha de emoción. Y de besos.

Sobre todo de los últimos. Porque han sido los mejores de mi vida, y eso que Gian tiene un historial de dejarme sin oxígeno cada vez que me roza los labios.

Pero, después de cinco años, ha habido una evolución, un perfeccionamiento, como si hubiera estado entrenando solo para besarme mejor.

Y ahora hemos vuelto a pasear por el mercadillo pasadas las doce de la noche.

Un martes. Bueno, en teoría ya es miércoles , pero vamos a fingir que seguimos en modo festivo porque , sinceramente, ¿quién cierra un mercadillo navideño mientras dos personas que se quieren están teniendo su momento de comedia romántica con final de película? Pues eso: nadie.

Así que aquí estamos . Yo, con los mofletes ardiendo y los pies congelados.

Y Gian, caminando a mi lado como si no existiera el tiempo ni el frío.

Él. Con su sonrisa torcida, sus manos grandes y esa forma de mirarme como si el resto del mundo se le hubiera vuelto irrelevante desde el momento en que puso sus ojos en mí hace unas horas.

Y yo, evidentemente, no tengo ni la más mínima intención de dejar de seguirle.

—Quizá deberíamos irnos a la cama. Parece que todo el pueblo ya lo ha hecho .

Lo digo aunque no tengo ni una pizca de sueño .

Lo que tengo es una rave de mariposas montada bajo el esternón.

Y, por si fuera poco, están coreografiadas.

Perfectamente sincronizadas para hacerme perder el equilibrio en el momento justo .

Que suele coincidir con cualquier frase que él diga bajando la voz medio tono.

—¿Quieres que vayamos a mi casa ?

Sus dedos aprietan ligeramente los míos porque él también lo ha notado: acaba de cambiar la presión atmosférica entre nosotros sin intervención meteorológica.

—Podrías quedarte a dormir —añade, en voz baja. Como si no le importara. Pero le importa. Mucho . Muchísimo—. Si quieres.

—Sí, podría…

—Tengo calefacción. Sábanas limpias. Una cafetera vintage…

—¿Y qué más? ¿Panetone artesanal con denominación de origen?

—Sí, y mermelada de naranja amarga. Sé que, por alguna razón que no he logrado comprender nunca, te encanta esa aberración.

Lo dice despacio, como si supiera perfectamente que ese detalle, el de tener en su casa mi mermelada favorita (la cual él odia, por cierto), me derrite más que sus besos. Que ya es decir. Y sí. Lo hace.

Me detengo un segundo y me giro hacia él , con los labios entreabiertos. Gian clava sus ojos en los míos, y la tensión es tan espesa que podrías untarla en una tostada.

—Me encantaría, pero… no puedo. No puedo dejar solos a Turrón y a Suchard. Seguramente ya me odian bastante por haber salido esta noche. Si no vuelvo , se comerán el sofá y luego redactarán una denuncia formal por abandono emocional y negligencia afectiva grave.

Gian suelta una carcajada suave que se cuela por todas mis grietas.

—¿Tienes idea de lo mucho que me gustas cuando hablas de tus perros?

—¿Y tú tienes idea de lo difícil que es decirte que no cuando hablas de sábanas limpias y mermelada?

Él da un paso más cerca. Muy sutil. Muy lento.

—Te acompaño entonces.

—No hace falta. He venido en coche.

—Me apetece. Yo he venido andando, así que puedo ir contigo.

—Pero entonces tendrías que quedarte… —le advierto , fingiendo gravedad, aunque mi pulso está en modo fuegos artificiales .

Él me lanza una sonrisa lenta, ladeada, que directamente me convierte en papilla. Me dan ganas de suspirar, gritar, arrancarme la ropa y firmar un contrato de convivencia todo a la vez. Así que, por si no ha entendido la magnitud del asunto, añado:

—¿Aunque implique subir escaleras? ¿Y saludar a una vecina medio rara que siempre sale a regar a la una de la madrugada con una regadera de Miércoles Addams?

¿Y recoger una caca de Turrón en la entrada, porque fijo que se ha vengado de mi ausencia dejándome un regalo estratégicamente situado frente a la alfombrilla?

—Especialmente por eso.

Y, sin esperarlo, me besa de nuevo. Así , sin avisar.

Despacito. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Como si cada milímetro de distancia que recorre hasta llegar a mi boca fuera una promesa.

Apoya suavemente las manos en mis mejillas, con esa dulzura firme que me hace cerrar los ojos antes incluso de sentir sus labios.

Y entonces me besa de verdad. Con hambre contenida.

Con precisión . Con una ternura feroz que no entiendo cómo puede convivir con lo erótico que es este beso.

Su boca es fuego, decisión, deseo. Su lengua roza la mía como una caricia lenta, como si quisiera memorizar cada rincón, cada línea , cada temblor.

Me besa como si supiera que es un punto de no retorno.

Como si entendiera que esto, justo esto, es lo que llevaba años esperando.

Sí. Definitivamente estoy borracha. De vino. De él. De ganas de que esto no acabe nunca.

—¿Me vas a hacer suplicar, cariño? —susurra junto a mi oreja, y su voz me provoca microinfartos cerebrales perfectamente sincronizados. Uno por palabra. Uno por cada sílaba arrastrada con esa maldita seguridad suya.

—Sí.

Gian sonríe, y esa sonrisa… Esa sonrisa podría desnudarme más rápido que sus manos.

—Por favor, déjame acompañarte a casa.

—¿Y…?

—Y, por lo que más quieras —se inclina más, rozando apenas mi mandíbula con su nariz—, déjame quedarme.

Sus ojos se clavan en los míos con una intensidad que quema. Y hay algo en su forma de sostenerme la mirada, de no moverse, de esperar… que hace que me tiemble todo por dentro.

—Ahora de rodillas —le ordeno, y mi voz me sorprende incluso a mí: firme, grave, empapada de ganas.

Él deja escapar una risa baja, que vibra como un trueno contenido.

—Ay, cariño… —dice con descaro, sin apartar la vista —, si me dejas, estoy más que dispuesto a arrodillarme por ti.

Aquí mismo. Y no solo por respeto. También por pura adoración.

Por hambre. Por todo lo que llevo aguantándome años.

Pero creo que mañana saldríamos en todas las noticias por escándalo público.

—¿Y? Tal vez les haga falta un poco de esperanza navideña.

Él se ríe muy bajo. Pero no es una risa graciosa. Es oscura. Prometedora. El tipo de risa que avisa.

—Gia… —susurra, acercándose más, sus labios ya peligrosamente cerca de mi oído—, no tienes ni idea de lo que estás insinuando. Si me arrodillo, no va a ser para suplicarte. Ni para rezar.

Trago saliva. Muy despacio.

—Entonces hazlo —respondo—. Pero no aquí.

Sus ojos me recorren con esa intensidad suya que parece arrancarme capas. Me mira como si ya lo estuviera haciendo con la boca . Como si ya lo supiera todo. Él no se mueve . Yo tampoco. El aire entre nosotros es un campo eléctrico .

—¿En tu casa?

—En mi casa.

—¿Y puedo quedarme después ?

—Si haces bien tu trabajo…

Su sonrisa se curva como si le hubiera tocado la lotería.

Y entonces me besa otra vez. Y otra. Y otra.

Y cada beso es distinto. Uno suave. Otro más urgente.

El tercero, ya no lo sé. Porque, para entonces, ya me tiene pegada a la primera pared que ha encontrado, respirando contra mi cuello , como si quedarse no fuera suficiente.

Como si ren dirse a mí fuera solo el principio.

Y me besa con urgencia . Con intención. Como si acabara de recordar que tiene derecho legítimo sobre mi boca y estuviera dispuesto a ejercerlo en plena vía pública.

Mis dedos se enredan en su cuello . El beso se vuelve más profundo. Más lento. Más sucio y dulce a la vez. Me muerde el labio inferior y se separa justo cuando yo estoy a punto de declararme y proponerle matrimonio, convivencia y una hipoteca conjunta. Me deja sin aire. Literal y emocionalmente.

—Guau.

—Lo sé —dice , sin ninguna humildad.

Cabrón.

Sin decir nada más, retomamos los pasos, como si todo eso no acabara de pasar. Como si no tuviéramos los labios enrojecidos y el pulso en modo montaña rusa otra vez. Como si fuéramos personas normales y no dos adultos funcionales al borde de un colapso sexual.

—¿Y el coche?

—Allí —señalo, con un gesto que podría indicar la dirección del coche o una constelación del hemisferio norte.

Mientras nos vamos acercando miro las llaves con el ceño fruncido.

—¿Estás bien?

—Perfectamente. Solo estoy eligiendo con cuál de estas dos llaves idénticas abrir mi coche. Pero ninguna funciona si las pones al revés. Maldita física cuántica automovilística.

—¿Te has planteado que quizá estás demasiado borracha para conducir?

—No estoy borracha. Estoy… cálida. De espíritu.

—Y de reflejos.