Querida Srta. Santa Clausura 34. Gia
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34. Gia

Gia

Querida Srta. Santa Clausura:

A mis setenta años, le confieso el secreto peor guardado del barrio: no me casé por amor, sino porque mis padres pensaron que « ese muchacho tan formal» sería un buen marido. Y… digamos que me habría ido mejor con una planta.

Medio siglo después, sigo compartiendo techo con un hombre que solo sabe hablar del tiempo y de si el gazpacho lleva pepino o no. No lo odio (todavía), pero tampoco lo aguanto. Es como tener un compañero de piso que nunca se muda.

Por eso ahora (que es todo muy moderno y una puede divorciarse sin que la miren raro) necesito una clausura oficial y un certificado que diga algo como «Señora, ya ha cumplido la penitencia, váyase en paz».

Atentamente,

Berna

Estoy en la pequeña cocina de la oficina peleándome con la cafetera de cápsulas mientras trato de despegarme las pestañas , que se han aliado en un abrazo de pereza y rímel seco.

Porque lo que necesito no es café, sino una intervención divina.

O por lo menos una ducha larga y una semana más entre este viernes y el próximo .

O a Lele abriendo la puerta de golpe y atravesándola como si le fuera la vida en ello. Eso también me sirve.

—Antes de que te pongas de rodillas a pedirme perdón con lágrimas en los ojos y las manos juntas…

Sí, te perdono —declara, sin respirar, sin saludar, y tirando su bolso sobre el sofá como si no tuviera su preciado iPad dentro—.

Sé que has estado ocupada teniendo sexo.

Sexo del bueno. Sexo de reconciliación. Sexo de reencuentro .

Lo respeto. Pero una amiga que te cuenta que va a tener su propia cena de clausura y luego no recibe ni un «¿qué tal fue?

», pues…, amore , eso se tiene que hablar.

Mierda.

Se me había olvidado completamente. Soy una pésima persona. Un desastre navideño con patas. El Grinch de la amistad, con ojeras incluidas.

—Ay, Dios mío. Lele , lo siento… —empiezo, pero ella me lanza una mirada y levanta la mano.

—Sssh. No te lo tengo en cuenta . Porque, cuando hay sexo del bueno, las prioridades se reordenan . Pero al menos yo, que soy una santa con tacones , vengo a contártelo en persona.

Se deja caer en el sofá como si protagonizara un anuncio de colonia de lujo , cruza las piernas y me clava la mirada con esa mezcla de juicio y ternura que solo ella sabe dosificar .

—Lele, en serio. Lo siento. Tienes todo el derecho del mundo si necesitas gritarme, pegarme una buena bofetada o…

, no sé, lo que quieras. De hecho, deberías hacerlo.

Porque soy una amiga horrible y no pienso tratar de justificarme con nada.

¡Tú literalmente dejaste de follar para responder una llamada mía!

—Sí, bueno, pero yo no estaba follando con el amor de mi vida. Tú sí. Por eso te perdono .

Dejo el café en la mesa, ya sin esperanza de que me despierte más que la culpa.

—Bueno, digas lo que digas, encontraré la forma de compensártelo. Ahora, dime. ¿Y tu cena? ¿Cómo fue?

—Fue… —Se lleva una mano al pecho, mira al techo y espera, como si el adjetivo fuera a descender del cielo—. Hum… Un evento. Hubo discurso . Hubo lágrimas. Enzo creyó que era nuestro aniversario… Y vale , puede que lo fuera. Soy inoportuna hasta para dejarlo.

—¡Ay , no! ¿De verdad?

—De verdad —asiente con una sonrisita medio triste y a la vez medio divertida, si eso es posible—. Lo dejé ir como quien suelta un globo al cielo: con palabras bonitas, referencias sacadas de una cuenta de frases de Instagram y un postre con tanto azúcar que casi olvida que estaba rompiendo con él.

—¿Y Mattia…?

Lele inclina la cabeza, como si acabara de prenderle fuego a algo solo por el gusto de verlo arder.

—Anoche recibió una contestación a su mensaje. Breve. Conciso. Poético. —Hace una pausa dramática, como si lo fuera a recitar en verso —. Decía: «Hola».

Me echo a reír.

—¿Eso es todo?

—Por supuesto. El misterio es la base del romance.

Y ahora … —me señala con un dedo acusador y perfectamente manicurado— quiero que me ayudes a planificar la segunda parte de mi ataque estratégico de seducción.

Pero solo después de que me confirmes que el sexo con Gian sigue siendo, como mínimo , tan espectacular como el recuerdo colectivo que guardamos todas tus amigas.

Y que me des todos los detalles, maldita sea .

¡ TODOS ! Porque lo único que he recibido de ti es un «todo MUY OK .

Se queda a dormir en casa . Ya te contaré».

Pero pinta bien —me imita—. ¡¿Pinta bien?

! Gia, ¿me estás tomando el pelo? No puedes soltarme eso y hacer bomba de humo.

¡Me he pasado dos noches en vela imaginándome escenarios!

—Estás hablando como yo —sonrío, levantando las manos en señal de paz—.

Y sí, te lo voy a contar todo. Prometido.

Pero antes… estábamos hablando de ti, Lele.

No cambies de tema como si no fuera importante.

Siempre lo haces. Y quiero saber cómo estás de verdad.

Porque creo que, aunque dejar a alguien es, por lo menos, un poco más fácil que que te dejen, debe de doler también.

—Estoy bien —dice, tan rápido que me hace sospechar.

Pero luego se encoge de hombros, sincera—.

Me he dado cuenta de que solo estaba con Enzo porque era un diez en la cama.

Cero sentimientos. Cero drama. Me dio más pena nuestra rutina que él.

Es que… —Alza una ceja, como si fuera a confesar que ha matado a alguien y lo ha enterrado debajo del árbol de Navidad—.

Vale, está feo decirlo, pero no estoy dolida.

Nada. Estoy como… con esa emoción tonta de esperar que el otro me conteste.

¿Sabes ese cosquilleo de refrescar el móvil aunque sepas que no hay ninguna notificación?

Estoy como una adolescente esperando la carta de Hogwarts, pero versión buenorro misterioso que me mira como si supiera algo que yo no.

Me río, porque Lele es así: cuando se engancha a una expectativa, se le borra el mundo, y ya puede estar cayéndose el Vaticano, que ella seguiría refrescando WhatsApp.

—Y ahora volvamos a lo importante, señorita bomba de humo —me dice, clavándome la mirada—.

Cuéntamelo todo. ¿Cómo fue? ¿Qué pasó? ¿Hubo fuegos artificiales o solo bengalas?

¿La reconciliación fue tierna, épica o de esas que te dejan el pelo como si hubieras salido en un videoclip de Shakira versión 2006?

—Hubo de todo. Fue… bonito. Intenso. Vamos a volver a intentarlo.

—¿Está aquí para quedarse

—Sí, eso dice.

—Entonces ahora viene lo más complicado.

—¿El qué?

—Hacer que dure.

Y ahí está. Lo dice así, sin anestesia. Y, por primera vez desde que ha entrado en mi oficina, se queda en silencio.

Nada de rimas, nada de frases motivacionales con olor a canela.

Solo eso: una verdad vestida de diciembre.

Y yo, con la taza en la mano y con las emociones un poco arrugadas como papel de regalo mal doblado, no sé si reír o lanzarme a abrazarla con toda la fuerza que no estoy usando para mantener la compostura.

Así que hago lo único que sé hacer cuando algo me sacude: niego con la cabeza y me río nerviosa.

—No. Lo más complicado no es hacer que dure. Lo más complicado es contarle que yo soy la Señorita Santa Clausura.

Lele parpadea. Procesa. Se le frunce el entrecejo.

—¿Perdona? ¿Que eso es lo más complicado?

¡ Gia, por favor! Llevo años trabajando contigo.

Te he visto organizar cenas de ruptura con más dignidad que muchas bodas.

¡ Has devuelto alianzas con copas de champán y has escondido condones en las flores!

Si fuera yo, le diría: «Cariño, mi trabajo es cerrar historias con estilo…

, pero contigo he hecho una excepción. ¿Lo pillas?

» —Hace comillas con los dedos—. Y, si no lo pilla, es que es cortito de miras.

—Lele, no es tan fácil.

—¿Y por qué no? A ver, no le vas a confesar que tienes una doble vida como traficante de órganos.

Eres la misma terapeuta que dejó aquí hace cinco años, pero con un nuevo estilo de trabajo.

Tu alter ego viste de rojo, regala cierres sanadores y escribe e-mails cursis. ¡Es adorable! ¡Le va a encantar!

—No sé cómo va a reaccionar si se entera de que se ha estado mandando correos conmigo todo este tiempo y que yo no le he dicho nada.

¡Porque todavía sigue escribiendo! ¡Cada día!

¡Y cuenta lo feliz que está! ¡Es tan mono que me explota el corazón!

—Me echo las manos a la cara—. Y no sé, Lele.

Creo que se va a enfadar un montón. Gian siempre ha valorado muchísimo la sinceridad. Y yo… Yo no quiero que se enfade.

Lele entrecierra los ojos como si pudiera oler la inseguridad desde el otro lado de la mesa.

—Bueno, pues tienes que decírselo. Y más ahora, que volvéis a estar juntos. Algún día querrá venir contigo al trabajo y, amore , aunque sigas teniendo la misma oficina que hace años, ahora hay un cartel precioso en la puerta con el nombre de la empresa. Se acabará enterando.

— Lo sé. Hoy ha querido acompañarme y le he tenido que poner una excusa.

Me ha dejado en la panadería de la esquina porque «tenía encargado el desayuno».

—Hago comillas—. Y era mentira, obviamente.

¡Y no quiero mentir! ¡Nunca antes le he mentido!

Y empezar de nuevo con mentiras no es lo que quiero.

Así ninguna relación sale bien. ¡Soy terapeuta, por el amor de Dios!

—Pues plantéalo como algo inspirador. —Se encoge de hombros—.

Le dices: «Mira, yo ayudo a la gente a cerrar capítulos…

, pero contigo quiero escribir uno nuevo».

¡Pum! ¡Marketing emocional! Y entonces se lo sueltas.

Algo como «Sorpresa, he sido yo todo este tiempo.

¡No me odies, porfa, que sigo queriendo comerme tu mazapán! ».

Me río, pero niego con la cabeza.

—Esto no es una campaña de marketing, Lele. Es mi vida.

—Gia, todo en esta vida es marketing si lo cuentas bien. Y si lo cuentas en diciembre, con chocolate caliente…, es casi poesía.

Resoplo, le doy un trago a mi café y dejo que el vapor me empañe las dudas. Porque, en el fondo, sé que tiene razón. Lele no distingue entre branding y existencia. Y quizá, solo quizá…, eso la hace ver las cosas con más claridad que yo.

—Vale, pero lo más complicado sigue siendo decírselo.

—Y lo segundo más complicado es que dure —suelta, como quien firma un contrato en letra dorada—. Pero tranquila, yo confío en vosotros. ¡GiGi al poder!