25. Gian #2
—Un cartoccio frittelle, ragazzi?
Yo no sé decir que no a los carbohidratos.
Ni a las tradiciones. Ni a nada que me dé la excusa de seguir aquí, al lado de Gia, unas cuantas horas más.
Así que compro uno. Gia me roba la primera.
Se deja mi gas en el abrigo y yo se las quito con la dedicación de un arqueólogo restaurando una escultura renacentista.
Lento. Preciso. Reverente. Sensual, no voy a mentir.
—¿Estás intentando limpiarme o tocarme?
—Estoy intentando que la Unesco declare tu comisura izquierda Patrimonio de la Humanidad.
Ella rueda los ojos, pero no se aparta. Y yo, que no soy idiota, tomo nota.
A la izquierda se abre un pasaje hacia el puerto, una curva descendente que parece el final de un cuento de Navidad.
Por un segundo, todo se ralentiza. El murmullo del mar llega como un suspiro constante.
La brisa se lleva el olor a dulce y deja el salitre.
Y Gia se gira, con la bufanda a medio anudar, las mejillas rojas por el frío y los ojos encendidos por algo que no es solo el vino caliente.
—¿ Sabes qué es lo peor de ti? —dice de repente.
—¿ Mi nulo sentido del humor para contar chistes? ¿Mi falta de autocontrol cuando se trata de ti? ¿Mi fascinación por tu comisura izquierda…?
—No. Es que haces que todo parezca una película. Pero de las buenas. De esas que te hacen creer que quizá, solo quizá, podrías tener un final feliz.
Me trago el último sorbo de vino. Y de orgullo.
—¿Y eso desde cuándo es malo?
—Bueno, no es malo, pero sí es… peligroso —dice, y sonríe de medio lado. Otra vez. Esa condenada sonrisa—. Porque yo siempre lloro al final de las películas.
Me acerco un poco más. Lo justo para que nuestros brazos se rocen. Lo justo para que sepa que estoy aquí. Que no me voy a ir.
—Esta vez no, Gia.
Gia me mira. No dice nada. Pero sus ojos… Sus ojos me besan, como siempre, antes que sus labios. Y yo, otra vez, estoy perdido.
Bajamos por la pendiente. Las piedras húmedas brillan como si alguien hubiera barnizado la calle entera.
En la colina sigue el belén, aunque apagado ya hace unas horas.
Solo queda un contorno fantasma recortado contra la ladera.
Lo observo en silencio, quizá más rato del que debería, pero es que…
Cómo lo he echado de menos. Al belén. A Manarola.
A la magia que solo se siente aquí. A mi corazón, que por fin late como debería.
—Si te quedas mirándolo así, seguro que te adoptan de figurita —dice Gia, con las manos en los bolsillos del abrigo—. Gian, el pastor despistado. Con aire sexy y expresión de que se le ha quemado el pan.
—Si me adoptan, pido estar contigo en el establo. Así te puedo calentar los… sentimientos.
—Tus sentimientos necesitan una correa, Giancarlo. Y un adiestrador profesional.
Nos reímos mientras seguimos subiendo por las escaleras que llevan a la plaza de la iglesia, siguiendo inconscientemente el tour por el pueblo que hacíamos cada año, evitando la hora de volver a casa.
La Chiesa di San Lorenzo se alza ante nosotros como si también quisiera formar parte de la conversación.
Su rosetón de mármol blan co parece una flor, o una rueda, o un reloj antiguo que nos da permiso para perder la noción del tiempo.
Me detengo un segundo. La piedra clara brilla con siglos encima.
Las cabezas talladas de leones, hom bres y ángeles parecen testigos de todo lo que nunca se dice y aun así se siente.
Nos sentamos un momento en el borde de la fuente. Gia cruza las piernas. Yo me inclino hacia ella.
—¿ Sabes qué es lo peor de ti? —le digo yo ahora, mirándola a los labios.
—Mi dramatismo. Mi cabezonería. Que soy una enfadica. Bastante desordenada. Adicta al azúcar…
—No. Que me vuelves mejor persona… —miro la iglesia mientras hablo— y, sin duda, peor santo.
—Afortunadamente nadie te canonizará —responde, sin pestañear, con esa sonrisa traviesa que trata de esconder—. Aunque admito que hueles a clavo y a vino de forma muy… tolerable.
—¿« Tolerable» es tu nueva palabra para «irresistible»?
—«Tolerable» es mi nueva palabra para «no te beso otra vez porque el señor de ahí nos está mirando con cara de que va a llamar a los carabinieri».
Miro en su dirección, y sí, hay un señor, y sí, nos está mirando con esa expresión entre juicio y curiosidad que solo los italianos de más de sesenta pueden perfeccionar.
Me levanto con calma, me acerco a un puesto que está a punto de cerrar y compro una botellita de Sciacchetrà, ese vino ámbar que aquí se trata como si fuera alquimia líquida. El vendedor me guiña un ojo.
— Per la notte fredda .
« Y para el desastre dulce de ser yo cuando estoy con ella», pienso, pero solo asiento.
Cuando regreso a su lado, Gia se ha vuelto a meter las manos en los bolsillos y me mira con esa mezcla entre sospecha y diversión que me pone en alerta hormonal.
—¿Plan? —pregunta, como hacía cada año.
—Llevarte a Punta Bonfiglio. Sentarnos en un banco. Beber un sorbito microscópico de este elixir… —contesto, también como hacía cada año. Pero este, en cambio, añado—: Y negociar condiciones.
—¿Condiciones?
—Sí. Yo te caliento las manos. Tú me concedes… tres besos. Uno didáctico, uno de repaso, uno por si suspendo.
Ella resopla.
—Eres insoportable.
—Y, sin embargo… —me acerco, le aliso un mechón que se le ha escapado de la bufanda y dejo que mi dedo roce la curva de su oreja—, aquí estás.
—Estoy porque si me iba sola se me rompía un tacón de la bota y moría dramáticamente en las escaleras.
Estoy porque tú tienes una cara que debería estar prohibida después de las nueve de la noche.
Estoy porque me haces reír y enfadar en la misma frase.
Estoy porque, por alguna razón ilógica que aún estoy intentando estudiar con rigor científico, cada vez que me miras así…
—traga saliva— se me olvida que he estado cabreada, se me olvida que esto es un desastre, se me olvida que llevo lencería endemoniadamente incómoda, y también se me olvida cómo respirar, y eso, Gian, no es sano, porque si me muero aquí te va a tocar hacerme el boca a boca y eso sería una catástrofe emocional y una pérdida de dignidad irreversible, y además…
—Gia.
—¿Sí?
Dejo que mi voz baje una octava, y su cuerpo lo nota antes que sus oídos.
— El vino. El banco. Los besos. ¿Aceptas? ¿O prefieres seguir detallando tu ropa interior en voz alta? Porque ahora no voy a poder sacármela de la cabeza. Y menos si es la que creo que es…
—No —dice, cruzándose de brazos, con esa expresión de indignación absolutamente falsa que me provoca ganas de besarla contra la pared más cercana—. Renové esa clase de ropa interior después de que te fueras. Más que nada porque la mayoría estaba rota. Por bruto.
Suelto una carcajada.
—¿Tú sabes la fuerza de voluntad que requiere desabrocharte un sujetador con una mano y al mismo tiempo no desmayarme de placer?
Ella entrecierra los ojos. Pero sonríe. Esa sonrisa lenta, traicionera, que solo le sale cuando está debatiéndose entre gritarme o… empotrarme.
—Acepto. Pero quiero cláusulas. Y derechos de revisión.
—Te ofrezco garantías ilimitadas. Besos sin fecha de caducidad. Calor a demanda…
—Dios mío —suspira, llevándose una mano a la frente—. Esto va a acabar fatal.
— O maravillosamente.
El camino a Punta Bonfiglio es una línea de deseo contenido.
Las piedras húmedas. El aire salado. El parque con columpios que chirrían con el viento como si supieran lo que va a pasar.
Y abajo, el mar golpea las rocas con esa insistencia que me recuerda demasiado a mí mismo.
Todo respira en silencio. Y nosotros también.
Milagrosamente, no hay nadie a estas horas. Así que nos sentamos, y ella se saca los guantes y me tiende las manos.
—Están heladas.
—Dámelas.
Sonrío al tomarlas. Están exactamente igual que hace años. Son finas, huesudas, electrificadas. Le soplo en los nudillos. Luego los froto entre las mías como si pudiera volver a darle calor desde dentro.
—Tus manos son muy grandes —susurra.
—Proporcionales. Todo en mí es proporcional, aunque eso ya lo sabes.
—¡Qué hombre! —resopla, pero ya está sonriendo. No puede evitarlo.
Le acerco el vaso, ella lo prueba y cierra los ojos.
Miel, pasas, sol en diciembre… Me dan ganas de pedirle que lo beba cada día para poder verle esa mueca de placer de nuevo.
Yo bebo después, del mismo borde. Porque sí.
Porque la vida enseña cosas importantes.
Como que a veces los besos vienen disfrazados de vino compartido.
—Entonces, las condiciones… —digo, bajando la voz—. Tres besos. Ya acordados. Pero añado una cláusula más: si el tercero supera el estándar, y, créeme, lo hará, obtengo el derecho a pasear contigo y con tus perros mañana por la mañana. Café en mano. Focaccia. Como dos jubilados.
—¿Y si no supera el estándar?
—Imposible. Has visto mis habilidades.
No aguanto más. Me inclino y la beso. No como antes.
No con hambre. Sino con algo más lento. Más paciente.
Como si la besara con todo el tiempo del mundo.
Como si cada roce fuera una promesa que pienso cumplir.
Y ella me responde con una firmeza que me desarma.
Una mano en mi nuca. La otra en mi abrigo.
Cuando nos separamos, todo se detiene. Como si el mundo, literalmente, necesitara un segundo para reiniciar.
— Este ha sido el didáctico —susurro, con los labios aun rozando los suyos.
—Me temo que acabas de aprobar por los pelos.
—Ni de coña. Ha sido, como mínimo, un nueve.
Y entonces me besa ella. Con precisión quirúrgica.
Con hambre elegante. Con esa seguridad brutal de quien sabe exactamente lo que quiere y cómo lo quiere.
El beso de repaso no repasa. El beso de repa so arrasa.
Tiene risa, comisura, un «te jodes» suave y sexy que me deja sin palabras.
Y, si el parque tuviera público, ahora mismo estarían de pie, aplaudiendo con lágrimas en los ojos.
—¿Estándar? — pregunta ella, desafiante.