Querida Srta. Santa Clausura 25. Gian #3
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25. Gian #3

Yo solo asiento. Porque mis palabras están ocupadas intentando volver a la tierra firme.

Le rozo la mejilla con la nariz. Ese gesto estúpido, torpe, que a ella inexplicablemente le encanta.

Y entonces llega el tercero. O debería. Porque lo que pasa a continuación no puede llamarse « beso».

No con esa palabra tan corta. Tan inocente.

Me inclino. Le tomo la cara con ambas manos, la siento arder bajo mis dedos, y la beso.

Pero no con ternura. No esta vez. La beso con los dientes, con la lengua, con los últimos restos de paciencia que aún no le había regalado.

La beso como si pudiera memorizarla con la boca.

Como si pudiera tatuarme su sabor detrás del paladar.

Ella gime. Bajito. Una nota gutural que me estremece el esternón.

Su cuerpo se tensa y luego se curva hacia mí.

Sus manos, primero en mi abrigo, suben por mi pecho, por mi cuello, hasta enredarse en mi pelo como si no pudiera evitarlo.

Y yo no puedo evitarlo. La atraigo un poco más hacia mí, hasta que sus rodillas rozan las mías y el mar allá abajo parece agitarse solo para acompañarnos.

El beso se vuelve lento. Después urgente otra vez.

Después una mezcla de las dos cosas: el vaivén exacto que convierte a alguien en adicción.

La siento respirar contra mi lengua. La siento arder contra mi pecho.

Y juro por todo lo sagrado que, si este beso dura tres segundos más, me la echo al hombro y acabamos en casa de algún vecino sin techo.

Pero me separo. Solo por responsabilidad civil.

Y porque ya he ganado. Todo.

Ella se queda un momento con los labios entreabiertos, los ojos semicerrados, la respiración en desorden.

—Has ganado la cláusula —dice, respirando contra mi boca.

—Lo sabía. Soy un negociador nato. Debería dedicarme a ello.

—Deberías dedicarte a no estar tan encantado de conocerte.

—Estoy encantado de conocerte a ti. Conmigo ya he convivido bastante.

Apoya la cabeza en mi hombro, y el mundo por fin se calla.

Abajo, el agua se rompe y se repara. Como nosotros.

Mi abrigo, héroe anónimo de la noche, sigue cumpliendo su misión de contención pública, y guardo la botellita casi llena, porque la ética me lo exige.

Me quedo así, con ella apoyada en mí, mirando hacia la ladera don de el belén parecerá otra vez un sueño encendido mañana, puntualmente temprano, cuando aún nos queden migas en los bolsillos y una cantidad indecente de besos por inventar.

Al cabo de un rato, nuestros pasos nos llevan, como antaño, hasta la casa de mi nonna .

Sin hablarlo. Sin decidirlo. Simplemente…

vamos. Como si el cuerpo supiera lo que la cabeza aún no se ha atrevido a formular.

Como si los pies caminaran solos, movidos por esa brújula invisible que se activa en diciembre, cuando el corazón recuerda mejor que la memoria.

Cruzamos la última curva en silencio. La calle está vacía, iluminada por faroles tenues que tiñen la piedra de un dorado antiguo.

Y allí está. La fachada sigue igual. Las contraventanas verdes, la reja de hierro forjado con un par de rizos oxidados, la losa blanca con el número 8, firme y obstinada.

Nos detenemos frente a ella. No decimos nada, pero el silencio lo llena todo. Y en ese silencio cabe ella. Y los diciembres con panetone. Y el árbol que poníamos en la esquina del salón, con las luces que parpadeaban como si supieran escuchar villancicos.

Gia suelta un suspiro que no quiere serlo. Me aprieta la mano. Y, cuando la miro, tiene los ojos húmedos. Pero no llora. Solo… siente. Como si el recuerdo de todas las Na vidades anteriores estuviera pasando por ella como un tren lento.

— Está igual —dice, por fin—. Hasta la grieta esa, ¿ves? La que pa recía una constelación.

—Donde escondía el sobre con dinero para que yo te comprara algo «decente» para Navidad, sin que mi madre se enterara, porque con lo que me daba ella no era suficiente.

—¿El que usaste para comprarme las botas más horteras del mercado?

—Por ejemplo. Pero es que eran rosas y con purpurina.

—Me las puse tres años seguidos. Hasta que se me quedaron pequeñas. Y es hora de admitirlo: ni siquiera me gustaban. Bueno, mentira. Me gustaban solo porque tú las habías elegido para mí — sonríe.

El viento pasa entre nosotros como si también viniera a despedirse.

—¿Quién vive aquí ahora? —pregunta en voz baja.

— Unos amigos de la familia. Mi madre la vendió a principios de año. Dijeron que la reformarían, pero no han tocado nada.

—¿Te molesta estar aquí? —pregunta—. Al no ser ya… suya.

—Siempre será suya —murmuro—. Pero no. Al revés. Es como… Como cuando hueles algo y, de golpe, te acuerdas de quién eras cuando todo era más bonito.

—¿Y a qué huele?

—A sopa —respondo sin dudar—. A caldo hirviendo con apio y romero. A mandarinas que pelábamos en la mesa del comedor. A mantas con olor a suavizante caro.

—Y a turrón —añade.

—A leña.

—A chocolate caliente.

— Y a… ella.

Gia asiente y cierra los ojos solo un segundo. Como si bastara con hacer eso para traerla de vuelta. No como era al final, sino como era en sus mejores inviernos: la voz fuerte, el delantal con dibujos de galletas de jengibre, las manos que todo lo curaban.

—Si alguna vez tengo una casa que huela a algo…, quiero que huela a diciembre. A Navidad. A esto. A sopa y a turrón y a las cosas que no hacen falta decir para saber que estás a salvo.

Me trago las palabras que podría decirle.

Porque ninguna estaría a la altura. Solo me inclino y la beso en la sien.

Despacio. Con todo el peso de lo que sentimos y no se dice.

Porque hay frases que no necesitan respuesta.

Solo quedarse a vivir dentro del pecho de quien las escucha y convertirse en hogar.

Y, joder, aunque no tenga ni idea, ella ya huele a Navidad.

Siempre lo ha hecho.

Como si el mismo diciembre se hubiese mudado a su piel.