Querida Srta. Santa Clausura 25. Gian
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25. Gian

Gian

Querida Srta. Santa Clausura:

A la mierda. Voy a besarla.

Abrazo virtual,

Gian

(Extracto de un correo electrónico nunca enviado).

Después de comernos la crostata como cuando éramos críos —con los dedos, sin vergüenza, y peleando por la esquina más quemadita como si no hubieran pasado quince años y varios desastres emocionales entre medias—, salimos del restaurante con pasos torpes.

No por el vino, sino por esa clase de embriaguez que solo da el pasado cuando te mira a los ojos y te dice: « He vuelto, ¿te acuerdas de mí? ».

Caminamos en silencio, aunque en realidad no lo es.

Más bien es como si el universo entero contuviera el aliento.

Y entonces lo hago. Primero solo con los dedos.

Luego, más fuerte. Como si me agarrara al único sitio donde he sentido alguna vez que puedo quedarme.

Gia se detiene y se gira hacia mí, con los ojos abiertos como si acabara de encontrarse a sí misma. O a mí.

—¿Sabes que de pequeña pensaba que si me dabas la mano ya no me ibas a soltar nunca?

O sea, no es una metáfora, lo pensaba de verdad.

Lo dije en voz alta y todo. A tu nonna .

Bueno, a nuestra nonna , porque ya está bien de fingir que no era de los dos, ¿ no?

En fin, ella me miró con esa cara suya como de «ay, criaturita», y me dijo que tú eras un cabezón, pero que, cuando querías, querías de verdad.

Y, cla ro, yo tenía ocho años y pensé: «Pues ya está, aquí me quedo».

Y luego crecimos, porque la gente crece, y se estira, y se complica, y se llena de teorías y miedos y culpas y de cosas que no salen en los libros.

Y tú te fuiste. Y yo me quedé. Y ahora estamos aquí, cogidos de la mano como si no hubiera pasado absolutamente nada, pero ha pasado todo, y no sé muy bien qué se supone que tengo que hacer con esto.

Se queda sin aire. Literalmente. Tiene la boca entreabierta, los ojos brillantes, las mejillas coloradas por el frío o por el pánico o por lo que acaba de soltar sin respirar.

Parece un pez fuera del agua. Uno que ac aba de darse cuenta de que ha saltado y no sabe si va a aterrizar en la pecera o en el suelo.

—Mira —le digo—. Te juro que adoro tu voz. Lo sabes, ¿verdad? Podría estar escuchándote hablar sin respirar durante horas. Días. Toda la vida, si me dejas. Pero… ¿Puedo besarte de una vez?

—¿Qué?

Pega un brinco. Y yo me río.

—Eso. Que si puedo. Porque tú me estás hablando, y yo solo puedo pensar en tus labios. En cómo se te fruncen cuando hablas por los codos. En si todavía sabes a diciembre. Porque te juro que me acuerdo. Y me estoy muriendo por comprobarlo.

—¿Eso era una frase romántica? ¿O un intento desesperado de poesía navideña?

—Eso era un aviso, Gia —digo, y ya estoy rodeándole la cintura con las manos y atrayéndola a mí—. Porque, como sigas hablando, te voy a besar con las palabras todavía en la boca.

—Eso no tiene ningún sentido, Gian.

—Tú tampoco —respondo, bajando la voz mientras le rozo la mejilla con los nudillos—. Y aun así… no me canso de ti.

Ella traga saliva. Se le escapa un temblor.

—Solo un beso —susurro—. Uno.

—¿Solo uno?

—Bueno… Uno con comillas. Uno que tal vez incluya una mano en tu cuello. O en tu espalda. O donde tú me dejes. Pero técnicamente sigue siendo uno.

—Vuelve a suplicar. Me ha gustado cómo sonaba.

Yo sonrío. Me acerco tanto que noto cómo el vaho de su respiración se mezcla con el mío.

—Por favor.

—Otra vez.

—Por favor.

—Una más.

—Por favor, Gia.

Y ella sonríe. Esa sonrisa. La que tenía cuando ganaba en las cartas. La que escondía detrás de una taza de chocolate caliente. La que usaba cuando sabía que me tenía exactamente donde quería.

— Vale —susurra—. Bésame, Gian. Tienes mi permi…

No la dejo acabar.

La beso y el universo entero, por un momento, se calla.

De verdad, se calla. No hay viento. Ni pasos.

Solo ella. Y sí, sigue sabiendo a diciembre.

A panetone caliente. A nervios acumulados bajo capas y capas de cosas que se sienten y no se cuentan.

A crostata de albaricoque mal cortada y a ganas antiguas que siguen aquí, latiendo.

Sabe a todo lo que fue y a todo lo que todavía puede ser.

A todo lo que me juré que ya no iba a sentir y, joder, qué equivocado estaba.

La beso como quien vuelve a casa. Como quien lleva demasiado tiempo perdido.

Como quien sobrevive a una tormenta, se arrastra hasta la orilla y por fin se deja caer.

Y lo mejor es que ella me besa de vuelta.

Sin miedo. Sin reservas. Con todas las palabras que no supo d ecir.

Con las que yo no le dejé. Con las que se le quedaron atragantadas en la garganta el día en que le rompí el mundo por la mitad.

Es como abrir una ventana después de meses respirando humo. Y por una vez… no hay miedo. Ni rencor. Ni futuro que duela ni pasado que interrumpa. Solo su boca. Y la mía. Encajando. Reconociéndose. Reclamándose.

Cuando me separo apenas unos centímetros, ella apoya la frente en mi pecho. Sus manos aún no me sueltan. Sus dedos se aferran a mi abrigo como si le doliera soltarme.

—¿ Y ahora qué? —musita, con los labios aún demasiado cerca. Con las ganas bailando en el aire entre nosotros, rozándonos los huesos.

—Ahora —respondo, bajando la voz, rozándole la mejilla con la nariz—, te dejo que hables todo lo que quieras, cariño.

—¿Aunque sea de teorías conspiranoicas sobre el turrón?

— Especialmente si es de eso.

—¿Y si vuelvo a hablar sin parar y me pongo insoportable? Porque, te aviso, es lo que va a pasar.

—Entonces… —le murmuro contra la piel, bajando ya hacia su cuello— te volveré a besar. Con más ganas si cabe.

—¿Y si te vuelvo a dejar sin palabras?

—Gia —le digo, y mi voz ya no es voz, es deseo—. Siempre lo haces. Siempre me dejas sin palabras.

—Pero…

No me contengo. La vuelvo a besar. Pero esta vez no hay espacio para la ternura contenida. Esta vez no la beso con calma. Esta vez no pienso. Esta vez no mido. La beso con todo. Con el cuerpo entero. Con los años sin ella.

Gia jadea contra mi boca, como si no esperara esta versión de mí.

Como si no recordara lo mucho que puedo arder cuando dejo de tener miedo.

Y me responde. Dios, cómo me responde. Como si cada centímetro de su piel me estuviera buscando a ciegas.

Y entonces la espalda de Gia choca contra la pared más cercana.

Porque la he empujado. Porque tenía que hacerlo.

No fuerte. Pero sí urgente. Como quien lleva demasiado tiempo aguantándose.

Ella jadea, sorprendida, y luego suelta una risa suave, temblorosa, que me atraviesa.

—¿Estás… empotrándome contra una pared como cuando éramos unos adolescentes salidos? — dice, medio sin aire, con las mejillas rojas, los labios hinchados y los ojos brillantes de algo que ya no es solo emoción.

—Sí, porque todavía lo somos. Y estoy besándote —respondo, apretándome más a ella, porque ahora ya no hay abrigos, ni frío, ni espacio lógico—. Estoy besándote como si se me fuera la vida en ello. Como si no me hubiese dado cuenta hace años de que no quiero besar a nadie más. Nunca.

—Mierda.

—Eso. Justo eso — respondo, y le muerdo el labio inferior. Despacio. Apenas. Lo justo para arrancarle un suspiro que se enreda entre nosotros como si también tuviera ganas de quedarse.

Una de mis manos le sujeta la cara, firme, como si pudiera sostenerle el pensamiento.

La otra baja lentamente hasta su cintura, y luego más.

Se curva por detrás de su espalda, y tiro de ella hacia mí.

Se arquea. Dios. Se arquea como si su cuerpo estuviera hecho para encajar en el mío.

Como si lo recordara mejor que su cabeza. Como si llevara años esperándome.

—Voy a derretirme aquí mismo —murmura. Su voz es un hilo.

Sus piernas tiemblan—. Esto es una locura.

Tú eres una locura. Y yo… ¿Estoy temblando?

Sí, joder, estoy temblando. Y si me da un infarto aquí mismo lo vas a tener que explicar tú.

Porque esto no es normal, Gian. Lo de tu lengua no es normal.

¿Has estado dando clases? ¿Has practicado con cítricos? Porque besas muchísimo mejor que…

—Gia.

—¿Mmm?

La beso de nuevo. Pero esta vez no hay frenos.

Esta vez no hay un después. Esta vez es con la boca abierta, con hambre, con todo lo que no nos hemos dicho nunca.

Esta vez la beso como si fuera la última noche del mundo.

Y Gia me besa de vuelta, como si supiera que esta vez sí. Que esta vez nos vamos a quedar.

Y, joder, ahora sí que ha llegado la Navidad.

Caminamos por el mercadillo navideño de Manarola, rodeados de ese aire salado que sube desde el puerto y se mezcla con el olor a mandarina, canela y vino caliente.

El pueblo parece un belén plegado y olvidado dentro de una postal.

Todo es cuerdas de luces parpadeantes, balcones con estrellas brillantes y casetas que resisten el sueño como soldados navideños al borde de la rendición.

Gia camina a mi lado. Pegada. Como si no acabáramos de comernos la boca hace quince minutos contra una pared.

Como si su cuerpo no supiera exactamente cómo alinearse con el mío.

Y yo, que soy débil, me giro para mirarla.

Ella lo nota y sonríe. Y es esa maldita sonrisa ladeada que debería estar penada por la ley. Esa sonrisa que convierte mi deseo en un asunto estatal. Y, por supuesto, me dejo llevar. Me acerco a un puestecito.

—Solo para calentarnos las manos —digo, y pido un vin brulé con toda la dignidad de un hombre en combustión.

—Sí, porque otras cosas ya van calientes… —murmura ella por lo bajo, sin mirarme, con ese tono de maldad dulce y educada que me mata desde que tenía diez años y su lengua comenzó a afilarse.

El vendedor me alarga dos vasos de papel. El vino huele a naranja, canela y anís, y también a problemas. A decisiones que se toman con el cuerpo y no con la cabeza.

En la caseta de al lado, una señora está friendo frittelle y envolviéndolas en servilletas con arbolitos.