23. Gia
Gia
Querida Sñorita Santa Clausura:
Yo le escrivo porke estoi mui apurao. Tube un error con mi mujér y eya no me kiere perdonar. Yo le pido por fabor k usted me eche una manita para ke mi mujér me perdone i buelva a kererme komo antes. Se lo ruego de korazon, no me deje solo en esta.
Su cliente ke la necesita,
Kevin
No hablamos en todo el camino hasta la Trattoria dal Billy .
Ni una palabra. Cero.
Caminamos uno al lado del otro , bajando por las callejuelas empinadas, con las luces navideñas colgando de balcón a balcón como si intentaran envolvernos a la fuerza en un espíritu festivo.
Yo intento no tropezarme con las losas irregulares, o con mis pensamientos.
Gian lleva las manos en los bolsillos. La bufanda le tapa medio rostro , pero no los ojos.
Esos van fijos en el suelo . O en mí. O en lo que sea que no se atreve a decir.
Parece que esté contando algo. Los pasos.
Los errores. Las veces que ha querido rozarme la mano y no se ha atrevido.
Entramos en Dal Billy y el calor me golpea la cara como una bofetada. Huele a mar. A tomate caliente. A ajo. A albahaca. A masa horneada. Y también, de alguna forma, a otro diciembre más simple. A uno de hace mil años. Cuando las cosas parecían fáciles. Cuando nosotros parecíamos fáciles.
El dueño, un hombre mayor que se pasa de vez en cuando para vigilar a los trabajadores, nos saluda con esa sonrisa que mezcla el «bienvenidos» con el «sabía que volveríais algún día aquí juntos».
No nos pregunta nada. Solo gira sobre sus talones y nos lleva a nuestra mesa.
A la de siempre. La que está en el nivel superior, cerca del ven tanal.
La que tiene vista directa al pueblo, a las luces, a la colina encendi da, al mar que parpadea como si también recordara cosas.
—Supongo que te habrá parecido raro que le pidiera ayuda a una desconocida para esto. Pero… quería que fuera especial.
Parpadeo. Lo miro. Y durante un microsegundo se me ocurre que este podría ser el mejor momento para decirle: «Ah, no te preocupes. Si la Señorita Santa Clausura soy yo. ¡Sorpresa!». Pero no lo hago.
—Bueno, sí, un poco raro me ha parecido, para qué te voy a mentir.
O sea, recibo una carta. Escrita a mano.
En un sobre rojo de terciopelo que parece sacado de una boutique navideña de lujo.
Con papel reciclado de alta gama y una caligrafía sublime.
Firmada por una tal «Señorita Santa Clausura».
—Hago comillas con los dedos y todo, como si necesitara más teatralidad—.
Y encima me dice que tú le has pedido ayuda para organizar esto.
Una cena. Una «cena de clausura o lo que sea».
—Vu elvo a hacer comillas con los dedos—.
Y, claro, ¿yo qué iba a hacer? ¿Decirte que no?
¿Mandarte a la mierda? ¿No venir? Pues claro que no.
Porque, cuando una recibe una carta con su nombre dentro de un corazón dibujado en rojo, pues una va.
Y se pone el vestido. Y las botas. Y el alma.
Y baja hasta el fondo del belén si hace falta.
Tomo aire, exhalo y bajo la mirada al mantel, por si se me ha caído ahí la dignidad.
Hay un brevísimo silencio, y entonces él se ríe.
Una risa bajita. Casi muda. Como si tuviera que mantenerla escondida.
Como si le hiciera gracia la forma en que me derrumbo verbalmente y, a la vez, le doliera un poco.
Y yo lo miro. Y de pronto no sé si quiero abrazarlo, gritarle o pedirle que vuelva a escribirme otra carta. Tal vez todo a la vez.
—Pero —continúo, señalando con un gesto amplio la mesa, la trattoria, el vino, la vista, a nosotros— no tengo muy claro que esto sea eso.
Una clausura. Ni ella lo tenía claro cuando me escribió.
Porque la carta que me envió de tu parte…
no sonaba a despedida. Sonaba a algo distinto.
No sé a qué, exactamente, pero no a un final.
No aún. Y… me gustaría que me lo dijeras tú, Gian. Sin intermediarios. Solo tú.
Él baja los ojos por un segundo. La recupera.
Y entonces veo algo. Algo que tiembla detrás de su gesto tranquilo.
Una grieta. Una duda. Un dolor. Se apoya en los codos y se inclina levemente hacia mí, sosteniéndome la mirada con esa firmeza suave que siempre ha tenido, como si pudiera agarrarme el alma sin tocarme la piel.
Está a punto de hablar, pero justo cuando va a soltarlo, cuando va a disparar la verdad…, yo me adelanto. Porque soy así de brillante.
—Bueno, aunque… en realidad… —empiezo, torpe, atropellada, como si mis palabras llevaran tacones muy altos—. Nada. Olvídalo.
—¿ Qué?
—Nada. Que… la verdad es que yo soy…
Y no me da tiempo a confesarme y decirle cuál es mi seudónimo en el trabajo. No. Porque justo en ese momento, como dictado por el destino, la escena es interrumpida por el camarero más simpático y oportuno del universo.
— Buonasera! Tutto bene? —dice, con una sonrisa amplia—. Les dejo la sugerencia de hoy: tagliatelle al polpo e gambero rosso , muy frescos. Y después, si tienen hambre, unos calamares a la plancha que están espectaculares.
Sonrío con rigidez. Gian también. Ambos en pausa vital.
—La Señorita Santa Clausura ya nos informó de que el vino sería un Cinque Terre blanco bien frío. ¿Es correcto?
Mi estómago se hace un nudo.
—Sí , correcto —responde él.
—Perfecto. Enseguida vuelvo.
Y se va. Como si no acabara de entregarnos un espacio lleno de palabras a medio pronunciar. Dejo el tenedor sobre la servilleta; no sé si por frustración, resignación o por evitar que acabe incrustado en la mesa. Lo miro. E intento confesarme de nuevo.
—En realidad…
Pero no termino; me bloqueo. Me encojo de hombros. Bajo la mirada.
—Da igual. Ya te lo diré. Si llega el momento.
Él me observa, sonriendo. Una sonrisa pequeña, apenas un ges to. Pero ahí está. Y sí , esa sonrisa no debería dolerme. No a estas alturas. Pero duele. Porque también se parece a esperanza. Y eso siempre es peligroso.
Durante unos segundos largos, larguísimos, no hablamos.
Yo miro el mar mientras escucho cómo alguien canta bajito una versión acústica de «Snowman», de Sia.
Y Gian… Gian se inclina hacia mí. Con esa decisión tranquila que me desarma más que cualquier beso.
Como si por fin fuera a decirlo todo. Todo.
Lo importante. Y yo… Yo dejo de respirar.
Por si acaso el aire interrumpe lo que está a punto de pasar.
—Me fui a Londres porque era una oportunidad muy buena. De esas que no se presentan dos veces. Y también porque… necesitaba huir.
No lo dice como excusa. Lo dice como confesión. Como algo que ha estado encerrado mucho tiempo y por fin se atreve a salir.
—Necesitaba huir de ti, Gia. De lo que sentía por ti.
Levanto la vista. Me pilla desprevenida, aunque ya lo sabía. Aunque llevaba años intuyéndolo. Pero escucharlo así, con esa franqueza, me aprieta el corazón.
—No porque no fuera real. Joder, claro que lo era.
Es lo más real que he tenido nunca. Pero entonces…
era demasiado. Para mí , para los dos. Para la edad que teníamos.
Tú… Tú eras casa. Y yo no sabía qué hacer con eso .
—Me mira un segundo. Vuelve a bajar la vista.
Como si no pudiera sostener lo que ve en mis ojos —.
Con tanta certeza. Con esa calma. Con esa paz que me dabas.
Se muerde el labio. Juega con el borde de la servilleta. Se nota que lo ha ensayado. Pero también que no le está saliendo igual que en su cabeza.
—Y yo… Yo siempre he sido más de movimiento .
De tirar hacia delante sin mirar atrás. De saltar antes de pensar.
De inventarme excusas para no detenerme demasiado tiempo en un solo sitio.
Y lo que sentía por ti no me dejaba moverme.
Me anclaba. Me retenía —niega con la cabeza, se le escapa una risa triste, casi irónica —. Me aterraba.
Yo no digo nada. No puedo. Pero mis manos están heladas. Y no es por el frío.
—Y lo peor es que… me he arrepentido muchas veces.
No de haberme ido. Porque esa oportunidad…
cambió mi vida. Cambió mi carrera y mi futuro.
Estoy donde estoy gracias a eso. Y lo reconozco.
No me arrepiento de haber apostado por mí.
Pero sí me arrepiento de no haberte llevado conmigo.
O de no haberte preguntado si querías venir.
De no haber hecho el esfuerzo. —Sus ojos me buscan, esta vez con una mezcla de ternura, vergüenza y una sinceridad que duele—. Porque sé que habrías dicho que sí.
Y ahí, en esa frase, se me rompe algo. Porque es cierto.
Lo habría hecho. Lo sabía entonces. Lo sé ahora .
Lo habría seguido sin dudar lo. A Londres o a donde fuera.
Porque a mí no me ataba nada, salvo él .
Salvo esa certeza dulce y torpe que tenía cuando me miraba como si yo fuera todo lo que necesitaba.
—Y habría funcionado —dice, en voz más baja, como si también estuviera hablando para sí mismo—.
Habría funcionado porque nos queríamos .
Con esa intensidad salvaje de los amores jóvenes, pero con esa profundidad de los amores verdaderos de los que nos hablaba mi nonna .
De los que no están terminados. Pero yo no me atreví.
Tenía miedo. Tenía miedo de que dijeras que no.
De que te quedaras aquí. De que intentáramos lo de la distancia y acabáramos como mis padres .
Se calla, y ahí me doy cuenta de que apenas me habló de ellos, de sus padres, en todos los años que estuvimos juntos. Y, cuando lo hacía, era como quien menciona un tema tabú al pasar, sin detenerse.
—Sé que lo sabes. Que sabías que me dolía.
Y por eso nunca insististe. Porque tú siempre sabías cuándo no preguntar .
Pero… Gia, mi padre se fue. Ellos tuvieron una relación a distancia durante años.
Él viajaba. Ella se quedaba. Siempre esperándolo.
Siempre confiando. Siempre construyendo a medias.
Hasta que un día, simplemente, él dejó de volver.
Lo que está sintiendo pesa tanto que me cuesta tragar saliva a mí también .
—Yo me prometí hace muchísimo tiempo que no repetiría esa historia.
Que no haría eso. Que no abandonaría al amor de mi vida.
Pero al final… lo hice. Solo que al revés.
Me fui antes de que doliera. Antes de tener que enfrentarme al «y si».
—Se lleva los dedos al puente de la nariz—.
Y he pensado en ti cada día, Gia. Cada maldito día.
Aunque no te escribiera . Aunque no me atreviera a saber de ti.
En cada logro. En cada proyecto. En cada paseo solo por Notting Hill con luces navideñas y escaparates brillantes.
Siempre había un pensamiento que volvía: «Ojalá estuviera Gia aquí para verlo».
Mis ojos arden. Pero no lloro. Aún no.
—Por eso… — prosigue—, cuando pensé en volver a verte, cuando se me ocurrió que tal vez era el momento…
, supe que no podía hacerlo como si esto fuera cualquier cosa.
Como si tú fueras cualquiera. Porque no lo eres.
Y nunca lo has sido. —Coge aire y lo suelta lentamente—.
Si esto iba a ser un final, tenía que ser uno digno de lo que fuimos.
Y, si iba a ser un principio…, necesitaba encontrar una forma de hacerlo bien.
De honrarlo. — Se inclina hacia delante.
Sus manos ahora están quietas. Su mirada no—.
Por eso contacté con la Señorita Santa Clausura.
Porque pensé que si alguien podía ayudarme a preparar una despedida que no doliera tanto, o una bienvenida que estuviera a la altura de todo lo que llevo sintiendo desde que me fui…
, era ella. —Y entonces, con un gesto casi torpe pero infinitamente humano, se encoge de hombros—.
No sabía si ibas a venir. No sabía si me ibas a perdonar.
Pero sí sabía que si tenía una última oportunidad de hablarte de verdad, desde lo más hondo… , tenía que hacerlo bien.
Y ahí se calla. Me mira. Quieto. Esperando.
Como si supiera que no puede dar un paso más hasta que yo decida mover el mundo con uno solo.
Y yo solamente puedo pensar en lo injustamente guapo que sigue siendo.
En lo bien que le queda la luz cálida reflejada en la piel.
En lo mucho que han cambiado sus rasgos y en lo poco que ha cambiado su efecto sobre mí.
Porque sigue siendo un imán. De esos que arrastran todo lo que hay dentro sin pedir permiso.
Y yo… Yo estoy atrapada. Entre lo que fuimos y lo que todavía podríamos ser.
Jus to en medio del campo minado. Con los latidos desacompasados, con la garganta seca y con la certeza temblorosa de que, si me acerco un poco más, ya no va a haber marcha atrás.
Me paso la lengua por los labios. No sé si es la falta de vino o las palabras que acaba de decirme. O esa mirada suya, quieta, fija, vulnerable pero firme, que me sostiene como si el resto del restaurante hubiera desaparecido.
—En realidad… —empiezo, pero no llego a terminar porque justo entonces reaparece el camarero.
Trae la botella de vino en una mano y, en la otra, dos platos que huelen a gloria bendita y que en cualquier otro momento me habrían hecho cerrar los ojos de placer.
Pero ahora solo consigo apretar la mandíbula para no gritarle que se dé prisa.
Que se largue. Que me deje seguir en esta escena donde lo único que quiero es lanzarme a sus brazos, a sus labios, a ese lugar donde me esperaba sin condiciones.
—Aquí tienen —dice, con una sonrisa amable, como si no estuviera interrumpiendo la escena más crucial de una historia de amor—. ¿Les sirvo el vino?
— Sí, gracias.
El camarero hace su trabajo. Descorcha la botella, sirve dos copas. Nos desea buen provecho y se va. Y el mundo por fin deja de estorbar. Me quedo mirando el vino. Solo un segundo. Después, lo miro a él.
—¿Me sigues queriendo? —pregunto.
No duda ni un puñetero segundo cuando contesta:
—Con cada puta fibra de mi corazón, cariño.