Querida Srta. Santa Clausura 22. Gia #3
44%

22. Gia #3

No sé cómo preguntarle por qué lo guardó todo este tiempo.

Por qué lo guardó cuando ya no había un nosotros.

Por qué lo mantuvo doblado entre tíquets viejos y fotos familiares mientras yo pensaba que él me había borrado.

Que me había apagado. Pero él lo sabe . Me lo ve en la cara.

En las pestañas que tiemblan, en la boca que no acaba las frases. Y contesta antes de que me atreva.

—Sí —dice—. Todo este tiempo. Desde que me lo diste cuando eras una cría .

Se ríe. Un poco. Apenas. Como si tuviera miedo de romperme con ese sonido.

—Lo guardé por si algún día necesitaba verlo. Y… Dios sabe lo mucho que lo he necesitado estos años.

Entonces, me cubre los dedos con los suyos.

Y es como si apretara no solo mi mano , sino todo lo que soy.

Lo que fui. Lo que todavía no me atrevo a decirle.

Me aprieta como quien dice: «Tranquila, aquí estoy, todavía estoy».

Sin embargo, el vacío de todos estos años sigue en alguna parte de mí , sonando de fondo.

—¿Por qué me has pedido que venga ? —pregunto.

Y lo hago sin mirarlo—. O sea, no aquí aquí.

Sé que esto es lo de siempre, el 8 de diciembre, nuestra tradición absurda y preciosa, ya sabes…

, la que inventamos cuando aún pensábamos que podíamos con absolutamente todo.

Pero no me refiero a eso. Me refiero a esto.

A nosotros, Gian. Han pasado cinco años.

Cinco. Y te fuiste así, sin más. Como quien apaga una luz y no vuelve.

Entonces dime, por favor… ¿Por qué me has pedido que venga?

—Porque hay cosas que solo se encienden una vez al año. Y otras que, aunque parezcan apagadas, siguen ardiendo. Por dentro. Aunque nadie las vea. Aunque uno intente olvidarlas. Y porque tenía que saber si lo nuestro aún respondía a la luz. Si aún podía encenderse. Si todavía tenía un interruptor.

Volvemos a quedarnos en silencio. Pero no es el de antes.

Este es distinto. Este es el tipo de silencio que se te mete dentro cuando todo lo demás hace ruido.

Tomo un sorbo de chocolate. Me quema la lengua.

Bien. Perfecto. Me lo merezco. Pero también me ayuda.

Me descongela. Me da calor justo donde más lo necesito: en el pecho.

No tengo respuestas. Pero tengo eso. Un sorbo. Una pausa. Un latido. Y, por primera vez desde que Gian ha vuelto a Manarola, siento que puedo respirar. Una respiración de verdad. No de las automáticas . Una de esas que duelen al entrar, pero que también te devuelven el alma al cuerpo.

—Estoy nerviosa —le aviso —. Mucho. Más que la primera vez.

Más que todas las veces juntas. Y eso que hubo muchas, ¿te acuerdas?

Porque claro que te acuerdas, tú no te olvidas de nada , y yo menos.

No podría aunque quisiera. Y no es solo por el sitio.

Ni por el belén. Ni por la fecha. Ni por el frío.

Es por ti. Porque estás aquí. Así de cerca.

Así de… tú. Y porque yo también estoy aquí.

Y eso es mucho. Significa que me he movido.

Que he dejado de huir. Que he aceptado que puede que esto me rompa otra vez.

Pero he venido, Gian. He venido. Y eso… Eso tiene que contar, ¿no?

Aunque me tiemblen hasta las pestañas y me esté tragando todas las palabras que no me atrevo a decir en voz alta.

—Claro que cuenta —dice, como si me leyera la duda antes de que yo la formulase .

Y luego hace una pausa. Una de esas que sa­bes que vie­ nen con doble intención—.

También cuenta que te hayas puesto ese vestido negro.

—Baja la mirada un segundo. Y me recorre.

Entera. Sin tocarme. Solo con los ojos, pero lo siento como si me acariciara la piel con la yema de los dedos, con la memoria—.

El de las decisiones importantes —añade, con esa voz tenue que se me mete por la espalda y se instala entre las costillas como si fuera el calor de una chimenea—. Sigue quedándote de muerte.

Me río. O lo intento. Es ese tipo de risa que se te escapa cuando ya no sabes si estás a punto de llorar o de besar a alguien. Esa risa temblorosa, como un globo que se desinfla justo cuando estás intentando atarlo.

El belén sigue encendido . Las figuras parecen diminutas desde aquí, pero cada una está donde debe estar. Un pastor a la izquierda. Una oveja torcida a la derecha. La Virgen, san José. El burrito que no estaba, pero ya otra vez sí. Todo. En su sitio. Y yo respiro hondo.

—Entonces… —digo, sin mirarlo , pero sabiendo exactamente cuánto espacio hay entre su pierna y la mía—. ¿Nos quedamos a ver cómo se apaga?

—No —responde. Y esa palabra me pega un susto en el corazón. Pero entonces añade—: Nos quedamos a ver cómo sigue encendido.

Y lo dice así. Sin dramatismo. Sin énfasis. Sin música de fondo. Pero yo… Yo escucho fanfarrias. Porque sé exactamente lo que quiere decir. Sé lo que está escondido ahí dentro. Lo que sus palabras no dicen, pero sienten .

Lo difícil nunca ha sido encender algo.

Lo difícil siempre ha sido no dejar que se apague.