Querida Srta. Santa Clausura 22. Gia #2
43%

22. Gia #2

—Sí . Sí, claro que me acuerdo. Me acuerdo de todo.

O sea…, no de todo. No soy una especie de archivo emocional con patas.

Pero de eso sí. Y… no es que siempre lo tome así, ¿eh?

A veces lo pido sin azúcar. O con leche vegetal.

O…, bueno, depende del día. Pero ahora mismo me viene bien.

Me viene muy bien. Lo caliente. Y lo dulce. Y… gracias.

Me muerdo el labio. Me obligo a no huir. Me obligo a no temblar. A quedarme. A no echar a correr aunque me tiemblen hasta las pestañas.

Tre, due, uno…

Los fuegos estallan. Y yo también. Pero por dentro.

La colina se enciende. Explota en luces y formas.

San José. La Virgen. Las ovejas. Los pastores.

Un río entero de bombillas que cae en cascada por las terrazas, y todo el pueblo aplaude como si acabáramos de ganar la Champions y la lotería el mismo día.

Yo miro el belén. Y sí, es precioso. Pero luego lo miro a él y me doy cuenta de que, por muy es pectacular que sea la Navidad, el verdadero problema (y la verdadera magia) está sentada a mi lado, con los ojos brillando con esa mezcla exacta de nostalgia y futuro que me rompe por dentro. Y me arma también.

Nuestros muslos se tocan por accidente (o no), y en medio, la noche.

La colina. Las luces. La Navidad con su escenografía deslumbrante.

Y nosotros dos. Silenciosos. Con la tensión flotando como una nota alargada que nadie se atreve a soltar.

Alrededor, el mundo sigue sin pedirnos permiso.

Una pareja suspira detrás de nosotros. Unos niños se ríen mientras juegan con las sombras alargadas que las luces proyectan sobre el muro.

Una señora grita: «¡ Bomboloni calientes!

», y, desde algún rincón lejano, una versión instrumental de «Tu scendi dalle stelle» flota en el aire como una postal sonora enviada desde otra vida.

—¿Lo has visto este año?

—¿El qué?

Tardo un segundo en procesar a qué se refiere, pero aun así espero a que conteste. Él no me mira. Sigue con la vista clavada en la ladera. En el belén. En todo y en nada.

— El burrito.

Y me atraviesa. Así. Sin anestesia. Me encojo un poco, por instinto. Por memoria. Por algo que no puedo nombrar y que, sin embargo, me conoce mejor que yo misma.

—Ah. No. Hace años que no lo veo. Aunque creo que, por un momento, me ha parecido que parpadeaba algo ahí donde solía estar.

Como una sombra. Una silueta entre las luces.

Pero también podría haber sido mi imaginación, ¿sabes?

A veces veo cosas. O quiero verlas. No lo sé.

Es como cuando te quedas mirando al mar y de pronto te parece que hay una figura humana entre las olas, pero luego parpadeas y era solo espuma.

Y sombras. Y mi cabeza, que a estas alturas ya es más romántica que racional…

Él no responde, pero sonríe. Y entonces se mueve.

Despacio. Con una lentitud casi reverente.

Como si cada gesto tuviera peso. O historia.

Se gira hacia mí, mete la mano en el bolsillo interior de su abrigo y saca la cartera.

Su cartera. La de cuero desgastado que lleva desde que éramos dos idiotas con sueños grandes y cero planes de respaldo.

Y, de entre los billetes arrugados, los tíquets viejos y la foto de su nonna de joven, saca algo.

Un trozo de papel doblado tantas veces que parece haber sobrevivido a más cosas que yo.

Me lo tiende, sin decir una sola palabra , y yo lo cojo, con las manos que me tiemblan un poco. Con el corazón que me tiembla mucho.

Lo despliego con cuidado. Con ese cuidado exacto que se tiene con las cosas que importan. Con las que duelen. Y ahí está.

El burrito.

Nuestro burrito.

Dibujado a lápiz. Torpe . Tierno. Desproporcionado.

Con orejas demasiado grandes y patitas que no encajan del todo.

Hecho por la Gia de hace mil años. En una de esas tardes tontas y frías, cuando te­nía miedo de que Gian hubiese dejado de verlo.

De verme. Y por eso lo dibujé. Para él. Para recordárselo .

Para recordarme. Y ahora está aquí. En mis manos.

Arrugado . Sobreviviente. Real. Y yo no puedo hablar.

No puedo. Porque todas las palabras se me deshacen apenas intento pronunciarlas.

Porque el aire se ha llenado de algo denso, como una verdad que por fin sale de donde estaba escondida.

No digo nada. Solo lo miro. Él me mira a mí . Y lo entiendo todo.

Ese burrito no es solo un dibujo. No es un garabato cutre hecho con un lápiz mordisqueado y líneas toscas en un papel de libreta.

No es una chorrada infantil. No es una tontería.

O, bueno , sí. Sí lo es. Es una tontería.

Pero es nuestra tontería. Un símbolo involuntario de todo lo que fuimos y de todo lo que no supimos decir nunca en voz alta porque teníamos miedo.

O porque no sabíamos cómo. O porque hablábamos idiomas distintos, pero pensábamos que el amor bastaba para traducirnos.

Ese burrito es una especie de código secreto .

Un mapa. Una brújula emocional que no apunta al norte , sino a nosotros.

Es una forma de decir: aquí estuve , esto sentí, esto te di, aunque no lo dijera con palabras bonitas ni lo supiera envolver bien.

Y él lo guardó. Lo ha tenido guardado todo este tiempo.

—Te lo devuelvo —dice, sin apartar los ojos de los míos—. Para que puedas volver a verlo tú ahora.

Parpadeo, porque, si no lo hiciera, creo que se me saldrían las lágrimas como en las películas dramáticas de Netflix.

Gian me mira , me mira de verdad, y esta vez sus ojos buscan los míos con la calma de quien ha esperado mucho , muchísimo, y aun así, no tiene prisa.

Como si supiera que este momento es delicado. Frágil. Irrepetible.

—A veces hace falta que te devuelvan lo que diste para recordar que sigue siendo tuyo.

El burrito tiembla en mi mano. O eso creo, aunque la verdad es que la que tiembla soy yo. Me tiembla el pulso. Me tiembla el pecho . Me tiembla el pasado entero que vuelve como una ola que no pide permiso. El viento sopla desde la colina . Las luces del belén no parpadean. Pero yo sí. Por dentro.

—Gian…