22. Gia
Gia
Querida Srta. Santa Clausura:
No sé si estoy escribiendo a una experta en cierres o a una santa patrona del «mejor solos que mal acompañados», pero necesito tu ayuda. Mi relación ha entrado oficialmente en modo villancico triste: «Y en vez de amor me trajo ansiedad… la Navidad… Lalalalala…».
He intentado hablarlo. Él ha intentado ignorarlo. Yo quiero paz, él quiere PlayStation. Así que, si aún tienes una mesa libre…, resérvame una cena de clausura, por favor. Y gracias por existir. Y por evitar que le deje una nota en el calcetín junto a los bastones de caramelo.
Fdo.: Lúcida, signo Sagitario y cero unidades de paciencia
El vestido negro no hace milagros , pero casi. Y esta noche yo necesito un maldito milagro con cremallera invisible.
Me lo pongo despacio, como si al deslizar la tela por mis caderas pudiese, de paso, reconfigurar mi estado emocional.
Aunque en realidad no es más que un pedazo de satén, pero el efecto es inmediato: mis piernas parecen más largas; mi pecho, más decidido (gracias, sujetador push-up, no sé si te quiero o si te tengo miedo), y mi dignidad…
, bueno. Esa sigue secuestrada desde los mensajes que no debería haber releído a las tres de la mañana.
Me miro en el espejo. Otra vez . Quinta ronda.
Giro. Giro otra vez. Me recojo el pelo .
Me lo suelto. ¿Y si me hago un moño? ¿Y si me lo plancho?
¿Y si me rindo? Me observo con los ojos entrecerrados, como si eso fuese a mejorar algo.
¿Me he pasado con el eyeliner o parezco una femme fatale con alergia a todo lo que no sea misterioso?
—Gia. Respira.
Me lo digo a mí misma, claro . Porque no hay nadie más en el baño.
Nadie humano . Solo yo, mi reflejo y el estrés, que ha venido a acompañarme, como siempre.
Puntual. Insoportable. El vestido se ajusta contra mi piel y me acuerdo de que debajo llevo lencería bonita.
De la cara. De la que una se pone cuando quiere fingir que está bien.
O cuando sospecha que podría terminar medio desnuda en un sitio insospechado.
No es que vaya a pasar, pero hay que estar preparada . Por si el universo se pone juguetón.
Cojo el abrigo , las llaves, el pintalabios, el móvil y el corazón. Aunque ese último ya está desbocado y sin cinturón de seguridad . Cierro la puerta tras de mí. Exhalo. Respiro. Lo intento . Y salgo del portal como si me hubieran dado cuerda .
—Tranquila —me susurro mientras busco el coche, con el abrigo apretado contra el pecho—.
No es una cita. Es solo … ¿Qué es esto? Una reunión diplomática con tu exvida sentimental .
En un belén viviente. Con cien mil lucecitas led de testigos.
Y probablemente algún coro infantil cantando villancicos mientras tú finges que no quieres llorar o comértelo a besos. Nada intimidante. Para nada.
Subo al coche. Turrón y Suchard me miran desde la ventana como si estuvieran viendo el tráiler de una película de terror. Les lanzo un beso antes de girar la llave. Y la radio decide que es el momento perfecto para apuñalarme sin previo aviso porque está sonando Eros Ramazzotti.
Otra como tú no hay…
— No me jodas, Eros. Cállate.
Cambio de emisora, pero es un error, porque entonces ahí está Laura Pausini con su « Se fue».
Perfecto. Apago la radio de un manotazo y solo oigo mi respiración, demasiado rápida.
Mis manos se aferran al volante y mi cerebro comienza a generar escenarios catastróficos a velocidad absurda.
Así que enciendo el motor y me fuerzo a pensar en otra cosa.
Siempre me ha gustado el camino hacia Manarola.
Tiene algo de serpiente perezosa y caprichosa, con sus curvas estrechas que se enroscan en la ladera como si la carretera estuviera jugando a hacerse la difícil.
A un lado, el mar, brillante. Esta noche especialmente.
La luna se refleja en él como si fueran amantes reencontrándose, y de pronto el agua parece un espejo emocionado. O una promesa.
Llego a la rotonda, giro hacia la SP 370, y ahí está: el cartel de Ma narola.
Blanco, sobrio , implacable. En lo alto de la colina ya se adi vinan los hierros negros: la estructura que, en cuanto caiga la noche, se convertirá en un milagro eléctrico.
El belén de Mario Andreoli. Miles de bombillas.
Figuras hechas con botellas de plástico, ruedas viejas, retales…
Una natividad reciclada y luminosa que trepa por las terra zas del viñedo como si la esperanza tuviera piernas y quisiera escalar.
Poco a poco, el tráfico se ralentiza. Hay voluntarios con chalecos fosforitos que dirigen a los coches. Nadie se salta sus indicaciones. Nadie quiere ser la persona que arruine el encendido del belén. Sería socialmente equivalente a tirar un árbol de Navidad en mitad del Vaticano.
Después de una guerra fría silenciosa con una señora de unos cincuenta años, consigo aparcar en el aparcamiento de siempre, justo al lado de la barrera.
Me miro en el retrovisor. El eyeliner sigue donde debería.
El pintalabios también. Lo que no está donde debería es mi corazón, que se ha mudado a la garganta y late con demasiada fuerza .
Como si quisiera salir antes que yo. Asomarse , encontrar a Gian y susurrarle: «Mírame. Todavía soy tuyo».
Me bajo del coche con mi vestido negro y mis botas cowboy rojas de tacón.
Diecisiete centímetros. No son una elección sensata para un pueblo colgado de una colina medieval, lo sé, pero justamente hoy no estoy aquí para ser sensata .
Me pongo el abrigo, me ajusto la bufanda como si eso pudiera sostenerme y empiezo a bajar a pie por el túnel que lleva al centro.
Hay gente por todas partes. Niños con gorros de reno.
Señoras con termos llenos de vin brulé .
Parejas con las manos entrelazadas. Y yo .
Yo y mi estómago en modo centrifugadora.
La iglesia de San Lorenzo está iluminada con esa luz que no es ostentosa pero sí importante.
Como si supiera que está a punto de pasar algo.
La campana lo confirma en un tono de advertencia.
Y entonces el banco de siempre aparece ante mí como un fantasma familiar.
Ahí está. En su sitio. En el mirador. Con la barandilla un poco oxidada .
Con la vista perfecta. El escenario preparado.
Para el belén . Para la cuenta atrás. Para todo lo que todavía no ha pasado… , pero podría pasar.
Ahí era donde nos besábamos . Donde discutíamos por tonterías. Donde prometimos estar siempre juntos. Y donde él dejó un espacio vacío los últimos años que nadie, ni siquiera yo misma con un título universitario en Psicología, ha sabido llenar. Pero el banco sigue ahí. Y Gian también.
Lo veo antes de que él me vea , y algo dentro de mí, algo que había estado dormido , anestesiado, escondido debajo de capas de ironía y pintalabios rojo , se despereza y empieza a latir de verdad.
Está sentado exactamente en el centro, con las manos en los bolsillos del abrigo y la bufanda subida hasta la nariz, escondiéndose un poco del mundo.
Tiene el pelo un poco más corto, pero igual de revuelto, y esa manera tan suya de mirar a la nada: fija, callada, casi interrogativa, como si esperara que el vacío, por cortesía o por experiencia compartida, le respondiera.
Como si llevara rato hablando con él en silencio.
Doy entonces el primer paso. Uno pequeño.
Lo justo para oír cómo cruje la losa húmeda bajo mis botas.
Y luego doy otro. Cuando por fin levanta la vista, no es solo él quien se gira hacia mí .
Es como si el pueblo entero contuviera el aliento.
O quizá es solo el viento que se arremolina con disimulo , o la Navidad calentándose los motores antes del gran encendido .
O mis oídos, que se han convertido en una habitación cerrada donde solo resuena mi voz. O lo que queda de ella.
—Hola.
Él sonríe. Despacio. Despacio con esa sonrisa suya que me desarma, me licua, me convierte en una versión tibia y desordenada de mí misma.
—Ya pensaba que no ibas a venir —dice, casi con tranquilidad.
Como si no fuera consciente de que llevo dos días preparándome para esto.
Dos días, tres cambios de ropa, un ensayo de diálogo en el espejo que ha terminado con Turrón y Suchard mirándome con cara rara, y una batalla encarnizada contra todas las inseguridades que se activan cuando el pasado llama a tu puerta con cara de Gian—. Pero… aquí estás .
Alguien empieza a contar en gritos: Dieci, nove, otto…
, y la gente se le une, coreando en italiano.
Y yo… Yo no puedo decir ni un número. Literalmente.
Estoy muda. Porque mis números no están con tando hacia atrás.
Están contando cosas. Uno: Gian. Dos: Gian con esa bufanda ridícula que me parece preciosa y que yo le regalé.
Tres: Gian con ese abrigo que le queda escandalosamente bien.
Cuatro: Gian y su voz. Cinco: Gian y su olor, incluso desde aquí.
Seis: Gian y su manera de estar ahí, quieto, como si eso fuera fácil. Siete: Ya basta, Gia. Céntrate.
Él se pone de pie y me cede el sitio. Así. Como si no fuera uno de los gestos más caballerosos, dulces y devastadores del universo. O como si no estuviera reescribiendo nuestra historia con algo tan simple como apartarse y ofrecerme su lugar.
—Está caliente. Y extradulce —me dice, tendiéndome un vaso de lo que sospecho que es chocolate caliente—.
Como te gusta. De sde que me lo confesaste, no me he olvidado.
Fue después de aquella caminata interminable en la que acabamos perdidos, empapados, tú con los pies mojados y aun así empeñada en comerte un cannoli sentada en una terraza.
Y en pedir un chocolate. Con triple de azúcar.
«Para compensar», dijiste. ¿Te acuerdas?
Sonrío. Primero , porque algo en mí adora que nos recuerde tan abiertamente , y segundo, porque me he equivocado: claramente está nervioso.