24. Gian
Gian
Querida Srta. Santa Clausura:
Voy por la decimocuarta vez que me la imagino besándome (sí, llevo la cuenta, ¿es esto un problema?).
No estoy seguro de si este tipo de pensamientos infringen el reglamento de tus cenas.
Pero, seamos honestos, esta no es una cena como las demás.
Entonces …, joder, ¿puedo besarla ya? Solo un poquito. O mucho. Preferiblemente mucho.
Abrazo virtual,
Gian
(Extracto de un correo electrónico nunca enviado).
Soltarlo todo ha sido como arrancarme una piedra del pecho.
No una cualquiera. No. De las que llevas tanto tiempo arrastrando que ya se han hecho parte de tu anatomía.
Y lo peor es que te acostumbras . A su peso.
A su ruido. A cómo te aplasta el pecho cuando intentas reír de verdad.
Hasta que un día la sueltas, la dejas caer y el cuerpo entero se sacude.
Como si respiraras por primera vez en años sin notar un puño apretándote los pulmones desde dentro.
Miro a Gia, tratando de descifrar su mirada.
Está preciosa. Está preciosa de verdad. De una manera que me desarma y me reconstruye al mismo tiempo.
Con el pelo un poco revuelto por la humedad que se ha colado desde la calle, una servilleta arrugada olvidada en el regazo, y esa mirada, esa maldita mirada del color del jade, que me atravesó el día que la conocí y no ha dejado de taladrarme desde entonces. Y qué suerte tengo.
—Sé que no basta —digo. Me sorprende el tono de mi propia voz.
Más bajo. Más humano. Como si ya no tuviera energía para fingir otra cosa—.
Sé que no basta con lo que te he dicho. Que no todo es tan fácil.
Ni tan rápido. Ni tan limpio. Sé que decirte que te quiero no es una fórmula mágica que lo arregla todo. No lo espero. No lo pre tendo.
Trago saliva . Ella baja la mirada. Pero no es un cierre. Es un pliegue. Una rendija. Una grieta por donde empieza a colarse algo. Y yo lo sé. Lo reconozco. La he perdido antes. Ahora sé cuándo aún no.
—Solo quiero escucharte —añado—. Como sea. Como te salga. Como solo tú sabes hacer.
Y entonces ocurre. Gia explota. Al principio, solo se le empañan los ojos.
Un parpadeo largo. Otro más. Como si estuviera negociando con su propia vulnerabilidad en silencio.
Luego , las manos. Aprieta la servilleta con más fuerza.
Se le marca la tensión en los dedos. En la mandíbula.
En la espalda, que ya no está tan recta como hace un segundo.
—Vale. ¿Tú sabes…? —empieza, pero se atraganta con sus propias palabras.
Sacude la cabeza, como si se le hubiese hecho un nudo en la lengua y necesitara valor para deshacerlo—.
¿Sabes lo que es querer enfadarte con alguien y no poder?
Porque en el fondo…, muy en el fondo…, no quieres soltarlo del todo.
¿Sabes lo que es repetirte cada noche que ya basta?
Que ya. Que lo vas a dejar ir. Que no vas a mirar más el teléfono ni rebobinar mentalmente cada conversación buscando señales que no viste a tiempo. ¿Sabes lo que es eso, Gian ?
Mi nombre en su boca. Joder.
—Y, sin embargo, aquí estoy —se ríe sin reírse—. Aquí. Frente a ti. Escuchándote decir que aún me quieres. Como si eso no lo hubiese sabido siempre. Como si eso no fuera precisamente lo que más me jodía. Porque, si no me hubieras querido , todo habría sido mucho más fácil.
Y ahí me desarma . Porque tiene razón. Habría sido infinitamente más fácil si no hubiéramos sentido tanto. Pero lo hicimos. Lo hacemos. Y aquí estamos.
—Cuando te fuiste… —empieza de nuevo, más bajito—.
Cuando te fuiste así, de repente, sin más, sin darme tiempo a preguntarte nada, sin una frase completa, sin un plan , sin nosotros…
, me rompiste. Como si mi corazón fuera una ventana vieja y tú hubieras lanzado una piedra desde lejos .
Y no hubo carta que arreglara eso. Ni excusa.
Ni distancia suficiente. Porque eras tú. Tú, Gian.
Se le quiebra la voz. Solo un segundo. Pero se aguanta. Porque Gia nunca se derrumba. Gia arde. Gia sigue. Siempre.
—Eras el amor de mi vida. Desde el primer día.
Desde el primer belén, cuando conocí al nieto de mi vecina y pensé, con solo seis años, que eras el niño más guapo del mundo.
Desde que me preguntaste si el helado de stracciatella estaba bueno y luego te lo comiste como si fuera un milagro.
Desde que me escribiste un «te quiero» en la mano porque se te había acabado la batería y no llegabas a casa a tiempo para decírmelo antes de que me acostara.
Desde que me dijiste que mi risa sonaba a algo que no querías olvidar nunca .
Yo me lo sé todo. Me acuerdo de cada detalle . Más de lo que debería.
—Y sí —continúa, atropellada—, entiendo que te diera miedo. Que fuera una oportunidad. Que tu padre. Que tus dudas. Que todo eso. Pero no me diste la opción de estar contigo. No me dejaste pelear por ti. Y eso fue lo que más dolió.
Se detiene. Solo un instante. Mira el vino como si pudiera encontrar respuestas en el fondo de la copa.
—Y ahora estás aquí. Y me dices todo eso.
Y claro que una parte de mí quiere lanzarse.
Porque sigo siendo yo . Y tú sigues siendo tú.
Y, de alguna manera estúpida , seguimos siendo…
GiGi. A pesar del tiempo. A pesar de todo.
Pero otra parte…, no sé si puedo volver a confiar sin ponerle una red a todo esto.
Asiento. Me lo merezco. No tengo defensa posible.
—No vengo a pedirte que saltemos ya —susurro—. No estoy aquí para eso. No quiero que esto sea una locura más.
Ella me mira . Bueno, no solo me mira: me sostiene con los ojos . Como si quisiera comprobar si aún hay algo firme en mí donde apoyarse.
—Solo quiero saber si todavía… —continúo—, si todavía quieres seguir subiendo conmigo. Aunque sea poco a poco . Aunque nos tiemblen las piernas. Aunque esta vez no sepamos a dónde nos lleva exactamente. Porque… Joder, Gia. Han pasado cinco putos años y… siempre has sido tú. No ha habido otra.
—¿No?
—No, Gia. Nunca.
Se me hace un nudo en la garganta justo al terminar la frase. Porque lo que acabo de decir es la verdad. La más jodida. La que ha estado ahí, silenciada entre capas de orgullo, de distancia, de excusas y de miedo. La que , hasta ahora, no me había atrevido a decir en voz alta.
Ella se queda muy quieta, como si el más mínimo movimiento pudiera romper algo invisible entre nosotros. Pero sus ojos están ardiendo.
—¿Y si ya estoy saltando ?
Y eso es todo. No hay marcha atrás. No hay más «quizá». No hay más «si no fuera por…». Solo esto. Ella y yo. Aquí. Otra vez. De verdad. Y entonces lo sé. Lo sé con esa certeza antigua que te despierta por las noches y no necesita explicación.
Esta cena no es de clausura. Ni de broma.
Durante el resto de la cena, no hablamos mucho más de lo que nos separó.
Y no porque no haya más que decir. Porque lo hay.
Vaya si lo hay. Un océano entero de cosas no dichas, de frases a medio acabar , de preguntas que aún no han encontrado el momento para salir.
Pero esta vez nos basta con estar. Con eso .
Con mirarnos. Con permitirnos este respiro.
Este punto en el que nadie exige explicaciones, donde lo único que importa es que seguimos aquí y que hemos vuelto a coincidir en la misma coordenada, al mismo tiempo, con la piel un poco más curtida, pero con el corazón todavía latiendo en la dirección correcta.
Las palabras, si tienen que venir, ya vendrán.
Ahora hablamos de lo importante. De lo que queda después del desastre.
De quiénes somos cinco años más tarde . Gia me cuenta que quiere comprarse una Vespa.
Que sus perros le tiraron el árbol de Navidad y que ha aprendido a decir que no.
Casi siempre. Que contrató a Lele como su asistente hace unos pocos años porque sola no daba abasto con las consultas.
Me habla de sus padres, de los domingos de lluvia, de las canciones nuevas que la hacen llorar.
Lo hace como si cada frase fuera una confesión vestida de anécdota.
Y yo la escucho como si no quisiera que se le acabaran las palabras .
Le cuento que hay fotos que nunca subo a ningún lado.
Que hay días en los que he querido dejarlo todo y desaparecer.
Que me ha dado miedo volver y encontrarla cambiada.
Y sí, ha cambiado. Pero no como temía . No de ese modo en el que uno se aleja .
Porque Gia sigue siendo fuego, solo que ahora sabe cuándo arder y cuándo calentar las manos.
Cuando el camarero se acerca con el postre, ni siquiera nos molesta que nos interrumpa.
Porque no lo habíamos pedido. Ni lo estábamos esperando .
Y, sin embargo, llega. Lleva la bandeja con una delicadeza inusual, como si en lugar de un postre fuese algo sagrado.
Algo que merece silencio y respeto. La coloca en el centro de la mesa con una sonrisa que no parece profesional.
Es otra cosa. Complicidad. Ternura. Un poquito de magia.
—Un regalo especial —anuncia.
Gia y yo lo miramos , confundidos.
—¿De parte de la Señorita Santa Clausura? —pregunto, medio en broma.
Pero él niega. Despacio.
—No. De la señora Agnese. Que el Señor la tenga en su gloria.
Y ahí sí. Ahí se nos hiela la respiración. Porque ese nombre es una grieta directa al pecho. Una ventana que se abre de golpe al pasado. El camarero baja un poco la voz, como si estuviera revelando algo frágil. Algo que podría romperse con solo nombrarlo demasiado alto.
—Dejó por escrito que, si algún día vosotros dos volvíais a estar aquí cenando juntos, teníamos que traeros este postre.