19. Gia #3
Nos miramos otra vez y volvemos a reírnos. Porque si algo sabemos hacer a la perfección es poner servilletas bonitas entre el caos emocional y la tarta de fondant. Y brindar con cava del caro por lo que viene. Aunque no sepamos aún exactamente qué es.
Leo el nuevo mensaje de Gian horas después, cuando la casa por fin ha dejado de parecer una zona cero decorativa, Lele ha salido disparada a preparar su ruptura temática, y el árbol está…
, bueno, en pie. Turrón y Suchard duermen con las cabezas apoyadas en mis piernas.
Y roncan. Y huelen a desastre. Pero no me atrevo a moverme, porque es el primer silencio en horas y no pienso destruir semejante paz.
¿Necesitas que te lleve uno de esos batidos
asquerosos que nos preparaba mi madre
para la resaca? Porque yo estoy de camino
a por uno
Sonrío automáticamente. Él siempre se acuerda de las cosas que yo enterraría gustosamente bajo siete capas de olvido y un árbol nuevo. Como los famosos batidos de su madre, que sabían a cemento bati do con azúcar moreno.
Tarde. Mi estómago ya ha sobrevivido a base
de café, cruasanes y drama ajeno
Y sus batidos sabían a pis de perro
Tardo diez segundos en arrepentirme. No por lo que digo, sino porque, en cuanto empiezo a escribirle, ya no quiero parar. Gian es peligroso así: amable, insistente y con esa memoria emocional que da justo donde quiero que no dé.
Son milagrosos. Bueno… O placebo. Pero
siempre los preparaba con cariño
Y con textura de yeso
Te haré uno nuevo. Prometo mejorar la receta
Ahora que eres oficialmente persona
funcional otra vez: ¿cómo estás?
Cansada. Lele se ha ido hace un minuto
y todavía oigo su voz gritando «¡ponle
purpurina a la lasaña!»
¿Purpurina a la lasaña?
Sí, existe purpurina comestible.
Pero mejor no preguntes
Me lo imagino leyéndome, con esa forma de fruncir el ceño cuando algo no le cuadraba, y arrugando la nariz. Esa maldita nariz perfecta que me daba ganas de morderla. Literalmente. Y me pregunto por qué pienso en eso ahora. Aunque lo sé. Lo sé demasiado bien.
Estoy empezando a pensar que dejaros solas
a ti y a Lele es un riesgo para la salud
pública. Así que, a riesgo de sonar repetitivo:
¿e stás bien?
Respiro hondo. ¿Estoy bien? Depende del momento. Depende de si leo su nombre en la pantalla o no. Depende de cuántas veces me obligo a no parecer demasiado disponible. Depende de cómo me siento cuando se preocupa así.
Sí. Solo un poco… ¿desinflada?
Como cuando quitas los adornos
el árbol antes de tiempo
Lo leo dos veces antes de enviarlo. Me parece cursi. Me parece ho nesto. Lo envío igual.
Entonces necesitas chocolate caliente, una
manta y dejar de pensar por unas horas
Lo de dejar de pensar es complicado
¿Y lo del chocolate?
También. No tengo en casa. Tampoco tengo
fuerza para salir a comprar. Y estoy
secuestrada por mis perros
Qué mala suerte
Yo puedo acercarme y llevarte chocolate.
Ni que no me pillara de paso…
Me muerdo el labio. Porque no me lo dice en broma. Pero tampoco del todo en serio. Es ese punto exacto que me deja sin aire. Esa forma de decir «estoy aquí» sin decir «ven». De ofrecerse sin empujar. De estar, por si acaso quiero que esté. Y lo peor es que quiero. Mucho más de lo que debería.
¿Desde cuándo repartes chocolate
como si fueras un duendecillo
de Babbo Natale?
Desde siempre, aunque solo a personas
muy selectas. Tienen que cumplir ciertos
requisitos
¿Cuáles?
Como tener un nombre que empiece por «G»
y termine en «ia», dos perros con nombres
de dulces navideños y una tendencia a fingir
que no necesita compañía cuando sí
Vaya, qué requisitos tan específicos
No sabes la de candidatas que se me
caen en la entrevista
Me quedo mirando el cursor parpadeando como si pudiera darme una pista.
Una señal. Una excusa. ¿Le digo que venga?
¿Y si viene? No quiero verlo. O sí. Pero no ahora.
No mientras no sepa qué voy a hacer con este…
Con esto. Este deseo suave que se cuela entre las palabras.
Esta calma rara que me provoca. Este impulso de buscarlo, pero también de proteger lo que queda de mí.
Él parece leerlo todo entre líneas, porque, tras unos minutos sin respuesta, llega otro mensaje.
¿ Nos vemos mañana?
Así. Sin drama. Sin exigencia. Solo eso. Una pregunta tan sencilla que me desarma por completo.
Sí. Nos vemos mañana
Apoyo el móvil sobre el brazo del sofá mientras Turrón se revuelca en sueños y me da una patadita blanda en la cadera.
Suchard hace un ruido suave, parecido a un suspiro, y sigue dormido con la cabeza aún cálida sobre mi pierna.
Yo no duermo, pero tampoco pienso. Simplemente estoy en ese espacio frágil entre el ahora y lo que podría ser.
Unos treinta minutos después —lo sé porque no he parado de mirar el reloj como si de verdad fuera a darme respuestas existenciales—, suena el timbre.
Pego un salto tan dramático que Turrón levanta una ceja y Suchard emite un suspiro que, sinceramente, suena a juicio.
Porque no espero a nadie. Y no puede ser Gian.
No. Imposible. ¿O sí? Espero que no, porque sigo con la pinta de alguien que ha discutido con su reflejo y ha perdido.
Me levanto descalza, con el corazón golpeándome el esternón, y abro la puerta conteniendo la respiración…
Y no es Gian.
Es un repartidor con gorro rojo, sonrisa amable y la energía navideña de un elfo que ha dormido sus ocho horas.
Me tiende una bolsita blanca de papel con letras cursivas y un aroma que huele a cacao caliente y algo recién horneado.
Casi me echo a llorar. Por la tensión, por el olor… o porque no era Gian. No estoy segura.
—Eh… ¿ Esto es para mí?
—¿Gia? —pregunta, comprobando el nombre en su móvil. Yo asiento, todavía confundida—. Entonces sí. Está pagado. Lleva una nota.
La nota está pegada con un trocito de washi tape navideño. Lo primero que veo, escrito con una letra grande y algo torcida que reconozco a la perfección, es un corazón dibujado a mano. Debajo:
Taza grande, mucho azúcar. Y sí: me acuerdo de las galletas de caramelo salado, pero estaban agotadas. Nos vemos mañana.
Gian
La garganta se me cierra un poco, como si de repente hubiera olvidado cómo se respira cuando alguien hace algo bonito por ti sin pedir nada a cambio.
Abro la bolsa. Dentro hay una taza de chocolate caliente espeso, oscuro y todavía humeante, y una cajita de frittelle.
Siento al instante ese nudo en el pecho.
Y también en la tripa. Y, honestamente, en todos los lugares donde empieza a nacer el desastre de enamorarse otra vez. Sin planearlo. Sin permiso.
Cierro la puerta en silencio y me dejo caer en el sofá, taza en mano, envuelta en la manta como una versión invernal de mis emociones mal gestionadas.
Antes de dar el primer sorbo, le hago una foto.
Solo eso. Una imagen. De lo que acaba de hacer.
De lo que significa que lo haya hecho. De lo que, seamos honestos, los dos sabemos aunque aún no lo hayamos dicho.
Gracias. No hacía falta, pero…
sí que hacía falta
Siempre sé lo que no hace falta,
pero sí hace falta
Buenas noches, Gia
Buenas noches, Gian
Tapo el móvil con la mano, como si eso pudiera amortiguar el efecto de sus palabras.
Pero no. Ahí están. Rebotándome en el pecho.
Como el primer sorbo de chocolate caliente: dulces, inesperadas, peligrosamente intensas.
Me dejan temblando. No mucho. Solo lo suficiente como para saber que estoy viva. Llena. Encendida.
Como si mi cuerpo (ese traidor idiota y esperanzado) acabara de recordar exactamente cómo se siente el calor justo antes de arder.