19. Gia #2
Se detiene en mitad del salón. Se quita las gafas de sol y sus ojos recorren la escena del crimen: el árbol de Navidad en posición de derrota, espumillones desparramados como si hubiera habido una pelea entre cocainómanos, bolas rodando como si hicieran cardio y una pantufla que claramente ha sido víctima de un ataque con saña de Suchard.
—¿Se puede saber qué ha pasado aquí?
—Turrón y Suchard han declarado la guerra al árbol de Navidad. Yo solo soy una víctima colateral .
Los aludidos la observan con la cara más inocente del mundo. Literalmente parecen dos peluches de anuncio. Lele se deja caer en el sofá con un suspiro, lanza las botas a dos esquinas opuestas del salón como quien marca territorio y me clava una mirada seria. Urgente. Culpable.
—Vale, luego te ayudo a recoger todo esto. Pero, ahora que sé que no has sido poseída por el espíritu destructivo del Grinch, tengo que contarte algo. Algo grave. Nivel: necesito confesarme . Nivel: soy una traidora. Nivel: dame la absolución o el exilio, lo que prefieras.
Me tenso. Ella traga saliva. Yo me dejo caer a su lado como quien se rinde ante la marea.
—Adelante —susurro, masajeándome las sienes—. Soy toda oídos. O eso creo.
—Vale. A ver… —dice, mordiéndose una uña—. Anoche, después de que las chicas y yo te dejáramos en casa…, Chiara y yo decidimos…, eh…, prolongar un poco la velada.
La miro. Parpadeo.
—¿Chiara y tú?
Asiente .
—Qué peligro. No necesito saber más.
—Chiara, yo… y un taxista muy majo que nos llevó a Portofino por tres euros y medio. El verdadero espíritu navideño.
—¿Fuisteis a una segunda fiesta?
—Más bien… —se muerde el labio, como si intentara encontrar la forma de suavizar lo insuavizable— a una fiesta no autorizada. En el piso de un tío random que tocaba la guitarra mientras fumaba maría. En chándal. Con luces de Navidad colgando del techo como si fueran cortinas .
—Ay, Dios. ¡Lele!
—¡No me grites! ¡Estoy sensible!
—Vale, perdona .
Ella suspira y se lleva el vaso de café a la frente, como si fuera agua bendita.
—Te perdono, pero solo porque necesito que tú me perdones a mí. Porque … me he enamorado, Gia.
Parpadeo. Una vez. Dos. Un poco más fuerte la tercera.
—Perdona, ¿qué?
—Así, como te lo digo. Fue como si todas las comedias románticas de Netflix me explotaran en la cara. Pero con reguetón y una guitar ra de fondo.
—¿De quién te has enamorado?
—De un desconocido. Un completo, absoluto y magníficamente perfecto desconocido que tiene el pelo rizado, un hámster llamado Dientes, y que cree que el bastón de caramelo debería ser considera do Patrimonio de la Humanidad.
—¿Y tu novio?
—¡Exactamente! —chilla, llevándose la mano al pecho como si se le acabara de caer el corazón—. ¡Tengo novio! ¡Y no sé qué hacer! ¡Y el hombre sexy del hámster me dijo que me escribiría por Instagram y yo… le di mi usuario con una sonrisa ! ¡¿Qué clase de bruja soy?!
—¿Le diste tu usuario?
—Le di el secundario. El de las fotos haciendo la mona . Pero aun así… ¡Lo mío con Enzo estaba bien! ¡Estaba estable!
Resoplo. Porque, honestamente, «lo suyo con Enzo» nunca ha pasado del nivel «planta decorativa en la relación».
—No estás describiendo una pareja. Estás describiendo una lavadora.
Lele se tapa la cara con ambas manos.
—¡No quiero hacerle daño a nadie! ¡Jamás he sido desleal! Pero es que… ¿y si esto es amor?
—¿Amor? —Alzo una ceja—. ¿Después de incontables copas, luces led y un hámster?
—¡No te rías de mí! ¡Es diciembre! ¡Pronto será Navidad!
—Justamente por eso, Lele . Las emociones se inflan. Es como el pavo. Todo parece más grande de lo que es. Después llega enero, te deshinchas y te das cuenta de que solo era hambre .
Me lanza una servilleta al grito mudo de «¡Insensible!», y luego deja caer la espalda en el sofá con un dramatismo que ha tenido que doler.
—Yo solo quería bailar un rato y reírme con Chiara. Y ahora tengo el corazón dividido. ¡Y ni siquiera lo besé!
—¿Y qué piensas hacer? Porque tienes dos opciones. Bueno, tres, si cuentas fugarte a un convento en los Alpes, que francamente me parece la más sensata.
—No seas cruel —murmura desde su posición tumbada, mirando el techo como si esperara ver escrito allí su destino en letras doradas y parpadeantes—. No puedo evitarlo. Su voz… era como un Ferrero Rocher derretido.
—¿Perdón ? ¿Quién eres y qué has hecho con Lele?
—Su voz , Gia. Era esa clase de voz tan…
sexy. Y me preguntó algo como si yo creía en los amores que empiezan con una casualidad y terminan con una hipoteca compartida .
Es decir, de esos que duran toda la vida y cuyos protagonistas acaban bailando en el salón de su casa a los ochenta años porque se siguen queriendo como el primer día.
Suelto una carcajada, porque no puedo evitarlo.
—Es gay.
—¡No es gay! Me miró los labios siete veces . ¡Contadas!
—Mi vecino de arriba también me miró los labios cuando le ofrecí panetone. No significa que quiera hipotecarse conmigo , Lele. Significa que tenía hambre.
—Tú no lo entiendes —dice en un suspiro dolido y completamente melodramático—.
Esto fue diferente . Fue como en esas pelis en las que todo se ralentiza, la cámara gira y empieza a sonar música de fon do.
Creo que en algún momento escuché villancicos.
Aunque, objetivamente , era reguetón antiguo.
Muy antiguo. Del que suena cuando la historia va en serio.
—Vale. Muy bien. Pongámonos románticas. Digamos que sí. Que esto es una historia de amor. Que Netflix te llama mañana para hacer una miniserie de seis capítulos y una secuela. ¿Qué piensas hacer con Enzo?
Ella se encoge sobre sí misma. Luego me mira con ojos de «estoy a punto de complicarlo todo» y susurra:
—¿Y si organizo una cena de clausura?
Parpadeo. La risa me sale como un estornudo mal contenido: involuntaria, dolorosa y sonora .
—¿Cómo dices?
—Una cena. De clausura. Pero para mí. Con vino, velas, música suave, gratitud por lo compartido, discursos sinceros … —hace una pausa dramática— y una tarta con fondant que diga: «Gracias por todo, pero me voy con el del hámster».
Ahí ya no puedo más. Me agarro al respaldo del sofá, riéndome con la fuerza de una posesa, porque si no me agarro me caigo. Literalmente.
—Estás fatal. Te lo digo con amor, pero estás fatal.
—¡Lo sé! —admite , sin vergüenza alguna, como si acabara de decir que se ha apuntado a yoga, no que va a despedir a su novio con un evento temático—. Pero, si voy a romperle el corazón a alguien, al menos que haya pan de masa madre y copas de cristal. Y vale, lo admito, también estoy celosa.
—¿Celosa de quién?
—¡De ti! —exclama , señalándome como si estuviera acusándome de alta traición—.
¡Tú vas a tener tu propia cena! Con decoración preciosa, playlist personalizada y toda esa vibra épica de los finales que cierran ciclos y abren ventanas, de esos que te dejan emocional mente exhausta y lista para otra temporada.
Y yo… nada. Estoy atrapada en esta tragicomedia sentimental sin catering.
¡Necesito mi clausura ! ¡Me lo pide el alma!
Y tiene que ser esta noche, por supuesto.
Aunque no la organicemos como solemos hacer .
Pero no puedo permitir que pase mucho tiempo y que el otro se olvide de mí.
—¿Le vas a contestar ? —Alzo una ceja—. ¿Al de los rizos y el hámster ?
—Claro. Pero solo después de decidir el menú de la cena de clausura. No quiero parecer impulsiva.
—Ya. Porque, claro , nada grita «soy una adulta emocionalmente estable y funcional» como dejar a tu novio después de tener un flechazo con alguien a quien probablemente no vuelvas a ver.
—Exactamente. —Me guiña un ojo, muy seria—. ¿Me ayudas a elegir entre risotto de setas o lasaña de calabaza con queso de cabra?
—¿Y si simplemente…? No sé, ¿hablas con Enzo como una persona normal?
—Gia, por favor. Ese chico me dijo una vez que la comida casera estaba sobrevalorada. Textualmente. ¿Tú crees que va a aceptar sentarse en la mesa de su piso a comer focaccia?
—Tienes razón. Pero tampoco lo veo haciendo un brindis simbólico sobre lo aprendido.
—¡Bueno, pero lo intentaremos! Si no sabe que es una cena de clausura, vendrá. Y, si viene, le haré el mejor discurso de despedida de la historia de los discursos de despedida . Y cuando termine, y él se haya ido con dignidad y un túper de lasaña, entonces… le contestaré a Mattia .
—¿Así se llama?
—Mattia. Con dos «t», barba de anuncio , y una sonrisa que me hizo creer en los finales felices. ¿Entiendes ahora por qué esto es tan urgente?
—No sé si lo que necesitas es un menú o un exorcismo, Lele.
—Lo que necesito es que tú, reina indiscutible de las palabras bonitas, me escribas un discurso. Uno que le arranque una lagrimita a Enzo y otra a mí . Pero que suene maduro. Y navideño. Y definitivo.
—Lele, tengo resaca.
—Y yo, pero esto es más importante. Es mi momento. Mi cierre de etapa. ¡Mi noche temática! ¿Me vas a ayudar o no?
Suspiro. Ella también. La miro. Me mira. Y luego, por supuesto, nos reímos las dos, porque obviamente solo a Lele se le ocurre transformar su drama sentimental en una cena de clausura exprés, con tarta de ruptura incluida.
—Necesitas ayuda urgente.
—Sí. La tuya. Así que tómate el ibuprofeno, espabila y ponte a escribir. ¡Que esta noche cerramos ciclo!
—Vale, pero primero… —miro a mi alrededor , donde el caos navideño aún huele a perro, derrota y ramitas de abeto— hay que revivir mi árbol de Navidad. Está colapsado. Como yo.
—Perfecto. Nos ocupamos primero del árbol, luego del lugar, luego de las servilletas… —alza un dedo por cada punto, como si estuviéramos en un briefing de evento de alto nivel—, y luego de escribirle a Mattia para decirle que pronto habrá novedades.
—¿Novedades?
—Novedades tipo «Mañana seré una mujer nueva. Clausurada. Renovada. Y lista para flirtear con el amor de mi vida».
—Con el del hámster.
—Exactamente. Con Mattia y Dientes. No me digas que no suena a saga romántica de dos temporadas y un spin-off en formato pódcast.