19. Gia
Gia
Querida Srta. Santa Clausura:
Este año intenté cortar. Te juro que lo intenté. Pero me mandó una carta manuscrita con glitter . Y un villancico personalizado. En ukelele. Y CAÍ COMO UNA ILUSA.
Por ello te ruego que me ayudes a clausurar esta relación fantasma antes de que me vuelva a manipular psicológicamente para que lo perdone.
Atentamente,
Bruna M.
Me despierto con el tipo de dolor de cabeza que no solo grita « RESACA », sino que lo corea con entusiasmo, en mayúsculas , con luces neón rojo intermitente y, probablemente, con una banda de mariachis contratada para hacer los coros.
Intento moverme, pero mi cráneo protesta con un retumbar tan escandaloso que empiezo a sospechar que, en algún momento de la noche, un reno me pisó la cabeza.
O peor: bebí vino caliente caducado. Otra vez.
Gimo y me tapo la cara con la almohada. Hago un pacto silencioso con el universo: si me deja morir en paz, prometo no volver a mezclar bebidas como si no me importara mi hígado. Y, en respuesta, escucho algo.
Crash. Clin. Pum.
Primero suena un estruendo . Después, otro. Algo rueda. Algo explota. Algo rebota contra la pared con un sonido que solo puedo describir como una bola de Navidad suicidándose con entusiasmo. Y, antes de que pueda asimilarlo, el suelo vibra. Literalmente.
Mi primer pensamiento, medio enterrado entre las sábanas y la resaca, es que estamos sufriendo un terremoto.
El segundo: que el terremoto en cuestión tiene ocho patas y responde a los nombres de Turrón y Suchard.
Porque, al parecer, no tengo perros. Tengo dos gremlins pelirrojos con complejo de atleta olímpico y cero respeto por la magia navideña.
Abro la puerta y dejo escapar un grito que sale más bien como un resoplido.
Porque ahí están. Turrón, con una rama del árbol de Navidad colgando de la boca como si fuera un trofeo de guerra, y Suchard, persiguiendo una bola roja con la intensidad de quien cree que su vida depende de ello.
Y el comedor parece una mezcla entre Los juegos del hambre y un catálogo de decoración de Navidad después de una tormenta.
El árbol, mi pobre, noble y precioso árbol que anoche estaba erguido, esbelto y luminoso, ahora asemeja un soldado herido.
Inclinado. Despeinado. Traicionado por los suyos.
—Perfecto —murmuro, con esa voz rota, nasal y dramática—. Resaca. Apocalipsis decorativo. Y dos demonios disfrazados de caniches mini. Exactamente lo que le pedí a Babbo Natale las Navidades pasadas.
Turrón se sienta frente a mí. Me observa.
Me analiza. Me juzga. Y lo peor es que parece tener argumentos.
Mientras tanto, Suchard ha decidido que el espumillón es su nuevo snack favorito .
Lo mastica con la concentración de un crítico culinario.
Nivel : estrella Michelin. Nivel: se está tomando esto muy en serio .
Doy un paso tambaleante.
—¡Ay! —chillo, porque acabo de pisar una bola rota. El dolor es inmediato y tengo que agarrarme a la mesa para no caerme—. ¿Sabéis qué? Esto no es casualidad. Esto es sabotaje. Sabotaje navideño. Puro y duro. Sois agentes dobles del Grinch. Espías infiltrados. Antinavideños. ¡Antiperros !
Ellos me miran. Parpadean. Y, al unísono, mueven la cola , coordinados. Son unos sinvergüenzas. Unos manipuladores de primera.
—Vale, vale —resoplo, derrotada—. Pero, si alguno de vosotros se atreve a mear en el belén, os juro que os apunto a un curso de obediencia. Intensivo. Con algún ruso con mala baba.
Recojo una bola dorada que milagrosamente ha sobrevivido.
Tiene escrito Feliz Navidad en purpurina y, por un segundo, me parece un símbolo de esperanza.
Justo entonces, me vibra el móvil en algún lugar.
Lo localizo en el suelo al lado de la puerta, y lo intento coger, pero se me resbala de las manos como si también él se negara a colaborar con mi estabilidad emocional hoy.
Consigo atraparlo al vuelo en el segundo intento. Milagro navideño número dos. ¡Bien!
Pero entonces lo veo. Su nombre.
Gian.
Mi cerebro da una voltereta. La resaca aplaude sarcásticamente desde el fondo de mi cráneo.
—No. No, no, no —susurro mientras Turrón intenta escalar por mi pierna como si fuera una colina nevada y Suchard arrastra una bota de Papá Noel hacia su guarida secreta detrás del sofá—. No puedes escribirme hoy.
Hoy tengo cara de calcetín usado. Hoy huelo a Navidad caducada.
Hoy llevo calcetines desparejados, literalmente.
Y no de esos bonitos que salen en TikTok, con aguacates abrazando tostadas .
No. Uno es rojo con renos. El otro es negro , peludo y sospechosamente parecido a uno que mi madre perdió el año pasado.
Miro la pantalla. Con horror. Con resignación . Hay un mensaje.
He añadido esta canción a la playlist .
Es la que bailamos anoche
Silencio. Literalmente puedo oír a mi cerebro intentando reiniciarse.
¿Playlist? ¿Canción? ¿Baile?
Oh, no .
Oh, no, no, no, no, no.
Me dejo caer al suelo sobre la alfombra.
Despacio. Dramáticamente. Pongo el altavoz y empieza a sonar «Llegó la Navidad» de Ozuna, Generación Escogida y Christian Nieves.
Una mezcla de reguetón, espíritu navideño y trauma emocional.
Y con cada nota, con cada campanita, con cada guitarra, llega un recuerdo.
Primero, flashes. Luces. Mi vestido rojo .
Vino caliente. Mi risa, esa que sale cuando me creo encantadora y estoy a dos sorbos de hacer algo que luego Google no podrá explicar. Y luego…
—No —murmuro, cerrando los ojos.
Pero es inútil. Las imágenes ya están viniendo .
Una detrás de otra. Le cogí de la mano. Le bailé.
Le perreé. Le provoqué como si me pag aran por minuto de escándalo.
Le dije que él era esa persona que no podía esperar ni cinco malditos minutos sin empotrarme contra la pared como si fuera… un animal.
¿Perdón? ¿Perdón qué? ¿Quién dice eso? ¿Yo dije eso? Más imágenes. Más yo danzando torpemente, con los ojos medio cerrados, como si estuviera en un videoclip de bajo presupuesto, pero con muchas intenciones. Apoyando la cabeza en su hombro. Tarareándole al oído . Y…
—No —digo, más alto esta vez, mientras Suchard me lame la oreja como si intentara borrarme los recuerdos a lengüetazos—.
Le dije que me acordaba del momento en que me rompió las medias en el baño de aquel restaurante para comerme el…
¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué hice eso ?
! ¡¿Quién soy y por qué me odio tanto cuando bebo ? !
Turrón ladra. Yo grito. Mi dignidad hace las maletas y salta por la ventana sin mirar atrás. Vuelvo al móvil . Otra notificación. Él, de nuevo.
Sé que llegaste bien a casa porque Lele
me lo dijo.
Pero ¿estás bien? Sé que no te sienta
bien el alcohol
Apoyo la frente contra el suelo. El suelo al menos está frío. Y no me juzga. Gracias, suelo.
¿Qué más? ¿Qué más le dije? ¿Le confesé que, cuando me mira con esa cara de «no tengo ni idea de lo que estás pensando, pero quiero saberlo todo», me dan ganas de mudarme a sus calzoncillos?
¿Le declaré mi amor eterno entre copas de…
no sé de qué? ¿Le expliqué mi teoría sobre cómo el roscón de Reyes es, en realidad, un símbolo fálico poscristiano y que todo tiene sentido si lo piensas lo suficiente?
Estoy a punto de apagar el móvil, tirar el rúter por la ventana y fugarme a una cabaña sin cobertura ni espejo. Pero, por supuesto, el universo tiene otros planes.
DING - DONG .
Turrón corre como si alguien hubiera dicho: «¡Jamón!
». Suchard ladra como si intentara intimidar al fin del mundo.
Yo me giro, en estado de pánico, y me miro el reflejo en la bola de Navidad dorada que ha sobrevivido al apocalipsis perruno.
Y no estoy nada bien. Tengo el pelo recogido en un moño torcido, purpurina en una ceja (¿por qué?) y un resto sospechoso de turrón en la barbilla que no sé si es de anoche o de… la era anterior al apocalipsis.
Intento correr al baño, pero resbalo con la alfombra y con el cojín decorativo con forma de estrella fugaz.
Y ahí me quedo. Boca arriba. Estrella contra estrella.
Preguntándome si fingir mi muerte sería una reacción desproporcionada o simplemente una estrategia de supervivencia válida en este contexto.
DING - DONG .
DING - DONG .
Otra notificación suena en mi móvil, pero esta vez no es de Gian. Es de Lele.
¡Despierta! Estoy en tu puerta con café del
bueno. E ibuprofeno. Ábreme, por favor, que
hace frío y necesito confesarte mis pecados
Doy un suspiro de esos largos. De esos que salen del alma.
Me acerco a la puerta y apoyo la frente contra la madera un segundo.
Solo un segundo. Lo justo para plantearme si fingir que no estoy en casa es una opción ética y viable.
Pero no lo es. Con los dedos temblorosos y la dignidad convertida en polvo de estrella (quemada y reciclada en forma de purpurina en mi ceja izquierda ), le respondo a Gian.
Estoy viva. Por poco. Lele está aquí
con café e intenciones dudosas. Y tengo
una resaca horrible
Enviar. Cerrar. No pienso abrir el historial de chat. No pienso mirar la playlist otra vez. No pienso recordar nada.
Abro la puerta. Lele está envuelta en un abrigo tan grande que sospecho que es, literalmente, una manta con mangas.
Lleva gafas de sol del tamaño de mi cabeza y una bolsa de papel en cada mano.
Su moño está tan torcido como el mío y su cara tiene ese brillo peculiar de quien ha visto cosas.
Cosas que se cuentan con un café fuerte entre las manos y una voz baja de conspiración.
—Toma —dice, tendiéndome la bolsa—. Ibuprofeno, café con extra de café y seis cucharadas de azúcar, y un cruasán que me he arrepentido de comprar en cuanto he salido de la cafetería. Pero te lo cedo. Como sacrificio.
—¿Sacrificio por qué?