Querida Srta. Santa Clausura 20. Gian
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20. Gian

Gian

Querida Srta. Santa Clausura:

Si tu plan maestro era desaparecer y dejarme aquí hablando solo con mi bandeja de entrada…, ¡felicidades ! ¡Está funcionando a la perfección! Pero me temo que, si sigues sin dar señales de vida, voy a tener que asumir una de estas dos cosas:

a) Has sido secuestrada por elfos sindicalizados.

b) Me estás ghosteando con más dedicación que Netflix cancela series buenas.

Abrazo virtual,

Gian

Mi nonna solía decir que el amor verdadero solo llega una vez. Y lo hacía con la autoridad de quien ha sobrevivido a dos guerras, a tres partos sin epidural y al hecho de que su vecino cantara «Por ti volaré» a todo pulmón cada mañana desde 1995.

Según ella, si tenías suerte, lo reconocías a tiempo. Y si no…, bue no, te pasabas el resto de tu vida midiendo todo con la vara torcida de aquel recuerdo: besos que no sabían igual, silencios que no abrigaban tanto y manos que no encajaban del todo.

También aseguraba que, si lo perdías, si lo rompías o lo dejabas escapar, no volvía.

O al menos no con la misma cara. Ni con la misma voz.

Ni con la misma risa que te hacía olvidarte de que estabas vivo en un mundo que, seamos honestos, la mayoría de las veces tenía menos gracia que una sopa sin sal.

— L’amore vero, Gianino, non fa rumore. Ma resta —decía con las pinzas de tender entre los dientes y el sol del Adriático transformando su pelo en hilos de oro viejo.

Y lo hacía en voz baja. No sé si por pudor o porque hasta los secretos se volvían más soportables en la intimidad—. Io ho amato tuo nonno . Solo a él.

Ella había amado a mi abuelo desde los quince años.

Punto. Fin. Caso cerrado. Y yo la creía.

Porque él murió joven, lo suficiente para que su recuerdo no tuviera arrugas ni reproches.

Y ella vivió cincuenta años más, con el anillo puesto y el corazón cerrado a cal y canto.

Como si dentro no hubiera espacio para un segundo intento.

Como si no hicieran falta segundas temporadas cuando la primera había sido un clásico.

Yo solía pensar que exageraba. Que era cosa de generación. De romanticismo vintage, como las postales bordadas o los pañuelos con iniciales. Pero ahora… Ahora no estoy tan seguro. Ahora me pregunto si tenía razón.

Recuerdo que una tarde, hace ya muchos años, mi nonna me regaló una historia de esas que se te quedan pegadas al pecho como el olor a salsa de tomate en la ropa. Estaba cosiendo, y me miró con sus ojos de saberlo todo.

—¿Conoces a Paolo y Francesca?

Yo tenía diez años. Mi universo se limitaba a los cromos de fútbol, los dibujos animados y el turrón de chocolate. Pero a ella le daba igual .

—Él era el hermano del esposo de ella —continuó, ya sin esperar respuesta—. Y se enamoraron. ¡Dios mío, cómo se amaron!

Lo dijo con una pasión que me dio hasta miedo. Porque, si mi abu ela —metro y medio de galletas de mantequilla y rezos a la Virgen María— hablaba del amor como si fuera dinamita, entonces tal vez lo era .

—Pero, en aquellos tiempos —siguió, mordiéndose las palabras como si le dolieran—, el amor no era libre.

Y los mataron . Juntos. Dante los puso en el Infierno, claro.

En el círculo de los lujuriosos. Pero escucha esto, tesoro: él escribió que ni en el castigo eterno se soltaron de la mano.

Ni con el viento del infierno, ni con la condena, ni con el dolor. Siempre se quedaron juntos.

Se le quebró la voz. Y yo la miraba con esa solemnidad de niño que no entiende, pero intuye que está presenciando algo importante. Que hay que guardar. Que quizá sirva para más adelante.

—¿Y no te parece eso más fuerte que cualquier cielo? —susurró, con los ojos brillando como si ella también estuviera dentro de ese viento eterno—. Que ni Dios ni el miedo ni el tiempo puedan separarles. Que el amor de verdad se quede, incluso donde no hay perdón.

Entonces no entendí absolutamente nada.

Pero ahora sí.

Ahora entiendo demasiado.

Mi nonna no hablaba del amor como de un incendio que lo arrasa todo y luego se apaga en humo.

No. Ella hablaba de lo que queda cuando el fuego ya no impresiona: las brasas que siguen ahí , tibias, persistentes, incluso bajo un montón de ceniza.

De la clase de amor que sobrevive a los silencios largos.

A las despedidas mal hechas. Y yo no sé si todos tenemos derecho a vivir eso una sola vez.

Tal vez hay historias que no se rompen: solo se interrumpen.

No para desaparecer, sino para regresar cuando hemos aprendido a contarlas de otra forma.

Cuando ya no mentimos. Cuando ya no huimos.

Hoy, con los nervios subiéndome al cuello, quiero creer que mi nonna tenía razón. Que el amor, si es verdadero, no se va del todo. Se esconde. Se calla . Espera a que dejes de hacer el idiota. Y entonces vuelve. Con otra canción de fondo, quizá. Pero con la misma forma de decir tu nombre.

No sé si lo mío con Gia es eso que ella llamaba amor verdadero .

Pero lo sospecho. Porque, cuando la veo, no hay tregua .

El cuerpo me traiciona. La voz se me rompe.

Me enfado por cosas pequeñas. Me asusto por cosas grandes.

Digo lo que no quiero. Me callo lo que arde.

Y , sin embargo, me quedo. Siempre me quedo.

Porque, aunque a veces no sepa mirarla sin que me duela lo que fuimos, sigue siendo la única casa a la que volvería con los ojos cerrados.

He intentado olvidarla. He llenado agendas .

Cambiado de idioma, de ciudad, de nombre en el timbre .

He contado mis pasos como si poner kilómetros de por medio fuera lo mismo que sanar.

Pero no he vuelto a tocar otra piel. No he vuelto a decir «te quiero» sin que, en el fondo, fuera para ella.

Me he repetido mil veces que ya no dolía.

Y luego me ha bastado escuchar su nombre para que todo dentro de mí se pusiera de pie.

Ninguna ausencia ha pesado tanto como la suya. Ningún silencio ha hecho tanto ruido .

Entonces me pregunto: ¿cuántas veces se puede arruinar lo que amas antes de perderlo de verdad? ¿Cuánto daño puede soportar una historia sin romperse del todo? ¿Y cómo se aprende a cuidar lo que duele precisamente porque importa?

No tengo respuestas, solo certezas pequeñas.

Como esta: que esta vez quiero hacerlo bien.

No perfecto. No de película. Solo bien. Desde el miedo.

Desde ese lugar incómodo donde uno se quita las armaduras, pide perdón sin trampa y escucha de verdad .

Y mañana no quiero un final. Quiero un comienzo.

Y si ella me deja… Si todavía hay un sitio en su mesa para lo que fuimos, lo que somos y lo que podríamos ser…

Voy a sentarme. Y a quedarme . Aunque me tiemble todo.

Aunque me duela todo. Aunque esta sea la última oportunidad. Voy a quedarme. Para siempre.

Es en ese preciso instante, como si me hubieran estado escuchando , cuando llega un correo.

Y algo en mi pecho se aprieta y se expande al mismo tiempo.

Por fin la Srta. Santa Clausura ha vuelto.

Y lo que es­toy a punto de leer no es solo un mensaje.

Es la esperanza de que todo lo que temí perder todavía puede tener un sitio.

Que lo que ha esperado en silencio durante meses, quizá años, finalmente respira frente a mí otra vez.

Querido Gian:

Perdón por no haberte contestado antes. Los casos emocionales complejos requieren cierta burocracia del alma. Y a veces una simplemente necesita esperar. A que la respuesta se ordene sola en el pecho. A que el miedo se calle. A que el corazón se atreva…

Pero sí: Gia ha aceptado tu cena de clausura (o de lo que sea que estemos intentando no nombrar).

Confirmo su asistencia con todos los honores.

Y, por supuesto, con menú personalizado.

Todo está preparado. La mesa está puesta, el mantel está bien planchado y hay un sitio reservado para eso que solo se dice cuando una ya no tiene miedo de escuchar la respuesta.

Solo me queda desearte suerte y darte las gracias por insistir sin empujar. Por esperar sin exigir. Por quedarte cerca cuando todo en ella pedía distancia. Por recordar que hay esperas que también son formas de amar.

Deseo para vosotros que mañana no empiece nada. Ojalá continúe todo .

Por si no volvemos a hablar: felices fiestas, Gian. Feliz Navidad.

Con cariño, y «A Mezzanotte (Christmas Song)» de Elettra Lamborghini sonando de fondo,

Srta. Santa Clausura