Querida Srta. Santa Clausura 17. Gian #2
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17. Gian #2

Las risas estallan. Altas, afiladas, inconfundibles. Tienen ese sonido particular de las mujeres que se conocen desde siempre, que se han visto llorar con rímel corrido y aun así se piden otro trago. Y, por primera vez en toda la noche, sonrío de verdad.

Lele se acerca un poco más a mí y me apunta con el dedo. Decidida. Como si acabara de emitir una sentencia judicial.

—Bueno, pues como presidenta del comité oficial de amigas de Gia —declara, alzando el mentón con teatralidad—, dictamino que te quedas. A bailar. Con nosotras. ¡ Te has ganado ese honor!

Podría decirle que mis amigos están en la otra punta de la terraza, esperándome. Pero no quiero. Porque ahora mismo, este, con Gia, con sus amigas, con ese maldito vestido rojo y la noche aún por escribir, es exactamente el lugar donde quiero estar. Así que sonrío como respuesta.

Lele me atrapa la mano con la suya y tira de mí hacia el centro de la pista de baile.

La música retumba bajo nuestros pies. Un vinilo absurdo de villancico electrónico y techno noventero hace vibrar las lu ces colgadas en los toldos.

Me hace girar, una vuelta rápida, y se ríe como una niña traviesa antes de empujarme hacia Valentina, que me agarra con una carcajada ronca y me zarandea con un entusiasmo que no deja espacio para la dignidad.

De ahí, Chiara toma el relevo, girándome con movimientos más elegantes, como si jugara a hacer me quedar bien, y luego Aurora me lanza una vuelta más, una que me desorienta apenas un segundo.

Y entonces otra mano me detiene. Y ya no hay risas. Ni empujones. Ni el alboroto del grupo.

Solo ella.

Solo Gia.

Su mano encaja en la mía como si no hubieran pasado cinco años.

Como si el tiempo se hubiese doblado sobre sí mismo para devolverme justo a este momento.

Su piel es suave, familiar, eléctrica. Es un contacto simple, pero por él corre una corriente sorda, urgente, que me atraviesa el cuerpo de pies a cabeza.

Me atrevo a mirarla, y ella me está sonriendo.

No es una sonrisa amplia ni burlona, sino una apenas insinuada, como si todavía no hubiera decidido si quiere reírse o morderse el labio.

Sus ojos verdes tienen esa chispa que siempre me ha desarmado, con una mezcla de ironía, curiosidad y algo más oscuro, más íntimo, que nunca he sabido nombrar.

La música nos golpea alrededor, pero entre nosotros todo es silencio denso y vibrante.

Nos movemos lentamente, como si el ritmo lo marcara otra cosa, algo subterráneo, una especie de pulso compartido.

Su mano en la mía, su otra mano en mi hombro, mi otra mano en su cintura.

La siento respirar. Siento cómo el calor se acumula en los centímetros que aún nos separan.

Y siento sobre todo eso que siempre ha estado ahí entre nosotros: esa electricidad animal, esa tracción inevitable, esa energía que no entiende de años, de distancia ni de razones.

Cinco putos años, y nada ha cambiado. O quizá sí.

Quizá ahora es peor. Porque ahora ya no somos niños que pueden fingir que no entienden lo que pasa cuando están cerca.

Ahora lo sabemos. Ahora sentimos con plena conciencia lo que significa este calor que sube como una marea lenta y pesada.

Este temblor en el pecho. Este fuego bajo la piel.

Y, aun así, ninguno de los dos suelta al otro.

Nos seguimos moviendo. Una danza lenta, mínima, casi imperceptible.

Pero todo dentro de mí se está quemando.

Gia da un paso más. Solo uno. Pero con eso basta para que su cuerpo roce el mío.

Su cadera toca la mía y no es casual. No hay dudas en ese movimiento.

Es lento, consciente, con el ritmo justo para que no parezca un empujón, pero tampoco una pregunta.

Me está bailando encima. Perrea como si la música se hubiera hecho para esto, para provocarme, para hacerme temblar.

Su cuerpo se arquea justo lo suficiente para que mis manos tengan que decidir si se quedan donde están o se atreven a buscar el centro.

Siento su aliento cerca, la risa apenas contenida en su garganta. Su mano sigue en la mía, pero ahora se aferra con más fuerza, como si marcara territorio. Como si me retara. Mi boca se acerca a su oído, porque no puedo evitarlo. Porque ella me está llamando sin palabras.

—¿Eres consciente de lo que estás haciendo? —le susurro, casi sin voz—. ¿O es el alcohol hablando por ti?

—¡Oh, por favor! —suelta, echando la cabeza hacia atrás con una risa entre nerviosa y desafiante—.

No empieces con ese tono, Gian. Porque tú también has bebido.

Lo noto en tu aliento. Y, además, tú has bailado primero.

O bueno, vale, no has bailado exactamente, te han dejado bailando como si fueras una piñata humana, pero igual…

Igual podrías haberte escapado, podrías haberte escabullido, como hacías antes, como en ese maldito verano, ¿te acuerdas?

¿ Te acuerdas? Porque yo sí. Yo me acuerdo de todo.

De cómo me mirabas, de cómo no decías nada y aun así lo decías todo, de cómo me tocabas como si te diera miedo romperme y al mismo tiempo como si no pudieras evitar hacerlo…

¡Y ahora vienes y me dices: «¿Tienes idea de lo que estás h aciendo? !». ¡Por Dios! ¡ Gian!

Su voz se quiebra justo al final, pero lo disfraza con otra risa, una que intenta ser ligera.

No lo es. Sus ojos brillan demasiado. Y ahí está otra vez: esa tensión densa, eléctrica, sexual, emocional, que lo em papa todo.

El pasado respirando en el presente. El deseo mezclado con la rabia.

Con las ganas de tocarse y también de echarse en cara todo lo que no se dijeron.

Así que seguimos ahí, en medio de la pista, pegados.

Sintiéndonos, como si todo estuviera a punto de explotar.

Gia está borracha, sí, pero no lo suficiente como para no saber lo que está haciendo.

Y yo sé perfectamente lo que ella quiere provocar.

Pero no voy a entrar en ese juego. No aquí.

No así. Esa conversación la tendremos otro día, cuando no esté intentando ahogarla entre risas, tensión sexual y música atronadora.

Sonrío despacio. Sin dientes. Solo con la mirada. Me inclino hacia ella, apenas unos centímetros más cerca, pero los suficientes para que mi pecho roce el suyo y que nuestras caderas se alineen con una precisión casi indecente. Y le hablo al oído, con la voz baja, ronca, caliente.

—Cuidado, cariño. Sé jugar a este juego muchísimo mejor que tú.

Y ahí está. Su reacción. Ese pequeño temblor. Sus ojos se clavan en los míos como si buscara un punto de apoyo mientras el mundo se balancea. En ese instante se da cuenta de que sus amigas nos han dejado solos y ella se ríe, pero se le traba en la garganta.

—Ah, ¿sí? ¿Tú? ¿El que se fue sin decir adiós? ¿El que se tragó las palabras y me dejó colgando? ¿Ese que ahora vuelve con cara de saberlo todo y se atreve a decirme: « Cuidado»? Por favor, Gian. Por favor…, no me tientes si no vas a quemarte. No te pega.

—Ya me estoy quemando —respondo, casi sin pensar.

Y es verdad. Siento el calor de su piel a través de la ropa, su perfume mezclado con el sudor del baile y la noche, su respiración acelerada pegada a mi cuello.

Su cuerpo se mueve contra el mío, lento, provocador, perfectamente consciente de cada centímetro que roza. No hay espacio entre nosotros. Ninguno.

—Esto no es un juego, Gian —dice, pero sus caderas dicen otra cosa. Se arquea apenas, buscando más.

—Claro que lo es. Y eres tú la que lo ha empezado.

Ella bufa, pero no se aparta. Al contrario. Se queda. Me mira. Sus ojos brillan con una mezcla de furia y deseo que me deja sin aire.

—Estás muy seguro de ti mismo, ¿no? Tan malditamente seguro…

—Solo contigo.

Su boca está tan cerca que podría rozarla con la mía sin esfuerzo.

Un leve movimiento y la tendría. Un gesto, una rendición, y cruzaríamos ese umbral.

Pero no. Nos quedamos ahí, congelados, en ese borde perfecto.

Su nariz rozando la mía. Su aliento cálido contra mis labios.

Mi mano en la curva exacta de su cintura.

Su cuerpo presionado al mío, y la evidencia brutal de mi excitación contra su culo que me dan ganas de maldecir en voz alta.

Ella no se aparta. No retrocede. Pero tampoco avanza.

—No lo hagas —susurra.

—No voy a hacerlo —respondo, con la boca a milímetros de la suya.

Y ninguno de los dos se mueve. El deseo se espesa en el aire como el humo. Podríamos besarnos. De hecho, deberíamos besarnos. El mundo se detendría si lo hiciéramos.

Gia traga saliva. Su sonrojo es inmediato, traicionero, hermoso. Le sube por las mejillas como una marea de calor. Y lo odia, porque no puede ocultarlo. Porque su cuerpo siempre me ha hablado más claro que su boca, que ya es decir, y ahora me está gritando lo que no quiere decir en voz alta.

—¿ Qué? ¿Ahora eres todo autocontrol? —murmura, con una risa nerviosa, usando el sarcasmo como escudo—.

¿Qué ha sido del Gian que me sacaba de los sitios a empujones solo para besarme en rincones oscuros?

¿Eh? ¿Ese que no podía esperar ni cinco malditos minutos sin tener que ponerme contra la pared como si… ?

Se calla. Yo sonrío.

—¿Como si qué?

— Como si fueras un animal —dice, rápido, atropellada—.

Como si tuvieras un botón rojo que se activaba cada vez que yo llevaba ese vestido amarillo con los botones que tú mismo decías que no sabías si querías arrancar o desabrochar, ¿ te acuerdas?

Porque yo sí. ¡Yo me acuerdo de todo! De todo, Gian.

Incluso del maldito momento en que me rompiste las medias en el baño de aquel restaurante ridículo con velas en los pasillos y paredes de cristal.

¿Y tú sabes lo difícil que fue volver a salir a esa mesa como si nada, como si no acabara de tener… eso?

—¿Un orgasmo brutal de pie contra el lavabo?

Gia jadea. Se le escapa. Literalmente. Un suspiro entrecortado que la traiciona.

—Eres un cerdo.

—Ya, pues no te escuché quejarte en su momento.