17. Gian #3
Gia me empuja, débilmente, sin convicción. Y yo no me aparto. La rodeo. Una mano en su cintura, la otra deslizándose suavemente por su espalda baja hasta donde empieza el hueco de su espalda. El cuerpo de Gia responde antes que ella. Se arquea hacia mí. Quiere más. Siempre ha sido así.
—Esto no es justo — dice, hablando tan rápido que parece que compite consigo misma—.
Tú vienes, apareces como si nada, y de repente estás aquí, oliendo igual, diciendo esas cosas con esa voz tuya y esa mirada de «me las sé todas» que siempre me sacaba de quicio, pero también me hacía pensar en cosas que ahora no debería estar pensando porque tú y yo no somos tú y yo, y hay historia, y hay herida, y esto es… un desastre.
—Un desastre precioso, si me preguntas a mí.
—Ya, claro.
—Y me estás mirando como si quisieras repetir todo eso que no deberías estar pensando, cariño.
Ella se muerde el labio. Maldita sea. Esa boca siempre ha sido mi maldita perdición.
—Yo no…, o sea…, no quiero, no es que…, quiero decir, claro que lo quiero, obvio, porque mírate, ¿vale?, mírate, pero también es que… ¡no se puede! No se debería. Y tú no puedes simplemente aparecer y decir cosas como…
—¿Como…«echo de menos cuando tiemblas encima de mis dedos»? —le susurro, pegando mi boca a su oído—. ¿O como… «te he imaginado mil veces estos años mientras me masturbaba pensando que era tu boca»?
Gia respira tan fuerte que su pecho sube y baja contra el mío. Su perfume me está envenenando. Su cercanía me está matando.
—No deberías decir eso.
— Y tú no deberías mirarme así —le digo—. Como si quisieras romper la distancia y besarme, pero aún no te atrevieses.
Ella tiembla. Literalmente. Mi voz parece el epicentro de algo que la sacude desde dentro.
—¿Y si lo hago? —pregunta, y suena como un reto. Pero sus ojos… Sus ojos están suplicando que la detenga. O que la empuje de una vez.
Me acerco más. Nuestras narices se tocan. Su aliento roza mis labios. La tensión es tan espesa que, si alguien pasara entre nosotros, saldría ardiendo.
— Entonces me encargaré de recordarte por qué encajábamos tan bien — digo, sin moverme ni un milímetro más.
El silencio se estira. Y ahí, justo ahí, en ese borde, en ese respiro a punto de romperse, alguien tropieza cerca.
Un vaso se cae. La músi ca sube. Y Gia, igual que si un resorte la empujara, da un paso atrás.
Se lleva una mano al pecho. Mira hacia otro lado.
Yo no me muevo. No sonrío. Solo la miro.
Y juro por todo lo que soy que la próxima vez no va a irse sin besarme.
Gia da otro paso más, con los ojos fijos en los míos. Se aparta rápido, demasiado rápido, como si quemara. Como si, de seguir un segundo más cerca de mí, el beso fuera inevitable. Se pasa una mano por el pelo, respira hondo, esquiva mi mirada.
—Yo… me voy. Con las chicas. Ya está bien por hoy. —F inge una sonrisa que no le llega a los ojos—. Nos vemos el lunes, Gian. Si es que realmente quieres clausurar algo.
Asiento sin pensar. Ni siquiera estoy seguro de lo que acaba de decir.
Gia gira sobre sus botas sin esperar respuesta y camina de vuelta hacia sus amigas, que se han alejado a una esquina de la terraza.
Y yo… Yo me quedo ahí. Mirándola. Mirándola bien.
Mirando cómo el vestido corto le abraza las caderas como si la tela hubiera sido hecha solo para ella y cómo se le pega en los muslos con cada paso.
Mirando el movimiento de su cuerpo, que es hipnótico, lento y decidido, como si supiera que no le estoy quitando ojo.
La melena azabache se le ha desordenado con el baile, y hay algo salvaje en cómo le cae sobre los hombros, en cómo le roza la espalda. Se muerde el labio mientras camina. Otra vez. Lo ha estado haciendo toda la noche. Y ahora sé que lo hace porque está nerviosa. Y lo que es peor: excitada.
Veo cómo Chiara le pasa una copa. Lele le dice algo al oído.
Aurora se ríe con esa carcajada escandalosa que se escucha sobre la música.
Gia mira una vez por encima del hombro. A mí.
Y sonríe. No como antes. No como hace un rato.
Esta vez la sonrisa es distinta. Íntima. Casi como si fuera una promesa.
Y entonces desaparece entre cuerpos y luces, y yo me quedo quieto, sintiendo el sudor en mi espalda, el latido aún en el cuello y la respiración sin ritmo envolviéndome.
«Nos vemos el lunes, Gian. Si es que realmente quieres clausurar algo».
Un latido. Dos. Tres. Lentos.
El lunes. La cena. Gia. Mi Gia. La de las huidas elegantes y los silencios estratégicos.
La experta en distraerme con sarcasmo justo cuando estábamos a punto de rozar lo importante.
La que convertía cada conversación incómoda en un monólogo improvisado sobre el clima, los perros o el estado de la capa de ozono.
Esa Gia… acaba de aceptar sentarse conmigo.
Solo nosotros y todo lo que dejamos pendiente.
Y yo he estado tan ocupado deseando su boca que ni me he dado cuenta. Tan atrapado en el recuerdo de su cuerpo pegado al mío, en su voz temblando entre el deseo y el miedo, que no he registrado lo más importante: Gia ha dejado de huir.
Cierro los ojos. Todavía puedo olerla en mi ropa. Su perfume. Su risa. Su maldita forma de moverse como si el mundo fuese su pasarela personal y yo tuviera la suerte de ser su público exclusivo. Y sonrío, como si ya supiera que el lunes no va a clausurarse nada. O sí. Pero no como ella cree.