Querida Srta. Santa Clausura 17. Gian
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17. Gian

Gian

Querida Srta. Santa Clausura:

¿Ha contestado? ¿Vendrá a la cena?

Perdón por parecer un niño esperando a Babbo Natale, pero tengo el estómago en huelga y el corazón haciendo parkour. Estoy , literalmente, al borde de desmontar el árbol y volverlo a decorar con ansiedad.

Abrazo virtual,

Gian

—¿Quién coño eres tú?

El tipo tiene a Gia agarrada por la cintura como si fuera suya. Como si su cuerpo fuese una excusa. Como si ella le debiera algo. No se inmuta . No la suelta. Ni siquiera parpadea. Sus dedos siguen ahí , clavados en su cadera, con una familiaridad que no tiene derecho a reclamar.

—El que no te va a pedir dos veces que sueltes a una mujer que te ha dicho que no la toques.

El hombre frunce los ojos . No me gusta cómo la mira.

No me gusta cómo pretende no entender. Pero entonces la suelta.

Así, de golpe . Como si le hubieran recordado de repente que esto no es un callejón a oscuras.

Que no está solo. Que hay ojos observando.

Y que algunos, como los míos, no están dispuestos a mirar para otro lado.

Da un paso atrás. Luego otro. Y, cuando por fin se atreve a mirar a Gia, alza las manos, teatral, como si el ofendido fuera él.

—Vale, joder. Qué puta histeria. Solo estaba bromeando.

—¿Bromeando? —repito, con una sonrisa que no llega a mis ojo s—. Si quieres que esto se convierta en una broma, me sé un par que te van a dejar sin ganas de volver a tocar a nadie.

Él masculla algo. Una cobardía camuflada de insulto. No lo escucho. No hace falta. Ya está reculando, tragado por la música, la multitud y su propio patetismo. Cuando por fin desaparece, giro la cabeza hacia Gia.

—¿Estás bien?

Ella asiente, pero no dice nada. Respira raro. Como si tuviera el corazón subido a la garganta y no supiera bajarlo. Me paso una mano por la nuca, incómodo. No con ella. Conmigo.

—No he intervenido antes porque parecía que lo tenías controlado —digo , como si sirviera de algo—. Pero en cuanto te ha tocado así… no podía quedarme quieto. Lo siento.

—No, no … No tienes que… —empieza, pero la voz se le corta a la mitad.

Algo en sus ojos se rompe un poco. O se desborda. O se suelta. Y entonces Gia hace lo de siempre. Comienza a hablar. Mucho. Como si se hubiese desatado un huracán verbal.

—Es que… es agotador , ¿sabes? —dispara, gesticulando, con los ojos brillantes y la voz aguda—.

Es una mierda tener que vivir así. ¡Es que no puedes ni existir tranquila sin que alguien te haga sentir como si no fueras nada!

Como si ponerte un vestido fuera una invitación, como si venir sola a por una copa significara que estás pidiendo algo.

¡Como si tu cuerpo no te perteneciera desde el momento en que decides verte guapa!

¿Y qué? ¿Qué se supone que tengo que hacer?

¿Cubrirme hasta el cuello para que no me vean como un objeto?

¿No salir? ¿No bailar? ¿No respirar? ¿No sonreír?

¿Tener siempre miedo? ¿Mirar hacia atrás cada dos pasos ?

¿Llevar las llaves entre los dedos como un arma?

¡Porque a veces da igual lo que hagas! ¡Te tocan igual !

¡Te llaman histérica y zorra porque te has atrevido a decir que no!

—Hace una pausa, respira hondo, pero sus ojos siguen brillando.

No de lágrimas. De rabia contenida. Cruda —.

Es que no lo entiendo —d ice, y su voz se clava—.

¿En qué puto momento decidieron que nacer mujer equivale a estar disponible?

¡No estaba coqueteando con él! Ni siquiera le he sonreído.

Estaba sola. Respirando. Y eso ya ha sido suficiente para que pensara que tenía derecho a tocarme .

Y luego va y se ofende. Como si la loca fuera yo.

Como si «solo bromeaba» fuera excusa suficiente para ignorar un puñetero «no».

¿Qué broma es esa, eh? Porque yo no le veo la gracia.

No se la veo por ninguna parte. —Se calla, pero su pecho sigue subiendo y bajando con fuerza.

Y entonces me clava los ojos como si buscara algo.

Como si necesitara saber si estoy juzgándola.

Si creo que exagera. Y no lo hago. Ni por asomo—.

Pero ¿sabes lo que más rabia me da ? —prosigue, y su voz vuelve a subir, afilada por el alcohol y la impotencia—.

¡Que solo paran cuando otro hombre interviene!

Da igual cuánto grites, cuánto te apartes, cuántas veces digas «no».

No sirve. No basta con que tú no quieras.

Necesita venir otro tío a recordárselo. Como si nuestras palabras valieran menos.

Como si nuestra incomodidad no contara hasta que alguien con voz más grave o con más músculo interviene.

¿Y sabes qué? Me da asco. Porque no debería hacer falta.

Porque yo sola ya soy suficiente para poner límites.

Y, sin embargo, hasta que no te ha visto a ti, mirándolo como si lo fueras a partir por la mitad, no ha reaccionado.

Y eso no es protección . Eso es un puto reflejo de lo podrido que está todo.

Y entonces habla el silencio. Dejo que se quede ahí, de pie frente a mí, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, como si estuviera conteniéndose para llorar, pero no por debilidad. Sino por dignidad.

—Tienes todo el derecho a estar cabreada —le digo—. Y a soltarlo todo. Y a que nadie vuelva a ponerte una puta mano encima sin tu permiso, Gia.

Levanta la mirada y nuestros ojos se encuentran.

Y ahí está. Esa ele ctricidad silenciosa que siempre aparece cuando el mundo deja de hacer ruido.

Como si algo nos reconociera. Como si, por una fracción de segundo, todo encajara.

Podría decirle tantas cosas. Que me muero por abrazarla.

Que me cuesta tragar saliva cuando la veo temblar de furia.

Que odio que tenga razón. Pero no lo hago. No hace falta.

Ella sonríe. Apenas un segundo. Pero lo noto. Y luego se cruza de brazos, sacude la cabeza y suspira.

—Joder, qué nochecita…

Hace una pausa, respira hondo, pero no se ha vaciado del todo. Lo sé porque su voz vuelve, más baja esta vez. Más honesta.

—Con todo lo que he dicho… No significa que no te lo agradezca.

Porque te lo agradezco. Mucho. De verdad.

No solo por intervenir, sino por cómo lo has hecho.

Sin convertirlo en una pelea de gallos. Sin hacerte el héroe delante de todos.

Solo… has estado. Y a veces eso es todo lo que una necesita.

Saber que alguien está ahí. Que no tienes que levantar la voz sola todo el tiempo.

Se queda en silencio, como si se arrepintiera de haberse abierto demasiado. Pero yo no pienso fingir que no me ha calado. Me ha atravesado.

—¿ Te acompaño con tus amigas? —le pregunto, en voz baja. No porque crea que no pueda sola. Sino porque no quiero que tenga que hacerlo sola si no quiere.

Con un parpadeo, me mira como si se le hubiese desordenado un poco el corazón. Y, durante un momento, no contesta. Solo me observa. Como si intentara decidir si aceptar mi compañía sería una forma de rendirse o una manera de dejarse cuidar sin perderse a sí misma en el intento.

— Sí, vale. Te lo agradecería un montón. No están muy lejos. Pero… Pero solo si no lo haces por lástima. No quiero que sientas lástima por mí.

—Gia —respondo, con una sonrisa ladeada—, si supieras todo lo que siento por ti, la lástima sería lo último que te preocuparía.

Ella se ríe. No mucho. Apenas una chispa. Pero suficiente para que el mundo, por un segundo, vuelva a encajar en su sitio. Y con eso basta.

La acompaño hasta donde están sus amigas.

Valentina es la primera en vernos. Después Lele, luego Chiara y, por último, Aurora, que da un leve codazo al grupo justo cuando nos acercamos.

Las cuatro se giran al unísono como si fueran un jurado de talento altamente capacitado, me escanean con la precisión de un láser y finalmente sonríen.

Sonrisas cómplices, peligrosas, capaces de derretir el hielo de los vasos.

—¡Pero bueno! —exclama Valentina, alzando la voz por encima del caos de la terraza—. ¿A quién tenemos aquí?

Chiara entrecierra los ojos, como si necesitara enfocar la realidad para asegurarse de que no está viendo un espejismo.

—Espera… —Aurora, con esa mirada de gata que lo ve todo antes de que ocurra, se inclina hacia delante, escrutándome como si fuera una criatura improbable caída del cielo—. ¿Gian? —dice. Y luego añade, casi relamiéndose—: ¿Gian… GiGi?

Levanto una mano con un gesto torpe, casi automático.

—Hola, chicas. Sorpresa.

—¿Sorpresa? —Chiara suelta una risa que no llega a los ojos—. Esto es una aparición fantasmal. Cinco años, Giancarlo. ¡Cinco! Y no creas ni por un segundo que nos hemos olvidado de cómo te fuiste.

A mi lado, Gia se tensa. Apenas un milímetro, pero lo noto. Como cuando baja la presión antes de una tormenta. Sé que este no es el momento para volver a hablar de esto. No es el lugar. No con media terraza bailando a dos metros. Así que cambio de tema. Rápido. Directo al punto.

—Un imbécil estaba molestando a Gia en la barra.

El ambiente cambia en un latido. Las cuatro fruncen el ceño como si fueran una mente colmena.

—¿Quién era? — pregunta Valentina, tajante.

—¿Y de qué grado de imbécil estamos hablando? ¿Nivel «te parto una copa en la cabeza» o « llamo a mis primos colombianos»? —suelta Aurora, con una sonrisa que no oculta ni una pizca de intención letal.

—¿Sigue aquí? —Lele ya está girando sobre sus talones, como una pantera oliendo a su presa.

—No pasa nada. Ya se ha ido —interviene Gia, con esa mezcla de calma y temple que me hace querer mirarla siempre—. Gian lo ha espantado.

Chiara me observa como si intentara encajarme en una versión antigua de mí.

—¿Con esa mirada de psicópata silencioso que usabas hace años? ¿Esa que ponías cuando alguien se atrevía a respirar cerca de Gia?

—Seguro que esa misma — dice Lele, alzando su copa—. Letal pero eficaz.