Querida Srta. Santa Clausura 16. Gia #3
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16. Gia #3

Doy un paso atrás. No por miedo, sino por instinto. Como los animales que marcan su territorio cuando huelen el peligro. Él, sin embargo, da medio paso hacia mí. Solo medio. Pero suficiente para cruzar el límite que no debía.

—Venga ya…

Su tono ha cambiado. No es coqueto. No es bromista.

Es más bajo . Más denso. La terraza sigue rugiendo a nuestro alrededor, pero el ruido se aleja, se amortigua, se vuelve una masa lejana y borrosa.

Lo único que siento ahora es la tensión en mis hombros.

La alerta bajo mi piel. El hombre posa la mano, rápida y decidida, en mi cintura .

La presión es mínima, casi sutil, pero no por eso menos invasiva.

La sensación es inmediata: calor, incomodidad, asco y rabia.

Una rabia líquida que empieza a hervirme justo debajo del esternón.

Intento apartarme con un movimiento seco, mecánico, como quien se sacude una araña del brazo, pero su mano se tensa. Apenas un segundo más. Suficiente para hacerme sentir atrapada. Suficiente para saber que esto ya no es un mal intento de flirteo. Es un abuso del espacio. Del momento. De mí.

—Vamos, no seas así —dice, aún sonriendo , como si nada estuviera mal, como si él tuviera derecho a tocarme y yo solo estuviese exagerando. Como si mi reacción fuera el problema—. ¿Qué tiene de malo un poco de atención? Mírate. Estás para comerte enterita…

—Suéltame.

No grito . No necesito hacerlo. Hay algo en mi voz que se clava más hondo que un alarido, porque la sonrisa se le congela.

A medias. Sus dedos, lejos de aflojarse, se deslizan un par de centímetros más hacia abajo.

Lentos. Como si buscara probar hasta dónde puede llegar antes de que yo haga algo más que hablar.

Como si la palabra «no» fuera un idioma que él no habla.

O peor aún: uno que ha decidido ignorar.

—Tranquila, preciosa. —Su voz es pastosa, cálida de más, como si quisiera envolverme en algo viscoso—. Solo intento ser amable contigo. No tienes que ponerte así.

Su mano está ahora peligrosamente cerca de donde empieza la línea de mis muslos. Justo donde termina el vestido que, según él, lo justifica todo.

—No me pongo de ninguna manera —respondo y, ahora sí, mi voz sube apenas medio tono, suficiente para que una chica que pasa a nuestro lado levante la vista, curiosa, pero no se detenga—. Estoy pidiéndote que me sueltes. ¿Lo vas a hacer o tengo que decírselo a todo el bar?

Él frunce los labios y se relame, molesto por el tono y por la amenaza implícita. Como si yo fuera la que está cruzando la línea.

—No hace falta ponerse agresiva.

Pero no se mueve. Aún tiene la mano ahí. Como si le costara más perder el control que respetarme. Y entonces lo noto: ese cambio. Ya no es un juego. Ya no es coqueteo. Es poder. Es él negándose a soltar el mínimo gesto que lo hace sentir dominante.

Respiro muy hondo. Me late algo en la sien. No sé si de rabia o de las náuseas que me provocan estas situaciones. Me acerco. Esta vez soy yo quien invade su espacio personal. Me pego tanto que puedo oler su perfume rancio y ese aliento de ego podrido. Y le hablo justo al oído.

—¿Quieres saber lo que pide este vestido? —Mi voz es baja pero afilada como un trozo de cristal—. Pide respeto. Pide que te largues. Pide que no me obligues a hacer una escena que va a dejarte el orgullo hecho trizas delante de todo el mundo.

Espero que lo entienda. Que retroceda. Que se trague el orgullo y se largue con la dignidad que aún le queda colgando de la cremallera.

Pero no. Algo en su rostro cambia, como si mis palabras, en vez de disuadirlo, lo retaran.

Como si cada sílaba hubiera sido una bofetada que no puede permitir que se quede sin respuesta.

Su mandíbula se tensa, sus ojos se afilan y su mano, esa mano que ya debería estar bien lejos de mí, vuelve a subirse por mi cintura, esta vez con más fuerza. Más rabia. Más decisión.

—Eres otra de esas feminazis de pacotilla, ¿verdad? —escupe—. Te crees mejor que cualquier hombre solo porque llevas un escote y sabes decir que no. Zorrita arrogante…

Mi respiración se corta y el miedo me golpea primero, frío y certero, directo al estómago.

Pero justo detrás le pisa los talones la rabia.

Seca. Incendiaria. Peligrosa. Voy a abrir la boca.

Voy a gritar. O a empujarlo. O a hacer algo que no he decidido todavía, pero que ya me arde en los huesos.

Y es justo ahí, en ese segundo exacto donde el miedo se cruza con la rabia, cuando escucho una voz a mis espaldas.

Firme. Grave. Irritada. Una voz que no necesita presentarse porque me atraviesa como un recuerdo y un presentimiento al mismo tiempo.

Como si mi cuerpo supiera, antes que mi mente, que estoy a salvo.

El mundo se detiene, y no exagero. Todo se congela, como una fotografía a punto de romperse por el peso del instante, cuando Gian suelta con una calma helada:

—Vamos a hacer esto más fácil. O le quitas tus putas manos de encima, o acabas celebrando la Nochebuena con un par de dientes menos. Tú eliges.