Querida Srta. Santa Clausura 16. Gia #2
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16. Gia #2

—Perdón, chicas —resopla , dejando caer el bolso sobre la silla—. El Uber me dejó en Portofino. Casi me voy de copas con un grupo de alemanes jubilados.

—¿Y no te parece un planazo ? —pregunta Chiara, que aparece justo detrás con un gorro ridículo con cuernos de reno que se mueve al andar.

—Sí , pero ya tenía otro planazo planeado —responde Aurora con un guiño de estrella invitada.

—Y tú —dice Valentina, señalando a Chiara—, ¿qué haces con eso en la cabeza?

—Una apuesta es una apuesta. Lele dijo que la del culebrón se iba con el primo y yo aposté por el jardinero .

—Es que siempre se va con el primo. Siempre —sentencia Lele, como si hablara desde una enciclopedia de telenovelas.

Nos reímos. Así, sin más. De ese tipo de risa que sale fácil cuando estás con la gente adecuada y el aire huele a focaccia y libertad. Las chicas se sientan , piden sus bebidas, y, cuando ya tenemos todas un vaso entre las manos, Lele alza el suyo con solemnidad exagerada .

—Brindemos. Por el vestido rojo de la noche —dice, mirándome con una sonrisa cómplice—, por este bar que parece sacado de una postal navideña… y por no recordar mañana nada de esto. O por recordarlo todo. Depende del humor de nuestro hígado.

Las carcajadas saltan de una en una, como luces de Navidad encendiéndose en secuencia.

La brisa trae ese toque salado del mar en invierno, mientras que entre nosotras todo huele a verano.

A calidez compartida. A esas noches que no hace falta planear demasiado para que salgan perfectas .

Entonces, sin que nadie lo anuncie, empieza el desfile no oficial de nuestra noche.

Risas que acaban en lágrimas. Fotos mal encuadradas con el mar al fondo.

Una estrella fugaz que, conociendo nuestra suerte, era un dron.

Y, por un rato, el mundo está bien. Sin giros de guion ni bandas sonoras tristes.

Solo luces titilando, copas tintineando y nosotras sonando a felicidad ruidosa.

Cuando ya estamos rozando la euforia , las copas están peligrosamente vacías y el bar tiene toda la pinta de estar esperándonos para cerrar, Valentina se pone de pie como si fuese a dar un discurso de Año Nuevo.

—¿Nos vamos de after? Me han chivado que hay una terraza más arriba donde hay uno.

No espera respuesta. Al cabo de un par de segundos, ya está en Google Maps buscando la dirección.

Después de pagar, me vuelvo a aplicar el pintalabios en medio de la calle, mirándome en el retrovisor de un coche, y echamos a andar.

La noche no ha terminado, y yo tampoco quiero que termine .

Porque me siento viva. Viva de verdad. De la manera que no se puede fingir, ni explicar, ni filtrar en Instag ram . De la que solo ocurre a veces.

Subimos hacia el after medio riéndonos, medio tropezando con los adoquines, como si fuéramos un grupo de elfas borrachas escapando de un rodaje navideño.

Valentina canta «Let It Snow» con voz de barítono .

Chiara intenta convencer a un gato callejero de que se vaya a casa con ella porque, y cito, «tiene mejores vibras que mi ex y probablemente también huele mejor».

Aurora jura haber visto a un famoso, pero es solo un turista alemán con gafas de sol a las doce de la noche.

Y Lele, por supuesto, va por delante, abriendo camino con su móvil en alto como si llevara la antorcha olímpica de la noche perfecta.

La terraza improvisada resulta ser un patio al borde del mundo: guirnaldas entre los árboles, una barra hecha con palés reciclados y un DJ tan joven que dudo de si ha cumplido ya la mayoría de edad.

Me acerco a la barra tambaleándome un poco, con la sonrisa medio puesta y el corazón tranquilo .

Hace frío en las mejillas, calor en el pecho y ese zumbido perfecto de las noches que aún no han revelado su mejor parte.

—¿Qué te pongo? —me pregunta el camarero, un tipo con barba, gorro de lana y paciencia infinita.

—Sorpréndeme.

—¿Sorpresa agradable o sorpresa que te haga repensar toda tu existencia mañana a las ocho?

—Sorpresa agradable, por favor.

—Perfecto.

Saca una botella con etiqueta escrita a mano , me sirve una copa con una sonrisa amable y se va a atender a otra clienta que parece debatirse entre flirtear o pedir agua con gas.

Yo me quedo apoyada en la barra con una sonrisa.

Una sonrisa que acaba evaporada a los pocos segundos, cuando veo a un hombre acercarse a mí.

Porque es de esos tipos que no caminan, sino que entran.

Como si la noche les debiera algo. Huele a colonia cara, de las que quieren transmitir poder, pero en realidad huelen a sala de reuniones con calefacción alta y ego con vaporizador.

Camisa blanca, desabrochada dos botones más de lo legal, con el pecho asomando .

Y tiene el pelo engominado hacia atrás, como si su objetivo fuera dominar la terraza o, en su defecto, mi atención.

Me clava los ojos. O lo intenta. Lleva una copa en la mano y una sonrisa de revista.

— Ciao , bella —dice, alargando la «a» como si fuera el actor principal en un anuncio de prosecco barato—. ¿Estás sola?

—No . Estoy con mis amigas.

—Sí, sí, claro. —Se inclina un poco más de lo necesario, como si «amigas» fuera sinónimo de decoración navideña inofensiva—. Pero… ¿sola, sola?

Levanta una ceja , como si ese gesto tuviera la capacidad mágica de desactivar mi sentido del ridículo y mi criterio.

Yo le sostengo la mirada, pero ya noto el primer síntoma de incomodidad : ese pequeño escalofrío en la nuca, ese instinto que se enciende como una lucecita roja en el tablero de mandos interno.

—Estoy bien, gracias —le respondo con esa firmeza educada que usamos las mujeres cuando aún confiamos, pobres ilusas, en que no habrá que sacar la artillería verbal.

—Me alegro de que estés bien. Solo venía a decirte que, si te apetece una conversación más interesante, yo no tengo planes esta noche. Estoy abierto a experiencias nuevas. —Me guiña un ojo.

—Bien por ti, pero a mí no me interesa . —Doy un sorbo largo a mi bebida, deseando con todas mis fuerzas que el vaso fuera más profundo o, mejor aún, que tuviera propiedades teletransportadoras para desaparecer de allí en un abrir y cerrar de ojos.

—Tú tienes pinta de saber lo que quieres —dice, inclinándose un poco más, con una cercanía que empieza a ser demasiado incómoda—. Pero también de disfrutar una sorpresa de vez en cuando. Y yo soy muy bueno en eso. En… sorprender.

Me río, pero no porque me divierta, sino porque es eso o clavarle un tenedor en la mano. Y porque, para qué negarlo , estoy un poco cansada de que haya hombres que hablen como si se estuvieran ven diendo a sí mismos en Wallapop , con ofertas que nadie, absolutamente nadie, ha solicitado.

—Mira —digo , girando el cuerpo claramente hacia el otro lado—. Te agradezco que lo intentes, pero te lo repito: no estoy interesada .

—¿No estás interesada… todavía? Porque puedo invitarte a un par de copas si quieres.

—No. Ni todavía ni nunca.

Mi mirada busca a Lele con urgencia. La encuentro justo en el momento en que el gorro de reno de Chiara se le desliza de la cabeza y ella, como si nada, lo convierte en un bolso improvisado.

Solo Lele sabe hacer esas cosas y, justo ahora, la necesito.

Pero ella está lejos, absorta en su propia burbuja de risas y buen rollo.

Cuando ya empiezo a pensar en cómo desaparecer de esta conversación con algo de gracia, él lanza su última carta.

—Vale, vale. Solo pensaba que una mujer como tú no querría pasar la noche… aburrida.

Me río por reflejo. No sé muy bien cómo salir de este callejón sin ponerme a gritar.

—¿Una mujer como yo?

Él se encoge de hombros, se acerca medio paso más y ladea la cabeza con esa sonrisita arrogante que me da ganas de estamparle mi copa en la cara.

—Ya sabes… Con ese vestidito. Ese que busca llamar la atención. No pareces muy exigente.

Un segundo de silencio. El tipo sonríe como si hubiera dicho algo ingenioso. No lo ha hecho.

—Ah , ya —respondo, despacio—. Pues, aunque te cueste creerlo, cabeza de chorlito, me he puesto este vestido únicamente para mí. No para entretener a hombres con la autoestima tan baja y la cabeza tan hueca como para confundir un trozo de tela con consentimiento.

Lo miro. No sonrío. No parpadeo. Solo lo miro, como quien sostiene una lupa sobre un bicho que aún no se ha dado cuenta de que está a punto de arder.

Él se queda quieto, ligeramente ladeado hacia mí, como si mis palabras no hubieran aterrizado del todo.

Como si le costara procesar que una mujer que lleva un vestido corto pueda tener también una lengua afilada y cero disposición para complacerlo.