Querida Srta. Santa Clausura 16. Gia
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16. Gia

Gia

Querida Srta. Santa Clausura:

Necesito tu ayuda. O un exorcismo romántico. Lo que tengas más a mano.

Estoy atrapado en un triángulo amoroso que empezó como una comedia sexy y ahora se parece más a una tragedia griega con jerséis de renos.

Hace tres años conocí a un chico encantador, que me presentó a su «mejor amigo y ex solo técnicamente» (JA).

Como intuirás, el drama fue inevitable. Pasó lo que pasa cuando uno mezcla prosecco, muérdago y tres cuerpos con iniciativa.

Desde entonces cada diciembre me convierto en el premio gordo de su tómbola emocional: uno me lleva al ballet, el otro a una cabaña con chimenea, y yo hago listas de pros y contras como si estuviera eligiendo entre dos másteres en Milán.

Y no puedo seguir siendo el relleno en este sándwich afectivo poliamoroso mal gestionado.

Necesito una clausura formal . Una despedida elegante.

Una cena con servilletas de lino y ruptura consensuada.

¿Aceptas tríos que se han salido de control ? Por favor, ¡di que sí!

Atentamente,

Ugo Matteo C.

—Estoy entre dos opciones —digo mientras me observo en el espejo de cuerpo entero que Lele tiene encajonado entre una estantería con más perfumes que un duty free y un cactus que lleva momificado desde abril—: ponerme el vestido negro… o fingir una gastroenteritis fulminante y no presentarme.

—El negro —responde Lele desde el baño, donde suena algo que podría ser un secador, un taladro o un ritual satánico de belleza—. Si vomitas encima, luego se nota menos al limpiarlo.

—No era para ahora —resoplo—. Me refería a la cena del lunes. Con Gian.

Lele se asoma por la puerta del baño con un ojo perfectamente delineado y el otro a medio hacer.

—Ah, claro. La Cena. La que tiene nombre de evento bíblico . Cómo no. Ni me acordaba. Total, solo llevamos hablando del tema unas… ¿qué? ¿Cuarenta y ocho horas sin pausas ni publicidad?

Pongo los ojos en blanco con tanta fuerza que casi veo mi lóbulo frontal.

—No dramatices.

—¿Dramatizar? Yo no dramatizo. —Me apunta con su delineador como si fuera una abogada defensora en pleno alegato—.

Yo planifico. Mira: si en algún momento la cena se pone turbia, del tipo miradas intensas, silencios raros o propuestas de fuga romántica a países con más olivos que wifi, me mandas el emoji de la caca y te llamo diciendo que tengo diarrea explosiva y que necesito que alguien me lleve al centro de salud urgentemente.

Tengo que apretar los labios para no reírme.

—Pero, ojo —añade, alzando un dedo—: alguien con un coche viejo exactamente como el tuyo. No pienso pedirle a nadie con tapicería de cuero que me salve la vida mientras sudo del colon. Tengo dignidad y principios. Nadie debería morir de un golpe de olor en su propio Audi.

—Vale, vale —digo, riéndome ya.

— Y, si en un momento de locura se le ocurre proponerte matrimonio, tener hijos y vivir en una casa rural en la Toscana con gallinas felices que escuchan música clásica…, recuerda esto: prefiero lamer el suelo de una pocilga llena de cerdos con paperas antes que oírte decir que fue « natural».

Resoplo entre risas. Porque es Lele. Y porque, en el fondo, me gustaría que fuera verdad.

Que todo con Gian fuese natural. Sin tanta historia, sin palabras atrapadas en la garganta, sin luces navideñas que hacen que todo parezca más bonito de lo que realmente es.

Solo… fácil. Como respirar. O como caerse.

Que no sabes si vas a aterrizar sobre algo blandito o darte la hostia de tu vida. Pero lo haces igual.

Lele sigue hablando mientras vuelve al baño a terminarse el eyeliner y aplicarse el gloss con la seguridad de una persona que jamás ha dudado de nada. En su vida.

—Y además —continúa—, si al final os reconciliáis, lo celebramos. Si acabáis gritándoos en medio del postre, lo celebramos. Si aparece con un PowerPoint explicando por qué merecéis una segunda oportunidad, lo grabo y lo celebramos.

—¿Siempre lo celebramos?

—Siempre. Salvo que esta noche te pongas ese top verde moco horroroso. Entonces me doy de baja como mejor amiga por motivos estrictamente estéticos.

Y ahí ya no puedo evitarlo: me echo a reír de nuevo. No solo por lo exagerada que es (que lo es, y mucho), sino porque tiene razón. El top verde moco me hace parecer una mezcla entre una espinaca triste y un anuncio de yogur desnatado.

—Vale, lo retiro. Adiós, trauma visual. Me cambio.

Saco de la bolsa los dos vestidos que he traído de más.

Uno es prudente. El otro, absolutamente imprudente.

Por supuesto, elijo el rojo. El rojo cereza.

El del color exacto del papel brillante con el que envuelven los regalos caros.

Es ceñido. Es escotado. Es corto. Es un «demasiado» en todas las categorías posibles.

Y, como siempre que me lo pongo, pienso: «Nunca más».

Y, como siempre que me lo pongo, también pienso: «Pero, madre mía, cómo me queda».

Me sube la autoes­ti­ma medio centímetro. Medido. Comprobado.

Lo combino con mis botas cowboy negras, que ya tienen el cue ro cuarteado por culpa de varios inviernos, demasiadas caminatas y unas cuantas decisiones emocionales mal tomadas.

Pero siguen firmes. Fieles. Con carácter.

Me suelto el pelo, y la melena negra me cae sobre los hombros con la arrogancia indiscutible del buen pelo.

Ese que no necesita presentación ni acondicionador sin sulfatos.

Me pinto los labios de rojo, por si el vestido no estaba gritando lo suficiente, y me miro al espejo.

Y ahí estoy yo. Con esos ojos verdes que me devuelven la mirada como diciendo: «Buena elección, reina».

Es un momento silencioso. Respetuoso. Tipo ritual prebatalla.

—Mucho mejor —dice Lele, saliendo del baño con un eyeliner que podría cortar vidrio, unos pendientes tan grandes como los aros de Saturno y una chaqueta de pelo sintético que claramente pertenece a una diva retirada del cine en blanco y negro—.

Esto grita: «Sí, he venido a beber, a bailar y a follar si se alinean los astros».

—¿Tanto grita?

— Casi lo oigo desde el pasillo. Tu vestido, tus botas, tus muslos. Todo. Es un grito de guerra con pintalabios rojo. Un «a ver quién me para esta noche».

—Igual es mucho para Manarola…

—Nada es mucho para Manarola. Y si lo fuera, cariño, se adapta. Tú tranquila.

Nos quedamos un segundo frente al espejo, en ese tipo de silencio solemne que solo se reserva para los grandes eventos: una boda, un salto al vacío o, en nuestro caso, una noche de diciembre en la Riviera italiana.

Expectativas altas, autoestima recién planchada y la esperanza (no tan vaga) de que alguien nos mire como si fuéramos el postre más caro de la carta.

—¿Dónde vamos al final? —pregunto, ajustándome el tirante del vestido como si importara.

—A donde se va cuando hueles a perfume caro, llevas las bragas bien puestas y tienes la certeza de que podrías arruinarle la vida a alguien si te lo propusieras —declara Lele, con la seguridad de quien lo ha visualizado todo en su vision board—. Y al Nessun Dorma, claro.

Salimos de su casa pisando fuerte: tacones tamborileando y confianza reluciente. Las escaleras de Manarola, tan pintorescas como traicioneras, nos reciben como siempre: a medio camino entre pasarela de alta costura y campo minado para tobillos inexpertos.

Esta noche me he prometido no pensar . Ni en el lunes.

Ni en Gian. Ni en mensajes sin responder ni en finales que se hacen los poéticos cuando en realidad solo escuecen.

Hoy no toca analizar nada . Hoy toca noche de chicas.

Bailar. Reír. Beber algo frío y olvidarme de todo lo que tenga nombre y complique .

Lo que necesito es una noche de esas en las que nadie pregunta «¿y tú qué tal?

», sino «¿te relleno la copa?». En las que el drama se queda en casa y lo único urgente es decidir si pedimos las bruschettas antes o después del segundo spritz.

Desconectar, me digo , mientras me miro en el reflejo del cristal de un portal y me convenzo de que el pintalabios rojo funciona también como escudo emocional.

Después de unos minutos esquivando turistas , el Nessun Dorma aparece ante nosotras.

El bar está literalmente colgado del acantilado, desafiando la gravedad con una terraza que parece dibujada por alguien obsesionado con la belleza.

Las casitas de colores pastel bajan hacia el mar como si estuvieran bailando en cámara lenta, y las luces titilan sobre las fachadas de una forma tan armónica que hasta da rabia .

Es tan bonito que dan ganas de brindar solo por estar vivas y tener ojos.

Mientras intento localizar una mesa (de puntillas y haciendo equilibrios entre dignidad y entusiasmo), Lele saca el móvil con la rapidez de una vaquera sacando el revólver en un duelo al sol.

—Cari, ¿hace cuánto que no vienes? Ahora hay que usar la app para pedir mesa.

Gracias a su intervención de experta, conseguimos una mesa ancha de madera rústica, con ranuras caprichosas que convierten cada apo yo de vaso en una prueba de física aplicada .

Pedimos dos limoncino spritz —servidos, como manda la tradición, en vasos reciclados de mermelada— y una tabla de bruschettas: pesto genovés, mozzarella de búfala, salami picante y focaccia recién salida del horno.

Crujiente por fuera, tierna por dentro. Un poco como yo cuando pienso en mi ex (que, por supuesto , no es ahora mismo). Y entonces empiezan a llegar las demás.

Primero aparece Valentina, con un abrigo de pelo color naranja neón que podría dirigir el tráfico en plena tormenta .

Lleva la melena rubia más corta que la última vez que la vi, y está espectacular.

Justo detrás aparece Aurora , jadeando como si acabara de correr la BO classic de Bolzano .

Lleva la melena pelirroja recogida en un moño repetido, las mejillas encendidas y la cara —normalmente llena de pecas— más maquillada que una puerta giratoria en Nochevieja.