Querida Srta. Santa Clausura 15. El Espíritu de la Navidad
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15. El Espíritu de la Navidad

El Espíritu de la Navidad

¿Había algo distinto en ellos este año? Oh, sí. Y, antes de que digáis algo como «bah, seguro que eran los jerséis a juego», dejadme corregiros con toda la elegancia etérea que me caracteriza: no. No era eso.

Como cada día de la Inmaculada Concepción, subieron juntos la colina.

Tradición, sí. Rutina, también. Pero algo había cambiado.

Y no, no me refiero a las manos entrelazadas (aunque sí, gracias, muy monos ), ni al hecho de que Gian sostuviera el paraguas con expresión estoica mientras Gia libraba una guerra perdida contra un cucurucho de castañas que tenía más actitud que equilibrio.

Lo distinto era el silencio. No el incómodo.

No el que huele a discusión reciente o a un «tenemos que hablar» con tono serio.

Era el otro. El bonito. El que flota entre dos personas que ya no sienten la necesidad de llenar cada espacio con palabras.

Ese que se instala cuando entiendes que no tienes que demostrar nada, solo estar.

Ese que, si se pudiera embotellar, te curaría hasta la ansiedad.

Hacía poco más de un año que habían decidido llamarse novios sin tartamudear. Y, sin embargo, aún caminaban como si acabaran de descubrirse. Como si cada roce fuera el primero y cada beso los pillara por sorpresa (y no lo hacía, pero lo fingían muy bien).

Ese día, caminaban hacia el belén como si hubieran nacido para ese momento. Gia, con la bufanda hasta la nariz (la estrategia más navideña para ocultar sonrisas que delatan), y Gian, que la sujetaba como si ella fuera una reliquia antigua que se deshilacha si la soltabas muy rápido.

Y lo sé, queridos míos, porque, como cada año, yo también estaba ahí.

La colina se fue llenando de gente poco a poco.

Parejas con mantas, abuelas con termos, niños con linternas apuntando a sitios completamente irrelevantes…

Todos con esa ilusión encendida, como si dentro del pecho llevaran una bombilla de bajo consumo que se encendía en diciembre y se apagaba en cuanto se acababan los polvorones.

—¿Te has traído los clínex? —preguntó Gia con tono burlón cuando se sentaron en el banco de siempre.

—¿Por si lloras tú o por si lloro yo?

—Por si llora el burrito —dijo ella, sacándole la lengua.

Y ya está. Se rieron de esa forma que hacía que, de repente, el aire se volviese más cálido y que el mundo se volviese un poquito más soportable, incluso con los pies congelados. Y yo sonreí. Porque cómo no hacerlo.

De repente las farolas se apagaron y, entre oscuridad, silencio y manos que no se soltaban, el belén se encendió.

Y sí, ellos lo habían visto mil veces. Pero esta vez eran distintos, así que también lo miraron de forma diferente.

Como quien entiende, de súbito, que hay cosas que parecen iguales, pero no lo son.

Que hay primeras veces disfrazadas de rutina.

Y que ese pesebre, con sus bombillitas y figuras hechas con trozos del mar, les hablaba en un idioma que ya no necesitaban traducir.

Gia apoyó la cabeza en el hombro de Gian y él se inclinó. Frente con mejilla.

—¿Lo ves? — susurró ella, y a estas alturas todos sabemos a quién se refería.

—Sí, cariño. Lo veo.

Aunque, seamos honestos, Gian no estaba mirando el belén. Estaba mirándola a ella. Porque hay belenes fuera… y hay belenes dentro. Y los segundos, creedme, son mucho más difíciles de construir.

Después, como dictaba la tradición (y los antojos de Gia), bajaron al mercadillo.

Ella se empeñó en comprar una figurita nueva para el belén de su casa.

Gian le repitió, como cada año, que ya no cabía ni una más en el mueble de su habitación.

Y, también como cada año, terminaron llevándose tres.

Y una vela con olor a galleta. Y un gorro con renos que él se negó a ponerse, hasta que ella se lo encasquetó en medio de la plaza y le sacó una foto que ahora es su fondo de pantalla. Se lo tenía merecido por guapo.

Al final del paseo, ya con el gorro torcido, las bolsas llenas, las manos pegajosas por un cucurucho de frittelle compartido y la risa atravesándoles el cuerpo, caminaron de vuelta a casa de la nonna Agnese. No hablaron mucho. No hizo falta. Los silencios, otra vez, hacían de manta invisible.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —dijo Gia de pronto, mirando las luces que colgaban de los balcones.

—¿Solo una cosa?

—No, pero es la más importante. Me haces sentir como si diciembre durara todo el año. Y creo que eso es precioso.

Y él… no dijo nada. Solo le apretó la mano. Porque hay cosas que no necesitan respuesta. Solo mirada. Solo ese «yo también» que se dice con los dedos, no con la boca.

¿Y qué os puedo decir? Soy el fan número uno de GiGi (aunque si hablas con Lele o Agnese seguramente quieran atribuirse también ese puesto).

Y yo, que he visto más diciembres que estrellas en el cielo, os lo puedo asegurar: estos dos son de los de verdad.

De los que se eligen sabiendo lo que se juegan.

De los que se ríen hasta cuando se manchan de salsa.

De los que entienden que el amor no siempre es espectacular, pero sí tiene destellos. Como las luces de Manarola.

Así que sí, como ya sabréis, esa noche no solo se encendió el belén. Se encendieron ellos, un año más. Y, entre castañas, figuritas torcidas y una bufanda testaruda…, yo, el humilde y fabuloso Espíritu de la Navidad, firmé mentalmente el acta oficial de que esto era el amor de verdad.

Y lo siento, pero nada (ni siquiera la estrella más brillante) puede competir con eso.