14. Gian #3
—Me miró con esa cara de «ay, bambino , te vas a dar una leche de las buenas». Pero no dijo nada. Solo me sirvió helado esa noche. Cuatro bolas.
Gia baja la mirada, pero sonríe. Esa sonrisa suya, torpe y frágil, que tiene más verdad que mil discursos.
—¿Crees que si nos viera ahora estaría orgullosa? —pregunta de pronto, sin levantar los ojos—. De nosotros, digo. Así. Rotos, torpes, intentando recordar sin deshacernos.
—No lo sé —respondo—. Pero creo que estaría tranquila. Porque al menos hemos vuelto a encontrarnos, y eso ya es mucho en esta vida donde la gente se pierde y no se busca.
Ella asiente. Muy lento.
—A veces pienso —añade— que la única forma de honrar a alguien que se ha ido es volver a vivir de verdad. No sobrevivir, no arrastrarse. Vivir. Con todo el miedo y todo el amor y toda la incertidumbre. Como si te estuviera viendo.
—¿Y tú crees que nos ve?
—A veces sí. Cuando huelo la salsa de tomate recién hecha. Cuando se apagan las luces de Navidad en la calle y suenan villancicos rarísimos. Cuando pasa algo bonito y no tengo a quién contárselo, y se me escapa un « nonna , ¿has visto esto?».
La emoción se le nota en la voz. Pero no se desborda. Se queda justo ahí, en el límite. Como tantas veces estuvimos nosotros: a un paso del todo, sin atrevernos. Yo aprieto un poco su mano. Solo un poco. Y ella no se va.
—¿ Sabes qué creo? —susurro—. Que, si hemos vuelto a encontrarnos aquí hoy, no ha sido casualidad. Que tal vez alguien ahí arriba sigue haciéndose cargo de las cosas importantes. Como cuando ella nos hacía sentarnos juntos en la mesa, aunque estuviéramos peleados.
—Nos obligaba a brindar incluso si estábamos enfadados.
— Y decía: Chi ama, mangia. Chi litiga, pure .
—El amor entra por la boca —dice ella, medio riendo, medio llorando.
— Y también por las segundas oportunidades.
Nos miramos. El aire se vuelve más frío, pero a mí me arde el pe cho.
Porque verla así, con esa mezcla de fuerza y ternura, de historia compartida y posibilidad, me sacude algo muy dentro.
Algo que no quiero volver a enterrar. Algo que lleva años preguntándome si todo lo que fuimos puede volver a ser.
Me muero de ganas de saber si ha recibido la carta. Esa carta. La de la Señorita Santa Clausura. Pero me callo. Por si no la ha recibido. O por si la ha leído y no ha querido contestar. Por si ahora mismo, aquí, es suficiente. Y estropearlo me parece un crimen.
—Gian…
—No tienes que decir nada.
— Ya, pero si no digo nada reviento.
—¿Y qué quieres decir?
—Que, si volvemos a encontrarnos, pero no somos capaces de volver a reconocernos, entonces no sirve de nada.
Asiento despacio. Me lo dice tan seria que por un momento tengo la sensación de que, si doy un paso en falso, se rompe todo. Como una bola de cristal mal envuelta.
—Pues vamos a reconocernos. Poco a poco. Sin prisa. Como cuando te despiertas después de una siesta muy larga y no sabes ni qué año es.
Ella suelta una risa pequeñita, rota, bonita. De esas que parecen inventadas para las despedidas que todavía no quieren serlo.
—Qué imagen tan rara.
—Es lo mío. Imágenes raras pero eficaces.
Nos quedamos así un segundo más. El cementerio en silencio. Las flores. La sensación de que algo, sin haberse dicho del todo, ha empezado a sanar. Ella es la primera en moverse. Se levanta despacio, se sacude las rodillas con las manos enguantadas y suspira.
—Tengo que irme. Le he prometido a Lele que pasaríamos por la pastelería y, si llego tarde, se comerá todas las sfogliatelle y dejará que yo me quede con las de crema, que son las que menos me gustan.
—Eso es… muy grave.
—Gravísimo. Pura violencia emocional.
Yo también me pongo de pie. La acompaño hasta la salida, sin decir nada.
Pero, en algún punto del camino, su mano roza la mía.
Y por un segundo, solo uno, no parecemos exnovios.
Ni amigos. Ni nada de lo que fuimos o deberíamos ser.
Por un segundo, solo parecemos nosotros.
Dos personas que siempre se han reconocido.
Ya en la verja, se gira hacia mí. Con esa sonrisa de medio lado que siempre me dejaba sin aire.
—Gracias por venir hoy. La nonna estaría… No sé si orgullosa. Pero estaría feliz.
—Seguro que estaría corrigiéndonos. «GiGi, enderezad la espalda, que eso no es una postura digna».
—Y luego nos daría un túper.
—Probablemente de coniglio alla ligure.
—Y un besito en la frente, de esos que pican.
Nos reímos . Nos callamos. Nos volvemos a mirar.
—Adiós, Gian.
—Adiós, Gia .
Ella da un paso atrás. Luego otro. Y, cuando se gira para irse, el gorro se le cae un poco hacia un lado.
No se lo arregla. Yo me quedo allí, viendo cómo se aleja.
Y, por primera vez en mucho tiempo, tengo la sensación de que el dolor no se ha ido, no.
Pero se ha hecho sitio para que quepa algo más.
Tal vez esperanza. Tal vez memoria . Tal vez… un principio.
Sea lo que sea, se parece mucho a la magia de diciembre. Y, mientras me doy la vuelta y empiezo a caminar, me permito pensarlo solo una vez, bajito, para que no se me escape: ojalá la carta le haya llegado. Y ojalá haya dicho que sí.