Querida Srta. Santa Clausura 14. Gian #2
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14. Gian #2

—¿Te acuerdas de la vez que la ayudamos a montar el árbol en pleno septiembre, con treinta grados y mosquitos del tamaño de uvas?

Ella sonríe sin mirarme.

—Decía que la Navidad llegaba cuando le daba la gana. Y que, si todas las tiendas podían adelantarse, ella también.

—Y tú trajiste espumillón fluorescente porque dijiste que combinaba con las luces de su cocina.

—¡ Era verde ácido! Quedaba ideal con los azulejos.

—Te dejó ponerlo solo porque dijiste que habías aprobado Inglés por fin.

— Mentira piadosa. Tenía un cuatro con nueve y una profesora que quería librarse de mí.

Nos reímos. Pero es esa risa que tiembla en los bordes, como si no supiera si va a terminar en carcajada o en llanto.

Ella se agacha un poco para recolocar el lazo del ramo que ha traído.

Yo también me incli no, sin pensarlo, y nuestras manos se rozan.

Apenas. Un dedo contra otro. Un roce tonto.

Pero no retiramos la mano. Ninguno. Ella suspira, y no sé si es por la flor o por mí.

—Con ella siempre me sentí… parte de algo. Como si me hubieran adoptado sin preguntarme. Como si yo también fuera familia —dice, bajito.

—Lo fuiste. Lo eres.

Levanta la vista. Tiene los ojos brillantes.

—La nonna me enseñó muchas cosas —susurra—.

A poner sal a ojo, a planchar con vapor, a no bajar la cabeza nunca…

Pero lo que más me gustaba era cómo nos miraba.

A ti sobre todo. Como si fueras lo mejor que había hecho en la vida.

Y eso… Eso me hacía creer que las cosas buenas existían. Que había gente que sabía querer bien.

Siento que algo se me parte dentro. Porque yo también la echo de menos. Pero también echo de menos eso que dice. Ese lugar al que pertenecíamos. Los tres.

—Cuando la perdimos —añade—, yo pensé que te perdería a ti también. Definitivamente. Para siempre. Que no íbamos a poder soportarlo juntos. Y no sé si fue el dolor, el miedo o simplemente… la vida. Pero… ahora sé que no. Siempre nos quedará esto.

—No la he recordado así desde que me fui —admito.

—¿Así cómo?

—Con los tres. Con los momentos que no dolían.

Se muerde el labio, como si necesitara contener algo. No lo consigue del todo. Una lágrima se le escapa, pero no se la limpia. Y eso me mata. Porque Gia llorando sin esconderse es algo que he visto muy pocas veces.

Me acerco un paso. Solo uno. Y apoyo la mano encima de la suya. Nada más. No aprieto. No insisto. Solo estoy ahí. Como si ese gesto dijera: sigo aquí, aunque no sepa cómo volver a empezar. Y ella no se aparta.

—¿Te acuerdas de la vez que hicimos galletas y se nos quemaron todas? — susurra—. Ella dijo que teníamos que comérnoslas igual, porque el azúcar tostado era cosa fina. O algo así.

—Sí. Tú dijiste que íbamos a morir envenenados y ella te llamó « melodramática de categoría superior».

—Y tú te las comiste igual. Todas. Hasta las negras como carbón.

—Era Navidad. Había que hacer sacrificios.

Nos miramos. No hay música ni nieve cayendo.

Solo este trozo de tierra y piedra y el frío que ya no siento tanto.

Pero hay algo en el aire. Como si alguien, o algo, nos estuviera empujando con suavidad.

Como si el recuerdo de mi nonna , en vez de separarnos, nos estuviera juntando de nuevo, centímetro a centímetro, corazón a corazón.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no tengo prisa.

No tengo miedo. Solo ganas de quedarme aquí un rato más. Con ella. Con los recuerdos.

Hay un rato de silencio después de eso. No porque no tenga nada que decir, sino porque no sé por dónde empezar. Es lo que pasa cuando alguien ha significado tanto que no cabe en una sola historia.

—Mi madre trabajaba mucho… —empiezo—. Siempre fue así.

Turnos dobles, noches, fines de semana… No lo hacía porque quisiera estar lejos.

Lo hacía para llegar a fin de mes. Pero yo era un niño.

Y los niños no entienden de hipotecas ni de horarios.

Solo saben que su madre no está. Y mi nonna …

, ella llenaba ese espacio. Pero no como quien hace un favor.

Lo hacía como si fuera lo natural. Como si fuese su lugar en el mundo.

Me sale una sonrisa.

—Me recogía del colegio con una bufanda roja hasta las orejas.

Me llevaba a casa y me hacía prometer que me comería todo, incluso lo que no me gustaba.

Y luego me leía cuentos mientras se le cocinaban las piernas en el brasero.

Me enseñó a doblar bien las camisetas, a dejar reposar la rabia antes de contestar y a no fiarme nunca de la gente a la que no le gusta el panetone.

Gia se ríe bajito. Pero se nota que tiene un nudo en la garganta, como yo.

—Me enseñó que el amor no siempre llega cuando uno lo espera, pero que, si llega, hay que hacerle sitio.

Y que, si una relación necesita esconderse, entonces eso no es amor.

Es malabarismo. De hecho, eso me lo dijo cuando me pilló mirándote como un idiota en el verano en que te cambió el cuerpo.

Tú tenías las piernas bronceadas, una coleta alta y un top amarillo que dejaba ver tu ombligo… Y yo perdí la cabeza.

—¿Y qué le dijiste?

—Nada. Me escondí detrás del buzón.

—¿Y ella?