Querida Srta. Santa Clausura 14. Gian
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14. Gian

Gian

Querida Srta. Santa Clausura:

Puedes mandarme a la mierda si quieres, lo entenderé. Pero necesito saber una cosa. Bueno, varias. ¿Gia ha contestado? ¿Ha aceptado? ¿Vendrá a la cena? Y, si la respuesta es sí (por favor, que sea sí), ¿qué has planeado? ¿Hay protocolo? ¿Debo llevar algo además de mi desesperación?

Gia, cuando me ve, se pone tan nerviosa que habla sin respirar. Yo, en cambio, entro en modo estatua de sal. Por dentro quiero decirle mil cosas, pero por fuera parezco un árbol decorado con mudez. ¿Tú crees que sería muy cutre si lo escribo todo y se lo leo?

Por favor, guíame. Estoy tan nervioso que he ido al baño más veces que las que Mariah Carey ha sonado con «All I Want for Christmas Is You» este mes.

Abrazo virtual,

Gian

El aire de Manarola en diciembre es frío, pero no cruel. El mar susurra a lo lejos, arrullando la costa con ese ritmo que siempre me ha parecido un latido antiguo, mientras camino despacio por el sendero que lleva hasta el cementerio.

Hoy se cumplen tres años desde que mi nonna se fue.

Tres años, y todo sigue siendo un poco más hueco sin ella.

A esta hora de la tarde apenas se oye algún que otro motor al arrancar, un tintineo de tazas en alguna cocina.

El olor a focaccia tostada flota en el aire desde la panadería de la esquina, pero no me detengo.

No hoy. Subo las escaleras de piedra, esas que ella decía que mantenían joven al que se atreviera a subirlas sin resoplar.

Llevo las manos en los bolsillos y una flor envuelta en papel de estraza, porque, aunque mi nonna siempre decía que las flores eran para los vivos, no puedo evitar traérsela cada año.

Una sola flor, siempre la misma: una dalia blanca.

Era su favorita. Decía que las flores más bonitas eran las que parecían no hacer ruido.

Como si su belleza no quisiera molestar.

Desde que me fui a Londres, únicamente he vuelto a Manarola tres veces.

Tres. Y fueron exactamente el mismo día: el 5 de diciembre.

Llegaba el día de antes a medianoche, subía hasta aquí, le dejaba la flor y me iba.

Sin pasar por la panadería, sin asomarme al puerto, sin saludar a nadie más que a mi madre.

Como si venir más días, o quedarme más tiempo, pudiera haber movido algo que estuve intentando dejar quieto.

Como si mantener esa rutina fuera mi manera de no romperme.

Pero ahora estoy aquí. En casa. Y su ausencia, de alguna forma, pesa todavía más que antes.

Cuando llego arriba, me siento en el banco de piedra junto a la verja.

No entro de inmediato. Me cuesta. Me sigue costando.

Desde aquí se ve todo: las terrazas colgando de la ladera, las casas de colores apagados por el invierno, el mar más allá, inabarcable.

Y el silencio. No ese silencio incómodo de las sobremesas tensas, sino uno limpio, como el de una habitación recién ventilada.

Cuando decido moverme y llego hasta su lápida, me agacho para dejarle la flor. Le quito un poco de salitre a las letras con la manga. Sé que no es necesario, pero es lo que haría si viniera ella. Siempre dejándolo todo impecable, hasta las lágrimas.

—Hola, nonna —murmuro, al final—. Sigues teniendo la mejor vista del pueblo.

Me quedo allí un rato, en cuclillas, como si el frío no importara.

Le cuento cosas. Cosas pequeñas. Cosas de casa.

Le hablo de mamá, que últimamente duerme mejor, aunque sigue despertándose en medio de la noche para comprobar que las ventanas están cerradas, como si el viento fuera a llevársela a ella también.

De Luca, que se ha prometido con una tal Pina a la que todavía nadie ha conseguido sonsacarle el apellido, pero que al parecer hace una carbonara increíble.

De la tía Graziella, que volvió a pelearse con su vecina del primero por culpa del jardinero.

Una historia tan absurda como eterna, que probablemente sobrevivirá a ambas.

Y luego le hablo de ella.

De Gia. Aunque no uso palabras. Con ella nunca me han hecho falta.

Mi nonna lo sabía todo incluso antes de que yo lo supiera.

Lo veía en cómo me cambiaba la voz cuando sonaba su nombre, en cómo me arreglaba el pelo sin querer cuando la esperaba en su casa.

Así que no digo nada. Solo pienso en ella.

En su risa nerviosa. En cómo se mordía el labio para no decir lo que pensaba.

En cómo lo decía igual, un segundo después.

Es en ese momento cuando la oigo. Y me cuesta darme cuenta de que es real.

—Siempre me pregunté quién le traía esa flor.

Me giro suavemente y Gia está ahí, de pie, con el pelo un poco revuelto por el viento debajo de un gorro, las mejillas coloradas, las botas cowboy rojas y una expresión entre sorpresa, ternura y algo más que no sé si estoy listo para descifrar.

Tiene una de las manos metida en el bolsillo de un abrigo beis demasiado fino para diciembre.

En la otra, como si fuera lo más normal del mundo, lleva un ramo de dalias blancas.

Mi corazón da un vuelco tan fuerte que me hace tambalearme por dentro.

—Hola —acierto a decir.

Ella baja la mirada un segundo, como si necesitara reunir fuerzas, y luego sonríe. No mucho. Apenas un gesto. Pero es su gesto. El de siempre. El que hacía cuando se daba cuenta de que yo la miraba como si no hubiera otra cosa en el mundo.

—No sabía que venías —dice. Y, apenas acaba la frase, arranca—.

De hecho, te odié. Durante años. Odiarte es mucho decir, ya lo sé, pero…

sí, un poco sí. Porque nadie te vio en el entierro, y tampoco por aquí, y pensé: «Pues vaya nieto de mierda».

Aunque luego la flor siem pre estaba. Siempre la misma.

Y yo pensaba: «Bah, será el señor Giuseppe, que es muy de detalles», pero también pensaba: «¿Y si no?

». Y ahora resulta que sí. Que eras tú. Y que venías.

Y que yo soy una bocazas… —Se muerde el labio y niega con la cabeza antes de añadir—: Lo siento. ¿Has venido todos los años?

—Solo el 5 de diciembre.

—¿Siempre la misma flor?

Asiento.

—¿Solo venías para esto?

—Solo para esto.

Se queda en silencio. Y eso, viniendo de ella, dice más que mil palabras. El viento le mueve una hebra suelta de pelo y tengo que hacer un esfuerzo ridículo por no apartársela de la cara. No me atrevo. Todavía no.

—Yo venía a la hora de comer —dice entonces, muy bajito, como si le diera vergüenza reconocerlo—. Porque sé lo mucho que te gusta dormir después. Y pensé que, si venías algún día, sería tarde. Así que yo venía pronto. Por si un día coincidíamos.

Levanto la vista. Ella también me mira, pero esta vez no sonríe. No se mueve. Solo está. Sincera. Vulnerable. Hermosa de una forma que me parte y me recompone al mismo tiempo.

—Pues hoy te has atrasado —susurro.

Ella niega con la cabeza, sin apartar la vista.

—No.

—¿No?

— No. He llegado justo a tiempo.

Gia respira hondo, como si eso le diera permiso, y empieza a hablar.

—Cuando venía a verla —dice, sin soltarme la mirada—, la recordaba en voz alta.

Ya sabes…, le contaba cosas. Tonterías sobre todo.

Que si me había salido bien la salsa, que si había soñado con ella, que si en el supermercado han subido el precio del pandoro y seguro que eso la habría indignado.

Y a veces me reía sola como una loca, porque me acordaba de cosas nuestras, de cómo se ponía cuando alguien decía «Santa Claus» o «Papá Noel» en vez de «Babbo Natale».

¿Te acuerdas? Se transformaba. Era medio santa, medio dictadora de las tradiciones italianas.

Le tiembla un poco la voz, pero no para.

—Y me parecía que, si lo decía en voz alta, lo mantenía vivo.

El recuerdo. Como si eso fuera la forma de que no se deshiciera del todo.

Porque el dolor… Vale, el dolor está. Pero lo que no quiero que se me muera del todo es lo otro.

Lo bueno. Lo que nos hacía reír. Lo que nos hizo ser quienes somos.

— Se gira un poco hacia la lápida, como para incluir a Agnese en la conversación.

Y, después de dejar el ramo de dalias sobre ella, añade—: Y creo que ya es hora de recordarla con todo.

No solo como la nonna de Gian, sino también como la señora que me miraba como si fuera su nieta política aprobada por el Vaticano.

La que se bebía el limoncello antes del brindis y decía que era por la circulación.

La que nos pilló una vez en tu coche y fingió no haber visto nada…

, aunque luego me dejó una nota con una lista de cosas que «no se hacen en un Fiat 500».

Me río, bajito. Ella también. Pero enseguida vuelve al punto.

—Así que eso. Que ahora quiero recordarla como era cuando estábamos los tres.

Porque esos fueron los mejores momentos.

Los de verdad. Y, si tengo que llorar, pues lloro.

Pero también me río, porque ella no querría que la recordáramos tristes.

O sí, pero solo un poco para que se note que la queríamos.

Lo justo para darle drama, pero sin pasarse.

—Hace un gesto con la mano, como si espantara una mosca invisible.

O una lágrima—. El duelo no es olvidar, ¿sabes?

Es aprender a recordar sin que te aplaste.

Y a mí…, bueno, a mí todavía me aplasta a ratos.

Pero aquí, contigo, creo que duele menos.

Porque con tigo se parece más a vivir que a sobrevivir.

Y eso ya es algo. —Y luego, como si se diera cuenta de que ha hablado demasiado, se encoge de hombros—.

Ya está. Fin del monólogo navideño cementerial.

Ahora puedes decirme que estoy loca y que hablo sola con muertos y que debería hacérmelo mirar.

—¿Y perderme esto? Ni hablar.

Gia sonríe y el cielo, por algún motivo, parece menos gris.

Me quedo en silencio, con las manos en los bolsillos, como si así pudiera evitar tocarlas: las palabras, los recuerdos, a ella. Pero entonces me sale solo. Como si lo llevara dentro desde hace demasiado.