Querida Srta. Santa Clausura 13. Gia
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13. Gia

Gia

Querida Srta. Santa Clausura:

No vengo a pedir venganza navideña ni carbón para exnovios (aunque uno se lo merece). Vengo a clausurarme a mí misma.

Sí. Lo confieso. La he cagado. Le he sido infiel a mi pareja. Una vez. Una noche. Una Navidad pasada. Él me perdonó, pero desde entonces su abrigo ya no huele a casa, sino a culpa. Algo se quedó congelado y no sé cómo descongelarlo sin que todo se deshaga de mala forma.

Solo quiero una última cena. Él y yo. Una mesa, una copa, un adiós sin fuegos artificiales (aunque una bengala en el postre no estaría mal, por el efecto dramático y todo eso). Solo quiero mirarlo una vez más y decirle que lo quiero, pero que no tengo derecho a seguir queriéndolo así.

Gracias por existir.

Pia M. L.

Estoy en la oficina, intentando concentrarme. Tengo el portátil sobre el regazo como si fuera un escudo, y me estoy mordiendo una uña con la intensidad de quien cree que en la cutícula izquierda se esconde la respuesta a todos los enigmas de su vida amorosa.

A mis pies, Turrón y Suchard duermen hechos un ovillo.

Me los he traído conmigo porque, cuando me han visto coger las llaves para irme, se han puesto a hacer pucheros con una intensidad emocional digna de una telenovela.

Y yo, que soy fuerte para todo menos para esos ojos de cachorrito, he caído.

Así que ahora están ahí, roncando plácidamente, cada uno con un calcetín navideño en la boca.

No sé por qué. Esta semana han desarrollado una fijación irracional por la ropa interior navideña.

Entonces, como si el universo detectara que me estoy quedando sin distracciones absurdas y empezando a sentir demasiadas cosas en la boca del estómago, la puerta se abre y Lele entra empujándola con la cadera. Lleva una bolsa en una mano y dos cafés en la otra.

—Buenos días, reina del drama. —Cierra la puerta con el pie y deja la bolsa sobre la mesa—. He traído café, bollería y, sinceramente, cero paciencia. Dame el parte completo.

—Ya te lo conté anoche —protesto, hundiéndome tras el portátil como si eso pudiera protegerme de su mirada clínicamente entrenada para calarme.

—Me contaste lo que pudiste entre jadeos, lágrimas y ataques de risa nerviosa.

Además —dice, alzando un dedo—, me lo contaste justo después de que él te dejara en casa.

Literalmente con el abrigo puesto, los zapatos aún en la mano y el rímel corriéndote como si tu cara estuviera celebrando una performance artística.

Asiento, culpable, y me encojo de hombros como si todavía fuera una adolescente.

—No podía esperar, Lele. Fue… intenso. Tenía que contártelo.

—Lo sé. Ni yo pude — dice ella, dejándose caer en la silla—. Me pillaste en mitad de un polvo. Y era uno de los buenos.

—¡ Dijiste que estabas viendo una peli!

—¡Eso fue lo que le grité a mi novio mientras me levantaba a coger el teléfono! ¡Pausa el cine, que esto es urgente! Y se lo solté con el culo al aire y una media enredada en el tobillo.

—¿Y no se enfadó?

—Claro que no. Porque sabe que Gian es tu talón de Aquiles, y yo soy la que lleva el botiquín.

Me río, inevitablemente. Lele es muchas cosas, pero sutil no es una de ellas.

—Ahora me siento mal.

—Tranquila, luego se lo recompensé —dice con un guiño—. Lo tuyo siempre me pone un poco.

—¡Lele!

—¿Qué? Soy una mujer multifunción. El drama me excita.

Es mi segundo idioma. Y tú eres mi emisora favorita —declara mientras se agacha teatralmente para saludar como es debido a Turrón y Suchard—.

Hola, mis gordos. ¿ Os han abandonado esta noche por un ex con cara de culebrón italiano?

Sí, ¿verdad? Qué vergüenza la vuestra. Ni un ladrido en defensa del honor de vuestra madre humana. Un poco de dignidad, por favor.

Me lanza una mirada cargada de propósito y se deja caer en la silla frente a mí con tanta solemnidad que hasta los perros parpadean, como si ya supieran que esto es una cumbre. Una sesión extraordinaria del comité de crisis, presidida por Su Majestad Lele I de las Intervenciones Drásticas.

—Venga, dame la versión extendida. Quiero detalles. ¿Qué cara puso cuando accediste a que te acompañara a casa? ¿Cómo te habló? ¿A qué olía? ¿Te rozó sin querer, pero queriendo? Seguro que sí. Gian siempre ha sido muy tocón.

—Puso esa cara… La suya. La de siempre. La que tiene cuando se esfuerza en parecer que no siente nada y, sin embargo, parece que le han dejado el corazón en modo vibración.

—Ufff, poético. Me gusta. Continúa.

—No hablamos mucho, en realidad. O sea, yo sí, por supuesto. Ya me conoces. Y él me miraba. Mucho. Atento. Como si no quisiera perderse nada. Como… Como siempre.

—¿Y tú? ¿Lo miraste mucho?

—Como si fuera el final de una peli y no supiera si iba a haber secuela. Me sé cada centímetro de su cara, pero anoche parecía… otra. O yo era otra. O quizá los dos lo éramos, solo que por fin, de nuevo, en el mismo universo.

—Madre mía. Me pongo cachonda con menos —suelta, mordiendo un cruasán.

—¡Lele!

—Perdona, pero es que me estás hablando como si estuvieras narrando una mezcla de Love Actually y La La Land . ¿Y lo de la playlist navideña? ¡Cuéntame otra vez lo de la playlist !

Bajo la mirada.

—La puso cuando arrancó el motor del coche.

El título era mi nombre. Solo eso. Mi nombre , con emojis navideños.

Y dijo algo como que era la que escuchaba en Londres para sentir la Navidad.

Como… Como si yo fuera la Navidad para él.

Como si no supiera cómo decirme nada con palabras… y lo dijera con Meghan Trainor.

—¿Y tú no te lanzaste sobre él en plan reno al ataque? Porque solo por eso se merecía que le dieras la mejor noche de su vida, Gia .

—¡Lele!

—¿Qué? ¡Es precioso! ¡De esos gestos superrománticos que solo se ven en los libros! ¡Se merecía un buen polvo de gratitud, por favor! ¡Un polvo con banda sonora navideña ! ¡Y gorrito de Papá Noel, si se daba el caso !

Me río, aunque también noto cómo algo se me encoge por dentro.

—Calla —niego con la cabeza, y luego prosigo —.

Después, cuando llegué a casa, me la mandó por WhatsApp .

La playlist. Sin texto. Solo eso. Menos mal que borré todas nuestras conversaciones hace años, porque si no me hubiese quedado horas leyéndolo todo.

Y luego… le contesté con un corazón rojo. Nada más. Eso es… todo.

Lele me mira con una sonrisa escondida.

—Ponla. Venga. Enchúfala. De fondo. Mientras trabajamos.

Por mucho que me gustaría ser capaz de resistirme , le hago caso. Porque tiene razón. Es precioso. La playlist en sí lo es. La música empieza a sonar desde el altavoz del escritorio con esa mezcla de tristeza y azúcar que tienen todas las canciones que alguna vez te rompieron sin romperte del todo.

Los primeros versos de «Snowman » llegan a mis oídos y Lele, como si supiera que estoy a punto de ponerme intensa otra vez, agita algo delante de mí.

—Por cierto, la vecina del tercero ha vuelto a dejarte una nota en la puerta. Esta vez con purpurina. Y con olor a violetas. Juraría que le ha puesto perfume directamente encima del sobre.

—¿En serio?

—Te juro que va a acabar empapelando el rellano con sus mensajes del universo.

Mira esto. —Lele aclara la voz con una seriedad teatral y lee—: «Querida Señorita Santa Clausura: soñé con una galleta en forma de corazón rota por la mitad.

¿Significa algo? ¿Es una señal? ¿Tengo que escribirle a mi ex?

¡Dímelo tú!». Y tres signos de exclamación en rojo. Tres. Con boli de gel.

—Ay, por favor… —Me llevo las manos a la cara, riéndome con resignación—.

¿Quién le dijo a esa señora que yo tengo respuestas para esas cosas?

Creo que va siendo hora de dejarle claro que no soy tarotista.

Ni médium. Ni pitonisa. ¡Ni siquiera sé leer el horóscopo sin acabar en la sección de cotilleos!

—Tú misma. Por ir repartiendo clausuras sentimentales como si fueran panetone.

—A ver, Lele…, me pidió consejo una vez . ¡Una! No sabía que estaba abriéndole la puerta a una mujer tan rara.

Ella se encoge de hombros, con esa sonrisa maliciosa que usa cuando le divierte mi miseria.

—Tienes aura de santa laica con un trauma romántico. Inspiras confianza . Y un poquito de lástima también, pero del tipo bonito , de ese que hace que la gente te deje galletas y te quiera contar todos sus sueños.

—Gracias…, supongo.

Tomo la nota perfumada con dos dedos y la pongo sobre la mesa, al borde del ordenador, donde pueda ignorarla. Porque no puedo con eso ahora. Ni con galletas partidas ni con mensajes del universo. Hay algo más urgente. Algo que lleva días latiéndome bajo la piel como un tambor de guerra navideño.

Respiro hondo, con sonidito dramático incluido, y la miro.

—Tenemos que organizarnos.

Lele entrecierra los ojos.

—¿Para qué? ¿Para una limpieza energética antes de que la del tercero se cuele por la chimenea y nos recite su carta astral?

—No. —Trago saliva, sintiendo el vértigo en el estómago—. Para una cena de clausura urgente.

—¿Urgente? ¿Cómo de urgente?

—Urgente nivel… mi propia cena de clausura. O de lo que sea —r espondo , con una sonrisa que me duele un poco, pero que también me aligera. Como si por fin pudiera respirar después de días aguantando el aire—. Será el día ocho.

—Pero el día ocho es… en tres días.

—Sí.

—Y es el día del belén. ¿Lo ha pedido él?

—Ajá.

Lele abre los ojos como si acabara de ver a Babbo Natale bajando en ala delta por la via dell’Amore .

—¡Madre mía, va a por todas!

Pero no se ríe . Solo parpadea. Me observa en silencio, con esos ojos suyos que han visto todas mis versiones: la rota, la enfadada , la valiente. Y ahora esta. La que ha decidido dejar de esconderse.

—Así que ya te has decidido —dice al fin, con suavidad.

—Sí —afirmo, cruzando los brazos, como si pudiera abrazarme a mí misma sin que se note—. Ya me he decidido.

Me acerco a la ventana. Fuera el cielo está sorprendentemente azul. No hay ni una sola nube . Y el mar, en calma, refleja la luz como un espejo triste pero bello. Uno de esos que no distorsiona , solo devuelve lo que hay.

—No puedo seguir así. Después de lo de anoche… —respiro hondo, porque decirlo es más difícil que pensarlo— no puedo pensar en otra cosa.

Me giro hacia ella. Siento que me tiemblan un poco las manos, pero no las escondo. Lele merece la verdad entera . Y yo también.

—O lo clausuro todo de una vez por todas o hablo con él. Pero de verdad. Sin filtros. Sin bromas. Sin huir. Y luego… ya vemos qué pasa.

Lele asiente despacio y se levanta como si estuviéramos al borde de algo importante. Se acerca, me coge una mano y la aprieta.

—Entonces vamos a hacer que esa cena sea inolvidable. Y, si acabas llorando en los canelones …, prometo que serán los mejores canelones de tu vida.

—Sí . Necesito que sea perfecto, Lele.

—Lo será —me sonríe—. Entonces… ¿qué papel me toca a mí en esta superproducción?

Le devuelvo la sonrisa con esa complicidad que solo sobrevive entre amigas que han visto juntas todas las fases del apocalipsis emocional.

—Encargar mesa en la Trattoria dal Billy. Pero pide la mesa pequeña. La de la esquina. Donde nos sentábamos de pequeñas y el dueño aún nos llamaba le due reginette dei cannoli .

—Dios mío. Eso era antes de que supiéramos que el amor también engorda.

Nos reímos, pero el nudo en mi pecho no desaparece. Solo se acomoda . Como si supiera que ya no estoy huyendo, y eso bastara para que dejara de apretar.

—No, mira —cambio de opinión—. Pide mejor la mesa que está en el nivel superior, cerca del ventanal.

Es en la que siempre nos sentábamos Gian y yo porque tenía las mejores vistas.

Quiero que haya velas. Que el vino esté frío, pero no congelado.

Que la música no suene demasiado fuerte.

Quiero que todo esté en calma. Que el sitio nos abrace…

, por si nosotros no somos capaces de hacerlo.

Lele asiente, tomando notas en su iPad con rapidez.

—Puede que sea el final. O el principio. No lo sé. Pero esta vez quiero estar presente. Quiero mirarlo a los ojos y ver si aún hay algo que puede salvarse. O si solo estoy sosteniendo un fantasma que mi corazón se empeña en seguir amando.

Me acerco al escritorio. Acaricio la nota perfumada de la vecina como si fuera un amuleto torpe, absurdo y tierno. Me río, bajito.

—Quizá no estoy tan lejos de ella, después de todo. También tengo galletas rotas por dentro.

—Pero tú no necesitas signos de exclamación en rojo . Tú, aunque no te atrevas todavía a admitírtelo en voz alta, sabes lo que quieres.

Y, por primera vez, lo creo.

No asiento. No sonrío. No hago nada de eso . Solo miro por la ventana de nuevo. Observo cómo la Navidad se cuela por las calles empedradas, por las luces que parpadean incluso de día, como si supieran que existen cosas que necesitan iluminarse incluso cuando no hay oscuridad.

Tal vez hoy tengo las emociones tan al límite porque se cumplen tres años desde que la nonna Agnese ya no está.

O puede que no t enga nada que ver con la nonna .

Puede que, simplemente, esté exhausta de fingir que no me afecta lo que obviamente sí me afecta.

Que no me revuelve lo que me lleva revolviendo desde… , bueno , desde siempre. Desde él.

Pienso en las despedidas que no parecen despedidas.

En esa tarde en que me miró como si me dijera adiós, y yo no supe verlo.

O no quise. Porque a veces una prefiere pensar que ciertas cosas son pausas.

No finales. Que basta con aguantar la respiración para que lo que duele deje de doler. Pero no funciona.

Pero ahora sí lo sé. Ahora entiendo que fue algo. Que todo lo fue. Y esta cena, este último intento de hacer como que no me importa cuando me importa más de lo que quiero admitir… también es algo. No un gran final cinematográfico. Más bien un adiós que se parece peligrosamente a un hola.

No tengo la respuesta, pero esta vez quiero estar despierta.

No para predecir el final, sino para merecerlo.

Porque hay algo profundamen te valiente y estúpidamente hermoso en las segundas oportunida des.

En mirar a alguien sabiendo lo que se rompió y, aun así, elegir tenderle la mano.

Aunque tiemble. Aunque duela. Sobre todo si duele bien.

Y pue de que esta vez duela justo así . Como prometen las cenas de mi propia empresa.

Porque la Navidad me ha enseñado muchas cosas. Como que los finales no siempre son finales, sino comienzos con disfraz de despedida . Y que, bajo las luces que parpadean con descaro y mala leche, siempre hay un rincón para la esperanza.