Querida Srta. Santa Clausura 11. Gian #3
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11. Gian #3

Sonrío y ella se contagia. Y en esa sonrisa hay algo que me da miedo. Porque es antiguo. Y nuevo. Y peligrosamente reconocible.

—¿Dónde tiene el coche Lele? ¿La acompañamos? No quiero que se vaya sola.

—Está… por ahí —dice, haciendo un gesto tan amplio que podría abarcar desde el puerto hasta la luna—.

Bajando hacia el puerto, creo. Pero no me preguntes dónde exactamente, porque estaba oscuro, había cuestas, y yo iba demasiado concentrada quejándome del tacón izquierdo, que me está matando desde las cinco y diecisiete de la tarde, más o menos.

—Eso es muy preciso.

—Soy terapeuta. Precisión emocional y todo eso. Y no, no hace falta que la acompañemos. A Lele, digo. Su novio vive aquí, a dos calles, o a una, no sé. El caso: que vendrá a recogerla. Dormirá en su casa. Todo controlado.

—Vale.

—Y oye, no le tengas en cuenta lo de la copa del otro día. Lo de tirártela por encima, quiero decir . Fue un accidente. Bueno, un semiaccidente, con un leve componente pasivo-agresivo, pero sin mala intención.

—¿Leve? —Alzo una ceja .

—Sí. En el fondo, Lele es un encanto. De esas personas que hacen bizcochos de avena y los llaman «placer saludable», ¿sabes?

A mí eso me da entre envidia y sospecha.

Pero ella vive en paz. Que ya es bastante en estos tiempos.

Y además… te quiere. A su manera . Como a un primo que ha hecho cosas discutibles, pero al que no puede evitar querer igual.

—Lo sé —le digo, y mi sonrisa se vuelve más seria. Más honesta .

Empezamos a caminar. No nos tocamos, pero caminamos tan cerca que casi sí. Y ese «casi» quema.

Las callejuelas están en silencio, salvo por el murmullo constante del mar abajo , y alguna luz que parpadea en una ventana alta como un testigo distraído.

—¿Cómo estás? —pregunto. Por romper el hielo . Pero también porque me interesa.

—¿Ahora mismo o en general ? —responde, arqueando una ceja, mientras se abraza un poco más fuerte al abrigo como si eso pudiera protegerla del frío y de mí.

—Ambas.

—Vale… —Hace una pausa, luego suelta el aire con un suspiro cargado de sinceridad—.

Ahora mismo estoy a medio camino entre nerviosa, helada y ligeramente desorientada .

No por ti. Bueno, un poco sí. Pero también por todo esto.

Esta cena, este pueblo, este sitio con nombre de poema melancólico.

Que, si lo piensas, es una trampa emocional: te bajas del coche y ya estás dentro de una postal.

Y las postales son traicioneras. Parecen inofensivas, pero , ¡zas!

, nostalgia instantánea. —Se calla un segundo.

Lo justo para cambiar el ritmo de los pasos.

Para dejar que su voz se acomode en el aire—.

Y encima estoy segura de que se me ha corrido el rímel.

Aunque sea waterproof . Porque por mucho que lo pongan en el envase , nada es realmente a prueba de agua. Ni los ojos , ni los recuerdos.

No digo nada. Solo la escucho. Porque ella necesita hablar. Y a mí escucharla me ha salvado más veces de las que puedo admitir.

—¿Y tú? —pregunta , con una mezcla de curiosidad y desconfianza—. ¿Cómo estás tú ? Y no me digas que bien. Te conozco. O creo que todavía lo hago. Y eso no es una respuesta válida ni en formularios.

—Estoy… —me lo pienso un segundo — helado. Un poco más tranquilo ahora. Un poco menos postal , gracias a ti.

—¿Eso es bueno o malo?

—Muy bueno .

Asiente, y vuelve a haber silencio mientras seguimos caminando unos metros hasta que llegamos al coche. Me adelanto y le abro la puerta del copiloto.

—¿En serio me estás abriendo la puerta como si esto fuera una película francesa de los sesenta? ¿Dónde está la cámara oculta?

—No lo hago por cortesía. Lo hago porque el tirador de ese lado a veces se atasca.

—Mentiroso —responde al instante, ya sentándose —. Este coche está nuevecito. Si tuviera un solo fallo, aunque fuera que el limpiaparabrisas chirría una vez al mes, ya lo habrías devuelto con una nota sarcástica. Te conozco .

Sonrío mientras cierro con cuidado y rodeo el auto. Una vez dentro arranco, y el motor se enciende con una eficacia casi insultante. El aire caliente empieza a salir enseguida .

—Guau. Esto calienta más rápido que el horno de Lele .

Pero tampoco es difícil, porque el horno de Lele necesita tres horas para decidir si quiere ser horno —dice ella , aflojándose el abrigo como si acabara de entrar en un spa—.

Se lo compró de segunda mano a un señor que también vendía películas pirata, mandos de aire acondicionado sin pilas y un gato disecado.

Pero, claro, eso no se lo puedes decir, porque Lele desarrolla vínculos afectivos intensos con los electrodomésticos.

Su tostadora se llama Hugo. Y le da las gracias cuando no se le atasca el pan.

Veo de reojo cómo se sacude un poco el pelo y luego se recoloca como si estuviera en su propio sofá , y no en el coche de alguien a quien no ha visto en media década.

—¿Sabes qué me pasa? Me duelen los pies, me tiembla el estómago y tengo la sospecha razonable de que estoy haciendo el ridículo.

Lo cual , si lo piensas, está muy en mi línea.

Y, además —añade, levantando un dedo—, creo que tengo una ampolla en el dedo meñique del pie izquierdo.

Pero no pienso mirarla . Porque, si la miras, existe.

Y, si no la miras , es solo una posibilidad difusa, una hipótesis filosófica. ¿Ves? Supervivencia básica.

—Todo un oráculo contemporáneo —digo, sin dejar de mirarla de reojo.