11. Gian #2
El restaurante está más tranquilo. Tras los cristales se adivinan movimientos lentos, sombras que recogen copas o estiran sobremesas.
El bullicio ha bajado. Probablemente estén en los postres, o en esa fase del protocolo en la que alguien importante, con chaqueta de lino y sonrisa fija, empieza a hablar de dinero con la copa medio llena en la mano.
Me apoyo en la pared, junto a la entrada.
Manos en los bolsillos. Cabeza alta. Corazón…
, bueno, el corazón es otra historia. Saco el móvil.
Pantalla en negro . Ningún mensaje. Ninguna excusa.
Pero no me muevo. No puedo . Hay algo en el aire.
En la noche. En mí . Esa sensación que te aprieta por dentro como si el universo, por una vez, estuviera alineando algo a tu favor .
Como si, si espero lo suficiente, quizá aparezca una tregua .
Una señal. O ese abrazo que ninguno de los dos se atreve a pedir.
Y entonces la escucho. Pasos bajando por los escalones de piedra. Suaves, decididos. Como ella.
Me giro sin pensar. O, mejor dicho, me gira el cuerpo antes de que el pensamiento pueda alcanzarlo. Y la veo . Con su abrigo cruzado, las mejillas sonrojadas por el frío , o por el vino, o por el peso de haberme visto aquí.
Gia baja como si viniera directamente desde el pasado.
Como si el tiempo no le hubiera tocado ni un solo rasgo.
Preciosa. Increíblemente preciosa. Y se detiene frente a mí.
No demasiado cerca, pero lo justo para que el aire entre nosotros se cargue de algo.
De todo . Me mira como quien resuelve una ecuación complicada.
En sus ojos hay sorpresa, cautela y algo más.
—¿Qué haces aquí otra vez? ¿Me estabas esperando?
—Sí.
Sin excusas. Sin rodeos . Sin esconderme detrás de las típicas frases de manual para no parecer el que siente más.
—Vale. Pero… no lo entiendo. O sea, sí lo entiendo.
Más o menos. Bueno , no, no lo entiendo.
—Se pasa una mano por la frente—. Quiero decir, tú estabas con tus amigos, ¿no?
Te he visto desde una de las ventanas. Bueno, no a ti exactamente.
He visto a Luca, que es básicamente un semáforo con extremidades, así que he pensado: «Ahí estará Gian , seguro».
Lógica pura y dura. Y luego he supuesto que te habías ido.
Porque los he visto bajar a los tres por la calle de la farmacia y tú no estabas.
Así que me he dicho: «Vale, ya está. Gian se ha ido.
Ha hecho su aparición estelar y adiós muy buenas».
—Veo que has estado atenta —sonrío, sin poder evitarlo—. ¿Me estabas espiando, Gia?
—¡No! —dice tan rápido que parece que le hayan activado un resorte—. O sea…, sí . Vale. Un poco. Pero no espiando conscientemente. No con fines … estratégicos. Era más bien… observación casual. Curiosidad científica. Llamémoslo… vigilancia emocional preventiva.
La miro y me cuesta no reírme, porque solo Gia puede hacer que el verbo «espiar» suene como parte de un protocolo afectivo aprobado por la ONU .
—Pero da igual —sigue ella, atropellada, como si quisiera correr por encima de sus propias palabras—. El caso es que tú no te has ido. Estás aquí. Plantado delante de un restaurante del que, por cierto, te han echado educadamente hace como dos horas. Así que la pregunta es ¿por qué ?
Yo la escucho en silencio. Sin interrumpirla. Sin apartar la vista. Como si cada palabra suya fuera una constante vital que necesito medir para asegurarme de que sigue siendo ella . Que aún late. Que aún latimos.
—Porque quería verte.
Y entonces, por primera vez en todo el día, Gia se queda sin palabras.
La veo parpadear. Dos veces. Como si su cerebro estuviera revisando, sin éxito, su catálogo mental de respuestas apropiadas para una situación como esta: exnovio reaparecido, confesión bajo las estrellas y tensión sexual reactivada.
Hay silencio. Un tipo de silencio que solo aparece cuando todo lo que quieres decir se te atraganta en el pecho. Así que doy un paso más. Literal y emocionalmente.
—Y, si me dejas, me gustaría acompañarte a casa.
Se le escapa una risa. No una de verdad. No de esas que hacen eco en el pecho. Es una risa nerviosa, frágil, de las que suenan más a escudo que a humor. Una que sale como reflejo. Como si su cuerpo quisiera poner una almohadilla entre lo que acaba de oír y lo que eso implica.
—Ya…, lo que pasa es que… He venido con Lele.
Ya sabes. Bueno, no solo con Lele . Era una cena de trabajo, como te dije.
Con más gente. Muy formal. Muy de… servilletas de tela y postura recta.
Ella me recogió porque íbamos las dos y su coche tiene calefacción.
El mío lleva semanas arrancando cuando le da la gana, y hoy no le ha dado.
Así que… lógico, ¿no? —Se detiene un segundo, toma aire y sigue.
Porque claro que sigue—. Nada raro. No es como si hubiéramos planeado venir como el Dúo Dinámico.
Además, tú sabes cómo es Lele. Si hay algo organizándose, ella está en el centro.
Siempre. Es su deporte favorito. Pero no es…
, o sea, no es eso. No sé por qué te estoy explicando todo esto.
Si tú la conoces tanto como yo. O casi. Solo que…
—suspira, frunciendo el ceño —. Da igual. Es solo Lele.
—Justo por eso sé que no le importará en absoluto que te acompañe.
—Bueno…, eso habría que verlo. Lele se enfada si le tocan los chicles.
Imagínate si me voy con mi exnovio a medianoche , por Riomaggiore, bajo la luna, con toda esta estética de escena final de película italiana, dejándola plantada.
Le da un microinfarto. Literal. Acaba en urgencias con diagnóstico de traición aguda .
Me echo a reír. No puedo evitarlo. Ella también. Solo un poco. Pero lo suficiente para que el aire entre nosotros cambie. Se ablande. Se vuelva otra cosa.
—Solo quiero caminar contigo un rato —digo, más despacio, con una voz que se me escapa baja, como si no quisiera asustarla —. Llevarte a casa en mi coche, que tiene una calefacción increíble. Hablar contigo. Eso es todo.
Gia baja la mirada . Solo un segundo. Como si le estuviera preguntando al suelo lo que su cabeza aún no puede decidir. Cuando vuelve a alzarla, me mira como si estuviera abriendo una puerta que ha mantenido cerrada durante mucho tiempo.
—¿Y qué pasa si no sé si quiero que lo hagas?
El corazón me da un golpe. No de los buenos. Porque conozco ese tono. Lo he oído antes. En otra conversación. En otro diciembre. En otras palabras que también dolían. Y porque me cuesta la vida no abrazarla ahora mismo.
—Entonces me callo —le digo—. Y te acompaño en silencio. Hasta que lo tengas claro. O hasta que se te pase el miedo.
Ella parpadea, pero esta vez no parece nerviosa. Parece cansada. De fingir que está bien. De sostener cosas que pesan más de lo que debería cargar sola. De hacerse la fuerte, incluso cuando ya no hace falta.
—¿Y si no se me pasa?
—Entonces me sigues hablando así. Por los codos. Hasta que se te olvide que tenías miedo .
Una pausa, y entonces ella se ríe. No una risita nerviosa, como la de antes, sino de verdad.
Una que se le escapa como si no pudiera evitarlo, como si le saliera sin permiso desde un sitio profundo y agotado de fingir.
Y, joder, me desarma. Porque sigue siendo ella .
Detrás de todas esas palabras atropelladas.
Detrás de la lógica de emergencia que despliega cuando no sabe cómo sostener lo que siente.
Detrás del sarcasmo. Detrás de todo eso…
sigue estando mi Gia. Y yo, en ese instante, con el corazón encogido y los pies anclados al suelo, lo sé .
Lo sé con una certeza feroz, cálida y dolorosa: no he dejado de quererla. Ni un solo puto día de mi vida.
Me mira y el mundo, de pronto, se detiene. Las luces navideñas, esas que parpadean como si nadie las hubiera programado bien, se sincronizan por un segundo. Solo uno. Como si entendieran. Como si quisieran darnos una tregua . Un suspiro.
—Eres idiota —dice.
—Lo sé.
—Y un poco imbécil también.
—Lo sé.
—Bueno, un poco no. Muy imbécil . Y sigues oliendo a canela. De forma suave. Aunque no tenga ningún sentido. No has tocado una galleta, ni has pasado por una pastelería, ni llevas colonia nueva ni nada . Pero hueles a eso. A canela. A diciembre. A… Navidad .
—Vaya, eso es nuevo.
—No. Siempre has olido así. Aunque sea julio. O junio. O cuando sea. Lo cual, sinceramente , debería estar registrado como trastorno olfativo estacional.
Suspira y, por un instante, cierra los ojos. Y luego baja los escalones . Uno a uno. No con prisa. Tampoco con miedo. Con esa determinación caótica suya que parece frágil, pero que arrasa si se lo propone.
—Vale —dice al fin, rebuscando el móvil en el bolsillo del abrigo—.
Voy a avisar a Lele. No quiero que piense que me han abducido o que me he tirado al mar por culpa de un recuerdo emocionalmente disponible.
Que, con lo dramática que soy, no es tan improbable.
Y, además, como te he dicho hace un minuto, me ha traído ella en coche.
Así que , si desaparezco sin previo aviso, igual salgo en las noticias : «Desaparece joven terapeuta de parejas en plena noche ligur.
Se sospecha que huyó del pasado, o que fue absorbida por un túnel emocional no resuelto».
No sería el final más digno para mi currículum.
—No, pero tendría buena trama.
—Y portada en Vanity Fair , como mínimo.
Se le escapa otra sonrisa mientras intenta manejar el móvil y el abrigo que le resbala por el hombro al mismo tiempo. Yo no digo nada. Solo la miro. La miro como si fuera la primera vez que me atrevo a hacerlo de verdad .
—Ya está. —Guarda el teléfono—. Le he dicho que me voy a dar un paseo contigo. Que no es grave . Que no estoy poseída. Que sigo teniendo libre albedrío y todo eso. Creo que lo ha entendido. O no. Me ha contestado con un sticker de un ciervo llorando. ¿O era un reno? No sé. Iba con bufanda.