11. Gian
Gian
Querida Srta. Santa Clausura:
Tenía que escribirte. No porque necesite una respuesta (estos últimos años me han enseñado a manejarme bien con el silencio), sino porque tu carta me dejó ese cosquilleo peligroso que aparece cuando alguien acierta.
Tocaste un sitio que llevaba años cerrado.
Y no, no hablo solo del corazón. Hablo de ese punto exacto entre el pecho y la garganta donde los hombres guardamos lo que no decimos para no parecer vulnerables.
Tú no solo encontraste la llave, entraste sin hacer ruido y encendiste la luz.
Ordenaste un desastre que yo llevaba tiempo fingiendo que no existía.
Gracias por la desobediencia. Tiene algo tremendamente atractivo. Leer entre líneas es un arte; devolvérmelas con nombre propio, un golpe directo. Tenías razón: hay historias que no se clausuran, se desafían. La mía con Gia no necesita un cierre elegante. Necesita valor.
Lo del 8 de diciembre me dejó pensando. No es una promesa eterna ni un final feliz con lazo rojo.
Es una tregua. Una luz encendida en la ventana por si alguien decide volver.
Eso ya es más de lo que yo pediría. También dijiste algo más.
Que eso que admiro en ella vive en mí. No suelo comprar halagos tan fácilmente…
, pero quiero creerlo. Porque, si algo de su risa sigue pegado a mis costillas, entonces no todo está perdido.
Gracias por no esperar al momento perfecto. Por recordarme que hay confesiones que se dicen ahora o no se dicen nunca, que a veces los milagros no caen del cielo, se escriben, y que a veces el único idioma que importa es la verdad dicha a tiempo.
Abrazo virtual,
Gian
Nos sentamos en una mesa de madera sin mantel, de esas que te dejan marcas en los codos si los apoyas mucho rato.
La Osteria La Torpedine está encajada entre escaleras empinadas y callejones que huelen a sal , orégano y pan recién hecho.
El aire, además, ya va cargado de ajo, albahaca y parmesano.
Y juro que solo por ese olor ya ha valido la pena volver a Italia.
Las paredes de piedra viva están decoradas con lucecitas navideñas y, en una esquina, una pizarra anuncia con letra torcida: Polpo su crema di patate viola e Pumpkin cappuccino .
Parece una amenaza hípster, pero Enzo jura que está buenísimo.
Y, como él vive en Riomaggiore desde hace dos años y es de los que siempre cenan fuera de casa, decido creerle.
—Te juro que no lo vi venir —dice Luca, como si abriera una botella de limoncello helado y el vapor del pasado le diera en la cara .
Se inclina sobre la mesa, con los codos clavados al mantel de papel, como si aún no hubiese digerido del todo lo que va a contar—.
Estábamos en Vernazza. En la plaza. Vista de postal, turistas comiéndose la puesta de sol con el móvil… Y, de repente, la tía se arrodilla.
—¿Ella? —pregunta Marco, con la focaccia a medio camino entre el plato y la mandíbula, petrificado como si la historia hubiera saltado de la mesa a su esófago.
—Ella —confirma Luca—. Se arrodilla, me saca un anillo del bolsillo de la chaqueta y me dice: «No me apetece esperar a que te decidas. ¿Te casas conmigo o qué?».
Estallamos a carcajadas.
—La tía los tiene bien puestos —digo.
—¡Pero si tú ni siquiera sabías si querías tener perro! —salta Enzo, con la copa en alto, como si brindara—. ¿Cómo vas a saber si quieres casarte?
—Exacto. —Luca asiente con cara de haber perdido una apuesta consigo mismo—. Pero ahí estaba ella. Arrodillada. Tranquila. Mirándome como si supiera algo que yo no. Como si me estuviera diciendo: «Eh, cariño, se te está saliendo el alma por la fuga del fregadero . Espabila».
—¿Y tú qué dijiste? —pregunto.
—Que sí. Obvio. No iba a dejarla mal ahí, en medio de la plaza , frente a una señora alemana que lo estaba grabando todo en vertical.
Marco chasquea los dedos, teatral.
—Y así, niños , es como Luca pasó de ser un soltero irresponsable con una suscripción a Tinder Plus a un marito promesso .
Las risas siguen, pero Enzo lo mira con un poco más de atención. Esa mirada que atraviesa el sarcasmo como un cuchillo afilado.
—¿Pero estás contento? —pregunta. Sin sorna. Sin risas .
Luca se queda callado un segundo. Mira su copa. Luego a nosotros.
—No sé si estoy preparado. Pero sí estoy feliz. Que no es lo mismo. Pero… es algo.
Y ahí nos quedamos, en un silencio suave. Casi cómodo. Un silen cio que mastica a la vez que nosotros el pan , las ideas y esas confesiones que solo aparecen cuando el vino se acaba y la guardia se rinde.
Marco levanta la mano como si estuviera pidiendo socorro desde una balsa en mitad del Mediterráneo.
— Scusi! Il vino! —dice, con un italiano forzado—. Tres botellas. O cuatro. Que aquí hay uno que se ha prometido sin tener ni sartenes en casa.
—Y otro que va por su tercera ruptura en menos de un año —añade Enzo, alzando su copa invisible—. ¡ Por el amor moderno! Tan veloz, tan volátil, tan… ghosteable .
— Brindemos. —Alzo mi vaso de agua porque el vino aún no ha hecho acto de presencia—. Por la soltería voluntaria, involuntaria y…sorprendente.
—Y por los que huyen a Londres y no vuelven ni para pasar las fiestas con su madre —añade Marco, señalándome con la focaccia como si fuera una bayoneta cubierta de aceite de oliva.
—¿Ya estamos con reproches? —me defiendo, entre risas.
—¡Cinco años! ¡Seis meses! ¡Mil ochocientos y pico días! —insiste Marco, que es el drama personificado—. Nos dejaste tirados por una ciudad donde llueve en horizontal, tío.
—Y donde las pintas cuestan nueve libras —agrega Luca, santiguándose.
—Me fui por trabajo —replico, con ese tono que uno usa cuando repite una versión oficial por enésima vez.
—¿Y qué tal? —pregunta Enzo—. ¿Has conocido alguna londinense sexy que te haya devuelto la fe en la humanidad?
—¿ Rubia, ejecutiva, adicta al té y con trauma infantil ya resuelto? —añade Marco—. Porque esa es mi fantasía sexual, tío.
— Bueno…
—¡Lo sabía! —exclama Luca, alzando el puño como si acabara de ganar una apuesta—. ¿Y?
—Y… no era londinense. Era de España.
—¿Española?
—¿En Londres? —Alza una ceja Luca.
— Dios, entonces seguro que estaba buenísima —bufa Enzo.
—Lo estaba. Y además hacía la mejor tortilla de patata que he probado en mi vida. Eso cuenta doble, ¿no?
—Depende. —Luca entrecierra los ojos con severidad—. ¿La hacía con cebolla?
—Por supuesto.
—Entonces sí. Sigue.
—Vivía con dos gatos. Uno con sobrepeso.
El otro… tenía alma de hámster. Escuchaba reguetón en versión clásica para concentrarse.
—Me encojo de hombros, resignado—. Y tenía un superpoder: encontrar gangas en internet con una velocidad que desafiaba todas las leyes del comercio digital.
Te juro que una vez consiguió un bolso de Louis Vuitton por doce euros. Doce.
—Tío, así no es como uno habla de la mujer de su vida —resopla Luca.
Me encojo de hombros.
—Porque no lo era.
—¿Qué pasó? —se interesa Enzo.
—Pasó que a ella le van las mujeres. Y que a mí…, bueno, a mí no me interesaba ella. Ni ninguna otra.
—¿Por qué? —pregunta Marco.
—Por Gia, obviamente — suelta Luca.
No respondo. No porque no tenga respuesta, sino porque la tengo. Y está mejor guardada. Así que sonrío. Una de esas medias sonrisas de «cambiemos de tema antes de que empiece a doler».
Justo entonces el camarero aparece. Una mano sostiene la bandeja de embutidos. La otra, el vino.
— Cin cin —dice Enzo, levantando su copa.
— Alla salute —responde Marco.
Las copas chocan. Las risas regresan. Y yo sonrío también, porque estar con ellos se siente como volver a meterme en un abrigo viejo. Uno que aún huele a verano, a sudor compartido y a tardes que nunca terminaban.
No los he visto en años, pero todo parece igual.
O casi. Porque mi cabeza no está aquí. O no del todo.
Está arriba. En el otro restaurante. En otra mesa.
En otros ojos. En los de Gia, que ahora mismo debe de estar cenando con alguien —¿la alcaldesa ?
, ¿el cura?, ¿el rey de España?— en una velada institucional que huele a langostinos, luces blancas y sonrisas ensayadas.
Aquí , en cambio, las sillas crujen, el pan está templado y el vino empieza a correr con la misma soltura que nuestras tonterías.
Y nos reímos mucho. Porque así funcionamos.
Pero debajo de las risas hay algo. Una cosa sutil.
Una pausa minúscula entre comentario y comentario.
Esa clase de hueco en la conversación que no necesita ser rellenado porque todos sabemos lo que hay dentro.
Porque, aunque hayan pasado años desde la última vez que me senté a cenar con ellos, me conocen demasiado bien.
Y saben que si no he dicho su nombre no es porque la haya olvidado .
Es por respeto. O por miedo. O porque me da vergüenza admitir que todavía se me encoge el estómago cada vez que pienso en ella.
Me sirvo más vino, dejo que el cristal choque con el de ellos y los miro, uno por uno, con esa mezcla de cariño tonto y certeza incómoda que aparece cuando te das cuenta de que los que te conocen de verdad no necesitan que digas nada para saberlo todo.
Dos horas después, pagamos la cuenta. Al salir, el aire fresco me golpea la cara con esa suavidad de las cosas que no esperas. Me llena los pulmones de ese tipo de oxígeno que te recuerda que sigues aquí. Que, por ahora, estás vivo. Y más o menos en casa.
—Vamos a tomar algo —propone Enzo—. Conozco un pub nuevo que es la hostia. Y las camareras… Bueno, también son la hostia.
—Yo quiero ir al que pone música italiana de los noventa —dice Marco —. Mina, Laura Pausini…
—O veníos a casa de mi madre —suelta Luca—. Como en los viejos tiempos.
—Otro día. Estoy cansado —miento.
Ellos lo saben, pero, como buenos amigos, hacen lo único correcto: no decir nada.
Me despido con un gesto y echo a andar sin pensarlo demasiado. Mis pies me llevan lentos, sin preguntar, hasta la puerta del Dau Cila. Y no sé qué estoy haciendo. Solo sé que no quiero ir a casa. Todavía no. No sin volver a verla.