Querida Srta. Santa Clausura 10. Gia #3
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10. Gia #3

Mi corazón se detiene. No metafóricamente. Literalmente. Deja de latir un segundo y luego vuelve a arrancar como un coche viejo. Por suerte, Lele parpadea y, por primera vez en toda la conversación, interviene:

—No hace falta, pero gracias. Este no es el caballero al que esperamos.

Gian gira la cabeza hacia el camarero con una lentitud casi teatral.

—¿Tienes una cita esta noche?

Me río. O lo intento, porque lo que sale de mi boca es más bien un cacareo nervioso mezclado con tos de gato y una pizca de «socorro, estoy atrapada y no se me da muy bien improvisar».

—¿Cita? ¡No, no! ¿Yo? ¿Una cita ? Jamás.

Ya te lo he dicho, he venido con Lele . ¿Verdad, Lele?

—La señalo como si fuera una coartada de emergencia, pero su expresión sigue siendo la de una diosa vengati va contemplando mi miseria con un toque de Chardonnay—.

Es … una cosa tranquila. De trabajo. Muy profesional.

Y ultraconfidencial. Casi gubernamental, diría yo.

Ya sabes, papeleo, informes, gente importante con nombres impronunciables…

Suecos. O húngaros. O … puede que de Transilvania .

El punto es que no tiene absolutamente nada que ver con ninguna cita…

romántica. —Me río otra vez. Solo yo . El silencio que sigue es tan contundente que me golpea en la cara como un calcetín mojado—.

Lele… —La miro de nuevo, buscando en su rostro una migaja de humanidad , de compasión, de algo.

Pero no. La muy cabrona está disfrutando—.

Lele ahora trabaja conmigo. Pero seguro que no lo sabías.

No podías saberlo. Has estado fuera mucho tiempo.

Así que sí. Es una cena de empresa. Totalmente inofensiva.

Y aburridísima. Horriblemente aburrida. Con personas importantes, sí, pero… letalmente aburrida .

Me quedo ahí, congelada en mi mejor imitación de un ser humano funcional, sonriendo como si no acabara de improvisar la peor defensa desde los juicios por brujería del siglo xv .

Gian frunce el ceño con esa media sonrisa suya, la peligrosa.

Y, antes de que pueda abrir la boca y dinamitarme aún más, el camarero interviene con la precisión de quien ha visto suficientes telenovelas como para saber exactamente cuándo salvar a la protagonista de su propio colapso .

—Disculpe, señor. Me temo que esta noche estamos completos.

Teníamos una reserva privada cerrada desde hace semanas y no podemos añadir más mesas —le sonríe con amabilidad—.

Si le apetece algo especial, le recomendaría el Ristorante Dau Lila, en la piazza Vignaioli.

A cinco minutos andando. El chef hace una pasta al tartufo que vale cada paso.

Yo podría besar a ese hombre ahora mismo. En la boca. Con lengua . Y darle una propina de cien euros solo por salvarme .

Gian asiente, pero no se rinde, porque me mira. Luego al camarero. Luego vuelve a mí. Y otra vez al camarero. Está haciendo cálculos. Emocionales, logísticos, sentimentales. La duda le titila en los ojos como luces navideñas mal conectadas.

—¿Seguro que no hay sitio ni para una copa?

El camarero ni se inmuta. Campeón olímpico en la categoría de «mentira piadosa con elegancia».

—Ojalá pudiera decirle que sí, señor. Pero ni una silla libre. La cena privada requiere absoluta exclusividad y confidencialidad.

Me aclaro la garganta y sonrío, tiesa como un palo.

—Sí. Superconfidencial. Casi como una operación encubierta de la CIA , pero con canapés y servilletas dobladas en abanico .

Gian resopla.

—Vale. Está bien. No quiero entrometerme en ninguna conspiración internacional con… suecohúngaros.

—¡Exacto! —exclamo, demasiado rápido, demasiado entusiasta —. ¡Perfecto! Llama a los chicos, disfrutad muchísimo. Y no olvides probar la pasta con trufa. O la burrata. La burrata es… casi ilegal de lo buena que está.

Él se ríe. Luego saluda a Lele con una inclinación mínima.

—Lele .

—Gian —contesta ella, sin poder evitar esa sonrisa divertida.

—Adiós , chicas. Suerte con la cena.

Y ya está. Con una última mirada que se alarga solo un segundo más de lo que la ley del autocontrol emocional permitiría, se gira y se marcha escaleras abajo.

Yo me quedo en la entrada del restaurante, con las mejillas encendidas, el corazón rebotando como una rave en un ascensor y los suecohúngaros bailando una conga en mi cabeza.

—Ha estado cerca.

—Demasiado cerca —responde Lele, sin despegar la vista de su iPad—. Tienes treinta segundos para recomponerte. Los comensales reales están entrando por la puerta.

Asiento, me aliso el vestido como si el satén pudiera, de paso, alisarme también a mí por dentro , y respiro hondo, llenando los pulmones de responsabilidad y contención .

La Señorita Santa Clausura está de vuelta, y su clausura más complicada acaba de empezar.

Y no me refiero a la cena de esta noche, sino a la otra clausura .

La emocional. La que no aparece en el sistema de reservas ni se organiza con Lele tomando notas en su iPad color champán.

Ser consciente de eso me acojona.

Y también me hace querer quedarme sentada solo un minuto más .