Querida Srta. Santa Clausura 10. Gia #2
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10. Gia #2

—¿A hablar con él?

— Más o menos. En realidad, fui a cumplir una promesa que me hice a mí misma hace cinco años. Pedí una copa y se la lancé por encima.

Abro tanto los ojos que me duele la cara.

—Era necesario —se excusa, señalándome con el dedo índice.

—¿Era necesario?

—Absolutamente.

Me quedo boquiabierta.

—¿Qué? No pongas esa cara. Se lo merecía.

— Ay, Lele. ¿De verdad crees que eso ayuda en algo?

— A ver… —resopla—, fue un gesto simbólico. Un vaso de plástico, ecológico, incluso. No le hice daño. Fue más teatral que violento.

Silencio. No hay ni una mueca en su rostro, y eso me pone nerviosa. Muy nerviosa.

—Y, bueno…, no te enfades, pero después lo abracé.

Arqueo la ceja como si la hubiera escuchado mal.

—¿Lo abrazaste?

—Sí. —Baja la mirada por primera vez—. Le lancé la copa primero. Luego lo abracé. En ese orden.

—Estás de coña.

—Ojalá. Fue un abrazo raro. Uno de esos que no planeas.

Simplemente… pasa.—Hace una pausa. Traga saliva—.

Fue ese tipo de abrazo que dice: «No sé por qué estoy haciendo esto, probablemente no debería, pero lo necesito».

Porque también era mi amigo. Porque lo he echado de menos.

Y aun así… sigo odiándolo por cómo se fue.

Por cómo lo hizo. Por el daño que te causó.

Suelto un resoplido, aunque me pica algo en el pecho.

Envidia, tal vez. Porque a veces me encantaría poder ser como Lele .

Hacer lo que me pide el cuerpo sin pensar si está bien o mal, sin analizar demasiado si dolerá más después.

Simplemente hacerlo. Como ella, que se lanza a abrazar a mi ex con la convicción con la que otras personas eligen qué cereales comprar para desayunar.

Sin drama. Sin filtros. Como si sus emociones no pasaran por el comité de ética interno que yo arrastro desde que tengo uso de razón.

—Estás completamente desquiciada.

—Eso es exactamente lo que dijo él —me sonríe, y yo hago un esfuerzo sobrehumano por no devolverle la sonrisa, pero fallo. La curva se me escapa antes de que pueda frenarla—. Y luego hablamos de ti.

—¡Lele!

—No me grites. Le dije cosas útiles . Como que, si quiere una oportunidad, que se la curre . Que no basta con aparecer y poner cara de cachorro arrepentido, por muy mono que sea.

Me dejo caer en la silla como si acabara de atropellarme un trineo tirado por renos hormonados.

—¿Y tú quién eres ahora? ¿El oráculo navideño? ¿La terapeuta oficial de los fantasmas de las relaciones pasadas?

—No, pero soy tu mejor amiga. Lo cual, según el manual universal de la amistad femenina, es mucho peor .

Se hace el silencio. No uno de esos dramáticos y existenciales.

Es un silencio con Mariah Carey de fondo sonando con la fuerza de mil villancicos.

Lele agarra el menú de nuevo con la misma energía con la que yo agarraría una excusa para huir de esta conversación, señala lo primero que ve sin mirar y declara:

—Venga, no te enfades. Tú habrías hecho lo mismo.

Y lo peor es que sí. Probablemente sí.

—Vamos a comer algo con queso fundido, azúcar, o ambas cosas, y luego nos vamos directas al Dau Cila a asegurarnos de que todo esté perfecto antes de que Arianne tenga un brote de ansiedad por el ángulo de los servilleteros.

Porque, como vuelva a preguntarme si el tono del mantel es «hielo alpino» o «nieve virgen», me tatúo un copo de nieve en la frente y me rindo ante el espíritu navideño. Con clavos, incienso y lágrimas.

El sol empieza a esconderse tras las montañas, con su luz estirándose en destellos dorados que acarician las fachadas en tonos pastel de Riomaggiore.

El pueblo entero parece una postal navideña cuidadosamente retocada, de esas que uno encuentra al fondo de un cajón y no puede tirar porque le recuerda a algo bonito que no sabe nombrar .

El Dau Cila está al borde de la roca, desafiante frente al mar que ruge debajo.

La terraza flota sobre el pequeño puerto, y en el aire hay un aroma a albahaca que te hace sentir como en casa.

La mesa para la señora De Luca está preciosa.

Impecable. De catálogo. De boda real. Velas altas y delgadas, cristalería impecable (sin una sola marca de dedos) y cubiertos que brillan como si acabaran de salir de la fábrica.

Todo está perfecto. Milimétrico. Inmaculado. Ni una arruga ni un error.

Lele le echa un vistazo rápido y asiente con ese tipo de mirada que ha hecho temblar a diseñadores de eventos en tres continentes y un archipiélago. El maître se acerca , sonrisa profesional incluida, y nos promete discreción y eficiencia. Todo va exactamente como debería.

Hasta que lo veo.

O, más bien, hasta que él me ve a mí.

Gian se queda congelado en mitad de la puerta, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa en su mando a distancia.

Una ceja alzada, la boca entreabierta, esa mirada que mezcla confusión, reconocimiento y un destello de algo que prefiero no analizar demasiado.

Porque, si lo hago, puede que me explote el corazón.

O el ego. O la dignidad, que a estas alturas ya está hecha confeti.

Entro en modo pánico, también conocido como hablar igual que si estuvieras en un concurso de velocidad verbal y el premio fuera la cuenta bancaria de Elon Musk.

—¿No crees que esta mesa está… demasiado simétrica?

O sea, mira las velas. Están alineadas con los cubiertos de una forma que me hace sentir observada por una deidad del orden.

Nadie en la vida real pone los cubiertos así.

Es perturbador. Es como si estuviéramos organizando una cena para androides de diseño escandinavo.

Deberíamos mover la sal un centímetro a la izquierda.

Por salud emocional. Por humanidad. Por romper el ciclo opresivo del equilibrio perfecto…

Lele no se inmuta. Ni parpadea. Solo alza una ceja sin despegar los ojos de su iPad, como si estuviera viendo una comedia y yo fuera el personaje secundario que no va a sobrevivir al primer acto.

—Gia.

—¿Hum …?

—Respira.

Su tono es neutro. Casi clínico. Como si supiera que estoy a dos frases más de empezar a hiperventilar en una servilleta.

—Estoy respirando. Claramente estoy respirando.

Solo que también estoy hablando. A la vez.

¿Ves qué habilidad? Esto debería ir en mi currículum: «Capaz de verbalizar diarreas emocionales en contextos de extrema presión mientras organiza cenas con potencial de destrucción psicológica masiva».

Un talento, honestamente. Infravalorado.

Deberían reconocérmelo . A lo mejor lo podemos incluir en el Libro Guinness de los récords …

Gian sigue ahí. En el umbral. Mirándome con esa intensidad que solía preceder a un comentario que me desarmaba.

Lleva un abrigo gris, unas zapatillas blancas impolutas y esa media sonrisa torcida.

La que usaba cuando sabía que me iba a salvar el día.

Y yo, esta noche, aquí, soy la organizadora fantasma.

La sombra profesional detrás de la Señorita Santa Clausura.

La mano invisible que lo orquesta todo con discreción, eficiencia y cero implicación emocional.

Y, sobre todo, la que no puede, bajo ningún concepto, ser reconocida como Gianna Bellini, la examiga de la infancia , la exenamorada silenciosa y la actual organizadora de su final (o lo que sea) sentimental.

Ah, la ironía. Siempre tan sutil como un reno embistiéndote.

—¿Gia?

Me doy la vuelta tan rápido que oigo crujir algo en mi cuello . Algo que antes estaba bien y ahora ya no.

—¡No ! —respondo, demasiado alto. Demasiado rápido.

Demasiado todo. Lele me lanza una mirada fulminante por encima del iPad, e intento recomponerme .

O fingirlo. Lo segundo parece más realista—.

O sea…, sí . Sí. Yo. Gia. ¡Sorpresa! Qué sorpresa tan…

sorprendente, ¿no? Aquí estoy. Voy a cenar.

Con Lele. Cosas de la vida . ¿Y tú? ¿Has venido a cenar…

solo? ¿Acompañado? ¿Con una novia nueva, tal vez?

Lo digo sonriendo. O algo parecido a una sonrisa.

Con los labios estirados como si estuviera posando para una foto que no quiero conservar.

Y Gian parpadea. Luego ladea la cabeza, como si intentara descifrar si me he vuelto loca, si estoy sufriendo un microinfarto, o si simplemente he alcanzado un nuevo nivel de nerviosismo humano . Un nivel Gia, por así decirlo.

—Solo he venido a ver si hay sitio para cenar. He quedado con los chicos. —Se encoge de hombros con naturalidad, como si su mera presencia no acabara de lanzarme un meteorito emocional directo a la cara—. Ha sido idea de Nico. Ya sabes cómo se pone con las luces navideñas.

Lanzo una mirada de socorro tan desesperada a Lele que, si las velas fueran empáticas, habrían implosionado.

Pero no. Ella ni se inmuta . Solo me devuelve la mirada con una serenidad tan calculada que me dan ganas de lanzar un servilletero.

Y los camareros, pobres almas inocentes, interpretan mi expresión de emergencia existencial en curso como una señal para acercarse.

—Buenas noches, señorita . ¿Desea que acompañemos al caballero a la mesa de la sala privada?