Querida Srta. Santa Clausura 10. Gia
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10. Gia

Gia

Querida Srta. Santa Clausura:

Este año no quiero regalos, ni paz, ni amor. Este año quiero UNA CENA DE CLAUSURA. Sí, con mayúsculas, con postre y con salida de emergencia.

La quiero para mi (ex)novio, al que acabo de pillar redecorando la Navidad con su compañera de trabajo. Y las únicas bolas visibles que había son las que tiene él colgando.

Así que te pido por favor una mesa para uno.

Para él. En la trattoria más solitaria del universo.

Y, si puede ser, sin cobertura. Ni wifi.

Ni humanidad. Yo no quiero estar presente porque, sinceramente, me echaría a llorar.

O lanzaría cosas. Pero sí quiero grabar un discurso.

Que lo escuche. Que le saque los colores.

Que le deje claro que él y «la becaria» juntos no tienen ni la mitad de luces que el árbol de mi casa.

Y quiero que, cuando lo oiga, haya alguien tocando el violín en directo.

Algo dramático. O mejor: una versión instrumental de «All I Want for Christmas Is You», pero con trompetas.

Gracias por el servicio. Gracias por existir. Y, si alguna vez se te ocurre abrir un departamento de venganzas festivas con encanto, cuenta conmigo.

Con furia navideña,

Antonella L.

¿Cuenta como clausura exitosa si nadie lanza cubiertos, pero hay lágrimas discretas y un brindis con Dom Pérignon sin mencionar al recién exmarido ni una sola vez? Porque si es así, entonces, misión cumplida .

La cena de Ludovica fue un triunfo. Mejor dicho, un espectáculo perfectamente orquestado.

Ni una nota fuera de tono. Una mezcla exacta de reconciliación con la propia dignidad y de desfile de alta costura emocional.

Hubo velas, hubo violines, hubo discurso y, por supuesto, hubo fotos en blanco y negro para Instagram con pie de foto críptico tipo «Algunas etapas se cierran con una copa.

Otras, con coraje. Gracias, Srta . Santa Clausura, por hacerlo perfecto».

Ella estaba encantada. Brillaba. Flotaba en seda.

Se despedía de una etapa con más glamour que tristeza, y eso, para Ludovica Bertinelli, es lo más parecido a la felicidad.

Y el marido también se fue encantado, claro.

Aunque juraría que esa lágrima emocionada tenía más que ver con el Barolo de reserva que con el cierre sentimental.

Y con esa pasta gansa que le cayó al firmar el divorcio.

Que, seamos sinceros, emociona más que cualquier discurso con violín de fondo.

Fue tan excesivo y perfecto que por un momento creí que todo estaba en su sitio.

Que yo también. Que, al menos por una noche, volvía a ser solo la Srta.

Santa Clausura. La experta. La que escenifica despedidas sin romperse.

La que observa las rupturas ajenas como si fueran coreografías bien ensayadas donde nadie olvida su texto.

Lo curioso de dedicarse profesionalmente a los finales es que, de pronto, la vida te lanza uno en primera persona.

Sin ensayo. Sin guion. Sin plan de fuga.

Y, encima, con el público ya sentado, esperando a ver qué pasa.

Así que ahora me toca organizar el mío propio.

Si es que esto es un final , que todavía no lo tengo claro.

Quizá es un intermedio largo. Un fundido a negro con pausa dramática.

O la típica escena de película en la que todo parece acabado , pero…

, ¡sorpresa!, la cámara gira y ahí está él, con un ramo de rosas y la sonrisa más bonita del mundo.

Gian quiere que nuestra cena sea el día ocho .

Sabe que es uno de mis días favoritos del año , y eso me emociona y me cabrea a partes iguales .

Porque me conoce demasiado. Porque sabe que ese día estoy más receptiva.

Más abierta. Más feliz. Aunque en los últimos cinco años no haya vuelto a sentir lo mismo que cuando lo celebraba con él.

El ocho siempre fue nuestro día. Significaba luces en las ventanas, pan dulce robado de la cesta de la nonna y el olor a vino caliente escapando de la trattoria de la esquina.

Risas con los dientes manchados de chocolate y promesas que entonces parecían eternas.

Era el único día en que, incluso de niños , nos dábamos tregua.

Aquel en el que mi corazón testarudo , dramático y orgulloso, bajaba la guardia sin pelear demasiado. Y Gian, por supuesto, lo sabe.

Y aquí estoy yo, con el calendario clavado en el alma y sin saber si ir, si arreglarme, si maquillarme como quien se pinta una coraza, o si meterme debajo del edredón con la dignidad en modo avión.

O si, sin más, pedirle a Lele que me secuestre, me esconda en un armario y tire la llave al mar.

Preferiblemente con dramatismo y efectos especiales .

—¡Gia!

Hablando de la reina de Roma, Lele cuelga su llamada y entra en el restaurante como quien intenta parecer casual, pero viene envuelta en una tormenta emocional nivel cuatro , con tacones de aguja con los que se tortura siempre por voluntad propia.

—No.

—¿Cómo que no?

—Sea lo que sea, no. No estoy emocionalmente disponible. Estoy ocupada siendo funcional . Así que no me distraigas.

—Llevas diez minutos mirando la carta. Literalmente has leído trofie al pesto tres veces.

—Y tú tienes unas ojeras que piden vacaciones. ¿A qué hora te acostaste anoche?

Chasquea la lengua, se quita las gafas de sol y me clava su típica mirada de «no empieces».

—Tarde. Fui a celebrar el éxito de la cena de Ludovica. Con unas copas.

—¿Tú sola?

Alzo una ceja , muy a lo CSI: Manarola . Lele me responde con una mirada fija. Cinco segundos. Seis. Siete. Ocho. Pestañeo yo primero .

—Estamos en horario laboral, así que vamos a hablar de trabajo. Y luego, si me sigues cayendo bien, te cuento lo otro —suelta, y después señala su móvil—. Estaba hablando con la señora De Luca. Dice que ya está de camino a Riomaggiore.

Suelto un suspiro. Largo, dramático, digno de un piano en fa menor.

Ni siquiera levanto la vista del menú del restaurante Cappun Magru, donde intento convencerme de que he venido a comer y no a pensar en el caos que me espera esta noche.

Una cena con ruptura anunciada y tensión garantizada.

Como un especial de Navidad con exsuegros, pero sin el filtro bonito de Instagram.

— Pero ¿por qué? Si no son ni las dos.

—Estamos hablando de Arianne De Luca, Gia.

La de la carta que empezaba con «Querida Srta.

Santa Clausura: Mi marido y yo llevamos quince años durmiendo espalda con espalda, y ya ni me acuerdo de cómo suena su voz cuando no está gritando goles.

Llevo dos años sin un orgasmo. ¡Quiero que todo sea perfecto!

Porque, o me voy follada de esa cena, o me divorcio para siempre».

Alzo las cejas. Sigo sin mirar el menú.

—Eh… Ya. —Me tapo la cara con las manos, como si pudiera de­sa­parecer detrás de mis dedos—. ¿Por qué atraigo este tipo de energía sexual desesperada? Yo solo quería clausuras simbólicas con vino blanco y playlists navideñas ñoñas, Lele.

Ella se encoge de hombros, encantada de la vida, y me lanza una sonrisa socarrona.

—Porque nadie más en este planeta sería capaz de combinar servilletas de lino con lubricante con sabor a cereza escondido en la hielera… y hacer que funcione.

Sonrío ampliamente. Tiene razón.

— Gia, su todavía marido llega en tren a las seis. Arianne va a llegar mucho antes. Y ha pedido ver el espacio, los platos, el centro de mesa y el color exacto del mantel. Esta cena va a ser de las complicadas.

—Pero lo tenemos todo preparado, ¿no?

—Sí, creo que sí. Confirmado el menú degustación de seis tiempos en Dau Cila, mesa privada con vistas al mar, músicos discretos en acordeón y piano, y la mesa decorada con ramas de eucalipto y flor de algodón como ella pidió. —Lee rápidamente en su iPad—. Todo blanco y gris. Como su matrimonio.

—Poético —sonrío—. ¿Y el postre?

—Tiramisú deconstruido. Porque, y la cito textualmente, «mi vida también se ha deconstruido y quiero que el postre acompañe».

—Me cae bien —me río.

— A mí también. Pero creo que esta noche va a llorar. O a lanzar algo. Posiblemente las dos cosas.

Nos reímos. De esa forma breve y nerviosa que solo conocen los que trabajan con emociones ajenas y saben que a veces lo único que los salva es un buen chiste a tiempo. Y entonces, sin transición, Lele se sienta a mi lado, me quita la carta de las manos y me mira con los ojos entrecerrados.

—¿Cómo estás?

Me pilla tan desprevenida que casi me atraganto con el silencio.

—¿Has dormido? ¿Has soñado con Gian otra vez? Quiero saber ese tipo de cosas.

Dejo escapar un suspiro antes de contestarle.

— He soñado que le enviaba una carta llena de brillantina vengativa donde le decía que me había hecho tanto tanto daño que no pensaba perdonarle en la vida.

Jamás. Ni aunque bajara el Niño Jesús a pedírmelo de rodillas.

Y luego me he despertado con los ojos pegajosos —añado, como si eso fuera lo más normal del mundo—.

Porque, al parecer, lloro hasta en sueños.

Así que sí. Técnicamente he dormido. Mal. Pero he dormido.

Lele se acerca y me aprieta el brazo con suavidad. Como cuando no sabe si abrazarte o darte un chute de adrenalina.

—Gia, tienes derecho a estar hecha polvo. Y a echar uno, si me preguntas a mí. Llorar es muy sano, pero follar es mucho más divertido.

—No tengo tiempo —resoplo—. Ni para estar hecha polvo ni para echar uno. Tengo cenas. Clausuras. Señoras desesperadas con vestidos preciosos que necesitan una cena definitiva antes de que acabe el año. No puedo colapsar entre semana. Y mucho menos en diciembre.

Lele me mira con esa ceja levantada que huele a bomba.

—Vale. Mierda. ¿Sabes por qué tengo estas ojeras?

—¿Porque saliste a celebrar el éxito de la cena de Ludovica con sexo salvaje?

—Ojalá…, pero no.

—¿Entonces?

—Leo, el camarero del Nessun Dorma, me llamó anoche. Y… me dijo que Gian estaba allí. Solo. En la barra.

Me cruzo de brazos. Su impulsividad me da más miedo que una inspección de sanidad en plena cena.

— Déjame adivinar: fuiste, ¿verdad?

—Por supuesto.