8. Gian #3
—No te emociones. —Me da dos palmadas en el pecho—. Esto ha sido por motivos estrictamente navideños. Espíritu, redención, esas cosas.
—Claro —sonrío—. Muy litúrgico todo.
Me paso la mano por el pelo empapado. Ella hace una mueca.
— Estás guapetón, por cierto. Una pena lo de la gestión emocional.
Me río.
—Estoy trabajando en ello.
—Más te vale. Porque, si vuelves a hacerle daño, la próxima vez no será ginebra. Será algo inflamable.
La miro y, por primera vez en toda la noche, siento algo que no es culpa. Es posibilidad.
—¿Una copa? —pregunto, señalando la barra—. Yo invito.
—Hecho.
Nos sentamos. Pido lo de siempre. Ella pide vino. Tinto, sin florituras.
—Sin nombres pretenciosos. Y que no sepa a frutas del bosque. Si quisiera fruta, me pediría un yogur —le suelta al camarero, que parpadea sin saber si reírse o pedirle perdón por existir.
No brindamos. Solo chocamos miradas y bebemos a la vez. Como si nunca hubiéramos dejado de ensayar eso.
—¿Sabes que se ha hecho un tatuaje? —lanza, con la suavidad de quien deja caer una granada.
—¿Gia?
—No, la Virgen María. Claro que Gia, imbécil. Una estrella en el tobillo. Dice que le recuerda que siempre hay un norte. Incluso en la oscuridad.
Me quedo en silencio. Pese a que nunca le han gustado los tatuajes, eso es tan ella que siento algo incomodo en el pecho.
—Muy Gia —murmuro.
—Profunda, dramática y convencida de que el universo le manda señales personalizadas. Como si Nietzsche hubiera decidido reencarnarse en una mujer guapísima y emocionalmente intensa. Qué envidia, la verdad.
Intento sonreír. No me sale del todo.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
—Espectacular. Divina. Salgo con un empresario medio gilipollas que pronuncia «bitcoins» como si alcanzara un orgasmo cerebral cada vez que lo dice.
Mi vecina cree que le he robado el gato.
No lo he robado: el gato me eligió. Ahora vivo escondiéndolo como si fuera contrabando felino.
Estoy radiante. Estoy en mi mejor momento .
—Lele…
—Estoy bien, Gian. El tipo me lleva a sitios caros, folla estupendamente y el gato no me abandona por mudarse a otro país. Gestión emocional básica.
Me atraviesa con la mirada.
—Pero tú no estás bien. Tienes cara de haber visto tu vida pasar en cámara lenta y con banda sonora triste. Tres temporadas seguidas.
Me froto la cara .
—¿Me creerías si te dijera que la echo de menos ? ¿Que Londres no es solo frío? Es… vacío. ¿Que ninguna estrella me devuelve el norte si ella no está?
Lele me observa como si pudiera abrazarme y demandarme en el mismo movimiento. Luego resopla.
—Eso, en una peli, quedaría precioso . Lo admito.
Plano cerrado, música de piano, tú llorando en la lluvia y ella bajando de un taxi sin paraguas .
Lo compro. —Se inclina un poco hacia mí—.
Pero aquí estamos en la vida real, Gian.
Y, en la vida real, la lluvia no perdona y los taxis cuestan una pasta.
Si vuelves, hazlo fuerte. Con hechos. Con huevos.
Con algo que no huela a «me siento solo» ni a frases dignas de Pinterest.
—¿Cómo?
—Como alguien que se ha roto la cabeza pensando cómo arreglar lo que rompió. Porque ella… —baja la voz— todavía cree en los milagros, Gian . Sobre todo en Navidad. Lo que pasa es que ya no los espera de ti.
Y ahí está. El bofetón con guante de terciopelo.
—Joder, Lele. Duele.
—Pues claro que duele, pedazo de besugo. —Me da un manotazo suave en el brazo—. ¿Tú qué pensabas? ¿Que el amor es una excursión organizada? ¿Acaso crees que Mia Thermopolis Renaldi, princesa de Genovia, y Nicholas Deveraux no lo pasaron como el culo antes del final feliz?
—¿Acabas de compararme con Chris Pine ?
—No. Chris Pine es un santo y no desaparece cinco Navidades seguidas. Y, aunque francamente sí que os dais un aire, tú tienes más cara de cachorro triste. Eso es un punto a tu favor.
Nos reímos. Solo un poco . Lo justo para respirar. La herida sigue abierta, sí, pero por un momento parece que escuece menos. Incluso pedimos otra ronda.
—Sorpréndeme —le dice ella al camarero—. Tráeme ese licor que huele a casa de abuela italiana y decisiones cuestionables .
Cuando llega el licor, lo huele con solemnidad.
—Esto sabe a sobremesa y traumas familiares. Perfecto para hablar de Gia .
Suelto una carcajada antes de negar con la cabeza, pensando en que no tiene remedio.
Y, entonces, sí, hablamos de ella. De sus veranos con olor a protector solar y helado derretido.
De las veces que se reía tan fuerte que asustaba a las gaviotas.
De aquella locura en la que convenció a todo Manarola de que debían encender las luces de Navidad en julio, y salió en bata cantando villancicos con una piña en la mano y un gorro de Papá Noel a treinta grados a la sombra.
Luego hablamos de nosotros. De GiGi. Del antes. De lo bonito . Y por un momento me olvido de todo lo que salió mal, y me acuerdo de cómo era. De cómo nos mirábamos. De cómo, por un rato, éramos todo lo que necesitábamos.
Cuando salimos del bar, el cielo empieza a clarear. Esa luz azul que no es noche ni día . Lele se ajusta el abrigo y se gira para irse . Sus tacones repican sobre el suelo mojado con un ritmo firme, casi teatral. Pero a mitad de paso se detiene .
—Llévales algo a los perros —dice sin mirarme—. Les habla de ti cuando cree que nadie la oye.
Eso sí me atraviesa.
—Y, si la ves de nuevo…, piensa bien lo que vas a decir. Porque si la cagas otra vez, Giancarlo Di Laurentis…
—¿Me tirarás otra copa encima ?