8. Gian #4
Entonces se gira. Me mira. Y en esos ojos que conocen todas mis versiones está la más brutal de las respuestas.
—No, Gian. Ya no tendrá remedio.
Y se va . Con sus pasos firmes y la certeza absoluta de que , incluso cuando parece que te quiere matar, Lele siempre está cuidando. Se va como quien ya ha hecho su parte . Como quien sabe que ahora la historia ya no le pertenece.
Cuando llego a casa son casi las cinco de la madrugada.
Manarola duerme. Todo está en silencio, envuelto en ese murmullo constante del mar que lo cubre todo, incluso los pensamientos que no quieres tener.
Me quito la camisa , tiro las llaves sobre la mesa y me dejo caer en el sofá como si llevara semanas sin tener permiso para sentarme. Miro el móvil por inercia. Y ahí está .
Un nuevo mensaje de la Srta. Santa Clausura.
El corazón me golpea el pecho. Abro el correo con dedos menos firmes de lo que me gustaría admitir. Y empiezo a leer.
Querido Gian:
Tenía pensado enviarte primero la carta para Gia, dejar que la revisaras y después hacerla volar con un lacito rojo puesto. Pero te leí. Y se me estropeó el protocolo.
Así que voy a hacer algo ligeramente irresponsable: escribir yo directamente.
Sin filtro. Sin borrador aprobado. Sin casco de seguridad emocional.
Y hacerlo como se hacen las cosas importantes: sin intermediarios y con el corazón en la mano.
Porque hay cartas que no se tramitan. Se sienten .
Y esta, de alguna forma, también era para ti.
No como encargo, sino como respuesta. Como guiño.
Como sorpresa. Después de todo, algunas historias merecen una dosis de desobediencia navideña .
He leído tus palabras varias veces. No por obsesiva (que también), sino porque contigo no basta una sola lectura. Lo que escribes no se pasa de página: se queda haciendo eco.
Podría empezar por cualquier rincón de tu carta, pero voy a ir a lo esencial: gracias.
Gracias por no disfrazar lo que duele. Por no convertir el pasado en una versión editada apta para cenas familiares.
Por mirar atrás sin gafas de sol cuando lo fácil sería bajar la persiana y culpar al calendario.
Diciembre tiene esa manía de llenarlo todo de luces por fuera mientras por dentro hay habitaciones a oscuras.
Y tú, en lugar de fingir que todo brilla, encendiste la linterna.
Eso no es poca cosa . Eso es valentía envuelta en papel sin purpurina.
Y ahora voy con lo que probablemente te tiene en vilo desde que escribiste: el 8 de diciembre.
Cinco días. Una cena . Manarola iluminada, olor a castañas, fuegos artificiales reflejándose en el mar y una trattoria con vistas lo suficientemente bonitas como para que hasta el rencor se sienta fuera de lugar .
¿Precipitado? Puede. ¿Necesario? También.
Pero a veces lo que parece impulsivo lleva años esperando turno.
(Y además, entre tú y yo, no se me ocurre un lugar más adecuado para una posible tregua navideña que una trattoria con vistas al mar, bajo un cielo lleno de luces artificiales y miradas reales).
Voy a proponerle esa fecha. Pero no como quien promete finales felices con garantía incluida.
No se trata de borrar el pasado en una noche ni de reconstruir el futuro con una servilleta y un brindis.
Es solo un gesto. Una mano extendida. Un «estoy aquí» dicho sin orgullo y sin ultimátum. Y eso, Gian, ya es enorme.
Me has pedido una carta con un tono honesto para ella , pero déjame que lo utilice también contigo.
Dices que te hacía reír incluso cuando estabas enfadado.
Que ponía nombre a los gatos callejeros.
Que convertía la Navidad en una excusa para querer más fuerte.
Y todo eso suena a ella , sí, pero también suena a ti.
Porque uno no se enamora de cualidades que le son ajenas.
Se enamora de espejos. Y tú, aunque te hagas el escéptico elegante, llevas dentro exactamente esa misma capacidad de querer sin medias tintas . Solo que la escondes mejor.
Dicho esto, mañana mismo enviaré la carta.
Sí. Sin más vueltas. Porque ya no hace falta esperar a que suene la música perfecta ni que el árbol tenga todas las luces encendidas.
Tu carta está viva. Y las cartas vivas no se guardan.
Se sueltan . Ella sabrá qué hacer con cada palabra.
O no, pero eso ya no te pertenece. Lo importante es que tú has hablado y lo has hecho sin esconderte detrás del silencio.
Que es cómodo, sí. Pero no sana. Solo aplaza .
Por cierto, este encargo va por mi cuenta.
Sí, gratis . Es mi regalo de Navidad para vosotros.
Mi pequeño acto de cursilería navideña controlada.
Considera que me has tocado una fibra que ni el turrón ni el espumillón logran alcanzar .
Y eso, créeme, no lo consigue cualquiera.
Así que la carta volará. Y mi regalo también.
Con cariño (y «Underneath the Tree», de Kelly Clarkson, sonando de fondo, por si no quedaba claro que tengo alma de playlist navideña),
Srta . Santa Clausura