8. Gian #2
Lo cierto es que en Londres todo fue estímulo al principio.
Trabajo nuevo. Horarios que me hacían sentir importante.
Pubes con moqueta que huelen a historia rancia y cerveza tibia.
El maldito té a l as cinco como si eso arreglara algo.
Pero a la semana empezaron a dolerme los días.
Los domingos sobre todo. Los martes también.
Cualquier día en que veía algo bonito y no podía girarme para decirle: «Mira esto».
Cualquier noche en que nadie me decía que estaba comiendo fatal o que cómo era posible que todavía confundiera el nombre de su tía abuela.
La ausencia no hace ruido al principio. Luego empieza a morder.
Y, aun así, no la llamé. No volví. No porque no la quisiera.
Precisamente porque la quería. Pensé que estaba haciendo lo correcto.
Lo adulto . Lo responsable. Ese gesto supuestamente heroico de dejar libre a quien amas cuando crees que no puedes darle lo que merece.
Qué fácil suena cuando lo dices así. La verdad es menos bonita.
Y la mía era que no quería que me esperara.
No quería que se quedara atada a mis horarios imposibles y a un mapa con kilómetros de por medio.
No quería repetir una historia que ya había visto romperse demasiado pronto.
Lo que nunca le he dicho a nadie es que yo ya viví el amor a distancia.
Desde el otro lado. Mis padres lo intentaron.
Dos ciudades. Cartas que llegaban tarde.
Llamadas que se cortaban justo cuando alguien iba a decir algo importante.
Y cuando se rompió… se rompió del todo. Por eso las despedidas largas me dan alergia.
Los trenes que prometen volver pero no fijan fecha me dejan un dolor en el pecho que no se va nunca.
Un dolor que aprendí demasiado joven . Así que hice lo que mejor sabía hacer: cortar antes de que doliera más. Solo que dolió igual.
Y pensar en todo esto, a las tres de la mañana, no ayuda.
Por eso estoy en el único sitio del pueblo que sigue despierto cuando el resto finge dormir: el Nessun Dorma.
Luces bajas. Aire salado. Turistas borrachos riéndose más alto de lo que la lógica permite.
No puedo quedarme en casa. Es insoportable estar a solas con lo que siento.
Porque cuando me quedo quieto, cuando no hay ruido alrededor…
, la echo de menos de una forma que me deja sin aire.
Me he refugiado en una esquina con una birra tibia y demasiadas cosas sin resolver.
Estoy en ese punto en el que ya no bebo por gusto , sino por repetición mecánica.
La cabeza gira en círculos como un ventilador roto: mucho ruido, cero avance.
La música suena . La gente ríe. Yo estoy en demolición interna.
Y entonces , sin previo aviso, el universo decide que ya he tenido suficiente introspección. Un vaso entero me cae por encima. Frío . Pegajoso. Cítrico. Con ginebra. Y con una intención clarísima de humillar.
—¡¿Pero qué cojones…?!
Me levanto de golpe. La camisa se me pega al torso como una segunda piel cuestionable . El líquido baja por el cuello y se cuela por la espalda. En el suelo se forma un charco que huele a venganza con lima. Busco al culpable. Y entonces la veo.
Allegra.
Lele, para todo aquel que quiera conservar la dentadura.
Está plantada frente a mí como si acabara de ganar un juicio. Cejas arqueadas. Mirada quirúrgica. Vestido negro que no deja lugar a interpretaciones ni a supervivientes. Y no sonríe. Pero está disfrutando. Mucho. La conozco.
—Ah. Perfecto . Aún conservas la cara —dice, observándome con calma—. Pensé que se te habría caído de la vergüenza.
Parpadeo.
—¿Tú me has tirado esto? ¿Te has dado un golpe en la cabeza o qué?
—¿Yo? —Ladea la cabeza, ofendidísima—. Estoy estupenda . Hidratada. Con la terapia al día. Esto no es locura , Gian. Esto es planificación.
—Estás completamente desequilibrada.
—Y tú completamente empapado. Qué ironía. Siempre te ha gustado hacerte el interesante bajo la lluvia, pero mira…, resulta que con ginebra pierdes bastante. Qué pena que no haya sido champán. Te habría ido mejor con esa pose de mártir decadente que llevas esta noche.
Respiro hondo. Mala idea. El olor a alcohol me sube directo al cerebro.
—¿Se puede saber qué coño es esto? ¿Una venganza cutre? ¿Un ataque de histeria?
—¿Histeria ? —dice, y suelta una carcajada corta, sin rastro de alegría —. No, Gian. Esto es amor. Amor por mi mejor amiga . Amor por todo lo que pasaste por alto cuando te fuiste. Amor en estado líquido. Sabes lo que es eso , ¿verdad? Amor que se fermenta cuando no se usa…
—¿Estás borracha?
—¡Cinco años, Gian! Cinco. He esperado cinco años este momento. Considera que ha sido una versión líquida y elegante de una bofetada.
—«Elegante» no es justamente la palabra que yo usaría.
—Claro que no. Tú nunca has sido especialmente bueno eligiendo palabras cuando más importan.
—No me vengas con lecciones, Lele. No tienes ni idea.
Su risa es breve . Sin alegría. Con filo.
—¿Que no qué? Sé cómo la mirabas cuando pensabas que nadie se daba cuenta, gilipollas. Sé cómo te fuiste. Sé cómo ella defendía tu silencio como si fuera un gesto romántico y no una huida. Sé que se inventaba explicaciones mejores que las que tú fuiste capaz de dar.
Da un paso hacia mí. Ya es alta de por sí, pero ahora mismo parece medir dos metros.
—Sé que los domingos se le hacían eternos. Y que, cada vez que sonaba el móvil, fingía que no esperaba que fueras tú.
Me quedo quieto. Porque duele escuchar todas esas verdades.
—No sabes ni la mitad…
—Ah, no . La mitad no. Sé casi todo. Soy su mejor amiga , ¿recuerdas?
Eso significa que escuché cada excusa, cada «seguro que está ocupado», cada «volverá, ya lo verás».
Y te juro que hubo días en los que quise cruzar el charco , encontrarte y enseñarte anatomía básica usando tus propias costillas —dice , y parece alterarse con cada palabra que suelta—.
Sé que se inventaba mil razones para seguir defendiéndote mucho después de que tú dejaras de defendernos a nosotras.
Alrededor, el bar ha bajado el volumen o mi cerebro lo ha hecho por supervivencia.
—¿Nosotras? —pregunto cuando menciona el plural.
—Sí, nosotras , pedazo de besugo con complejo de héroe trágico.
—Se inclina apenas hacia mí—. No dejaste solo a Gia.
Me dejaste a mí también. Éramos un pack.
Gia y Lele. Tú y nosotras. Las cenas en la azotea.
Tus intentos de cocina que atentaban contra la salud pública.
Yo mintiendo descaradamente para que ella no te rompiera el ego.
Me rompiste el corazón a mí también, idiota.
—Entonces ¿por eso lo primero que haces al verme es… mojarme?
—Exacto —sonríe. Solo un poco. Ya está bajando las barreras—. Y también ver si te queda algo de dignidad debajo de ese pelo de hípster arrepentido que llevas.
Me río.
Porque, joder…, es Lele.
Y, aunque venga armada con ginebra y resentimiento, la he echado de menos. Más de lo que pensaba admitir jamás en voz alta.
—No sabía que sabías que estaba aquí.
—Por favor —rueda los ojos—. Manarola es una caja de cerillas. A las diez ya sabía que habías vuelto, a las once tenía tu dirección y a las doce vi a Gia subir corriendo por via Belvedere como si la persiguiera un fantasma con tu nombre.
Deja escapar un largo suspiro dramático y, por primera vez desde que ha aparecido, parece humana. Menos espectáculo. Más entraña.
—No voy a preguntarte por qué lo hiciste —continúa—. Ya me lo imagino. Ego, miedo, promesas rotas, bla, bla, bla, lo de siempre. Pero hay una cosa que necesitas saber: Gia no es lo de siempre. Nunca lo fue. Tú te enamoraste de una tormenta y luego huiste cuando empezó a llover.
— No hui…
Mentira parcial. Y se me nota.
Lele arquea una ceja con esa expresión que debería estar registrada como arma blanca.
—Claro. Te fuiste a otro país sin avisar del todo, dejaste de escribir poco a poco y desapareciste emocionalmente. Turismo espiritual, lo llaman.
Se cruza de brazos, mirándome con obviedad.
Y ahí está. La Lele de verdad. La que sabía nuestras canciones antes de que las pusiéra mos.
La que anticipaba nuestras peleas. La que decía lo que nadie quería oír con un lazo rosa encima.
La que me habría tirado otra copa… si no fuera porque, en el fondo, todavía le importo.
Y esa es la parte que duele más: saber que le sigo importando a alguien a quien decepcioné tanto.
—¿Y ahora qué? —pregunto, más bajo—. ¿Me odias?
Ella suspira. Pero no es teatral. Es humano. Baja la mirada un segundo. Uno solo. Y el aire cambia.
—No te odio —dice sin dramatismo—. Pero sí te he echado de menos. Y eso me cabrea más de lo que te imaginas.
Levanta la vista. Sus ojos tienen ese brillo de cuando está a punto de llorar, pero se lo prohíbe a sí misma por orgullo o por rutina. Da un paso hacia mí. No sé si va a abofetearme, abrazarme o patearme la espinilla. Y, sinceramente, merezco cualquiera de las tres.
—Y ahora… —murmura— ¿me abrazas? Porque, aunque seas un imbécil funcional con pasaporte, yo también te he querido, Gian. A mi manera. Y eso no se desinstala tan fácil.
Me quedo quieto. Uno. Dos segundos. Los suficientes como para que me tiemble algo por dentro.
No es solo amor. Es culpa. Es nostalgia.
Es la conciencia de todo lo que rompí intentando no romper nada.
Así que la abrazo. Con cuidado. Como si fuera cristal que ya ha conocido el suelo.
Pero Lele no es frágil. Me devuelve el abrazo con firmeza, con esos brazos que parecen delgados pero sostienen imperios.
Huele a perfume caro y a sarcasmo. A hogar compartido.
No es un abrazo largo ni melodramático. No hay música de fondo. Solo el sonido de la lluvia golpeando las ventanas del bar y dos personas que, por unos segundos, deciden no reprocharse nada.
Nos separamos casi al mismo tiempo.