8. Gian
Gian
Querida Srta. Santa Clausura:
Gracias. Por leerme sin prisa. Por no tratar mi historia como un trámite ni como una anécdota de sobremesa. No sé quién eres exactamente , pero lo que has escrito me ha tocado. En sitios donde no llego ni yo.
Vamos por partes, que me pediste muchas cosas y no quiero dejarme nada:
La dirección : vive en Corniglia, en via del Poggio, número 14, puerta 2.
Sobre Gianna: te prometo que voy a contártelo todo .
Pero, si tengo que empezar por algo, sería por su risa.
Juro que no recuerdo un solo día a su lado en el que no la haya oído reír.
Ni uno. Incluso cuando estaba cabreada. Incluso cuando yo me comportaba como un idiota (que fue más veces de las que me enorgullece admitir).
Ella es así. Tiene esa capacidad de desarmarte con una mirada y, al segundo siguiente, salvarte con una carcajada.
Le gusta el vino blanco muy frío. Las listas de reproducción con nombres absurdos.
Las bufandas enormes que casi la devoran.
Les pone nombre a los gatos callejeros , como si el mundo fuera más habitable cuando todo tiene identidad.
Se sabe de memoria los diálogos de Notting Hill , y, aun así, dice que detesta a Julia Roberts.
Nunca he entendido esa contradicción, pero Gianna está hecha de contradicciones preciosas.
Y de botas cowboy. Siempre botas cowboy.
No son un accesorio, son una declaración de principios.
Es imposible imaginársela sin ellas, como si caminar sin tacón y punta afilada no fuera una opción en su universo.
También adora la Navidad. Pero no de esa manera tibia y decorativa.
La vive como si le latiera debajo de la piel.
Dice que es el único momento del año en que el mundo se permite ser cursi sin pedir perdón.
Y para ella eso es valiente. Le gustan los árboles arrastrados por las calles, la canela en el aire, la forma en que incluso los más cínicos se rinden al espíritu de la fiesta, aunque sea solo para no desentonar.
He descubierto que incluso les puso nombres navideños a sus perros.
Para Gia, diciembre no es una estación: es una forma de amar más alto.
De perdonar antes. De arriesgar. De recuperar lo perdido.
Y estamos en diciembre. Y todo huele a ella.
Su frase favorita era «Lo que no cambias, lo eliges». Me la repetía cuando dudaba. Cuando me escondía detrás de ambiciones que parecían más grandes que nosotros. Ahora me la repito a mí mismo más de lo que me gustaría, en voz baja.
¿La canción que la hacía llorar ? «Scars to Your Beautiful», de Alessia Cara.
Solo en el coche. Si sonaba en otro sitio, se quedaba callada y miraba por la ventana.
Como si la letra la conociera demasiado bien.
Nunca le pregunté qué veía cuando miraba así.
Supongo que algunos hombres tardamos en entender que hay silencios que piden coraje.
Y ahora lo más jodido: ¿qué quiero de esta carta?
Quiero que sepa que no la he olvidado. Que fui cobarde. Ambicioso. Que quise conquistar el mundo y terminé perdiendo lo único que de verdad me importaba. Pero también quiero que sepa que nada de lo que vino después me llenó como ella. Nada.
No quiero cerrar. Y, si antes quedaba en mí una sombra de duda, después de encontrarme con sus ojos supe que no había nada que clausurar.
Si todavía piensa en mí, quiero que sepa que yo no borré nuestra historia por mucho que intenté reemplazarla con ruido.
Porque ella ha sido lo mejor que me ha ocurrido. Lo ha sido desde siempre.
Fui cobarde, pero también fui un hombre que no supo sostener algo que le quedaba grande de lo mucho que le importaba.
Si logro encontrar las palabras exactas para explicarle todo sin que suene a disculpa barata o a justificación, esa será la carta que le entregaría.
Por ahora, esta que escribo contigo es mi único puente.
Y ahora la locura.
Como sabrás, el día 8 se enciende el belén de Manarola y el pueblo entero parece respirar distinto.
Ese día nos conocimos. Y desde entonces, cada 8 de diciembre, subíamos juntos.
Sin falta. Con su pan dulce escondido en el bolsillo.
Con mi chaqueta de adolescente creyéndome invencible.
Nunca fallamos. Hasta que yo me fui. Cinco años en los que no sé si subió sola.
O con mi nonna , antes de que faltara. O si decidió no mirar más hacia arriba.
Pero este año estoy aquí, y quiero invitarla a volver.
A caminar entre los puestos de madera y el olor a castañas asadas del mercadillo.
A esperar juntos ese segundo exacto antes de que todo se ilumine.
Y después (si tú lo consideras oportuno) tener nuestra cena de clausura.
O de inicio. O de lo que sea. En la Trattoria dal Billy, que era nuestro lugar favorito.
No quiero irrumpir en su vida. No sin saber que cruzar esa puerta no es una invasión, sino un regreso. Pero, si me das tu visto bueno, quiero llevarla. Como entonces. Como siempre. Como si por una noche el tiempo entendiera quién manda.
Gracias por recordarme que todavía soy capaz de escribir algo que importa.
Abrazo virtual,
Gian
Han pasado unas cuantas horas desde que he vuelto de Corniglia, pero la imagen de Gia en la plaza sigue conmigo.
Porque estaba… espectacular. Porque el frío le había encendido las mejillas con ese rosa que me obligó a tensar la mandíbula para no cruzar la plaza y comprobar si seguían ardiendo al tacto.
Antes de que se diera cuenta de que yo estaba allí, me quedé mirándola.
Hacía mucho tiempo que no tenía el privilegio de observarla sin que ella lo supiera.
Y puede sonar ridículo, pero, cuando Gia cree que nadie la está mirando…
, le cambia en la cara. Baja la guardia.
Deja caer ese escudo invisible que siempre lleva puesto y, por un instante, simplemente… existe. Sin filtros. Sin defensas.
Fue entonces cuando me golpeó la nostalgia.
De frente. Sin aviso. Sin ninguna posibilidad de cubrirme.
Ese brillo en sus ojos. Ese que solo aparece una vez al año.
El único día en el que ni siquiera ella intenta esconderse.
Ese que llevo cinco años diciéndome que no lo echo de menos.
Cinco años repitiéndome que todo aquello ya pasó.
Mentira.
Pienso en el 8 de diciembre. El día de la Inmaculada Concepción. El mejor día del año en Manarola, según Gia. Y con Gia las cosas siempre funcionaban igual: si algo era importante para ella, acababa siéndolo para mí. Así funcionaba.
La inauguración del belén no es una tradición más. Es un milagro eléctrico extendido sobre la Collina delle Tre Croci. Miles de luces encendiéndose como si alguien hubiera decidido recordarnos que todavía existen las cosas que merecen la pena.
Cuando cae la noche y todo se ilumina, el pueblo entero se convierte en una postal que respira.
Las figuras del belén, desde lejos, parecen recortadas en luz, y por un segundo, un segundo exacto, el silencio lo cubre todo.
No es ausencia de sonido. Es presencia de algo más.
Algo que detiene el mundo, solo un instante, justo antes de que suenen las campanas y estallen los fuegos.
Y luego también está el mercadillo. Su territorio.
Miel, galletas de jengibre, figuras talladas, vino caliente…
, y nosotros compartiendo un cucurucho de frittelle como si fuera un pacto secreto.
Ella quejándose de que están demasiado dulces mientras se come la última.
Yo fingiendo indignación solo para verla reír con azúcar en los labios.
No sé si sigue yendo. No sé si lo comparte con alguien. No sé si todavía recuerda que ese cucurucho era nuestro pequeño ritual.
A mí la Navidad siempre me ha gustado. A escondidas.
Aunque fingiera que no. Pero, desde que empecé a vivirla con ella, entendí eso que dicen de que tiene magia.
Y no, no es solo una frase bonita para poner en las postales.
Es verdad. Existe. En las personas. La magia tiene olor a canela.
Sabe a limoncello caliente. Y sonríe como Gia.
Por eso le he propuesto a la Señorita Santa Clausura el ocho.
Ese día. El suyo. El nuestro. Quizá sea egoísta.
Probablemente lo sea. Pero quiero verla así.
Con los ojos brillantes. Con el corazón un poco más expuesto.
No para jugar sucio. No soy ese hombre. Sino porque, cuando ella se emociona de verdad, se le abre una grieta diminuta en la armadura.
Y yo quiero estar ahí. No para romper nada.
Para quedarme. Tal vez, entre las luces, el pan dulce y el murmullo del belén encendido, diga algo que no tenía pensado decir.
Algo que yo llevo años esperando escuchar.
Que me perdona. Que todavía hay un lugar para mí en su pecho. Que no he llegado demasiado tarde.
Lo cierto es que sé muy poco de su vida estos últimos años.
Demasiado poco para lo mucho que todavía me importa.
No lleva anillo. En eso sí me he fijado.
Sería hipócrita fingir que no. Pero un dedo vacío no significa nada.
Puede haber alguien. Puede que otro hombre conozca el punto exacto en el que se le quiebra la voz cuando está a punto de reír.
Y esa posibilidad me pone enfermo. Celoso.
Territorial. Nada elegante. Porque no tenía que haberme ido así.
Ni tan lejos. Ni tan deprisa. Ni con ese silencio que pretendía ser noble y acabó siendo cobarde.