Querida Srta. Santa Clausura 7. Gia #3
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7. Gia #3

—¿Puedo acompañarte a casa? Ya sabes que nunca me ha gustado que volvieras sola cuando empezaba a anochecer.

Lo miro de reojo, levantando una ceja como si supiera algo que él no. Y sonrío. Una de esas sonrisas torcidas que se te escapan cuando estás peleando contigo misma para no parecer ilusionada.

—Pero ¿qué dices ? —respondo, echándome el pelo hacia atrás como si eso me diera autoridad—. Si ahora tengo dos pedazos de rottweilers entrenados por el mismísimo Chuck Norris para protegerme. Son pura fiereza. Auténticas máquinas de intimidación.

Turrón bosteza como un abuelo que acaba de terminar la sopa. Suchard ve una hoja caer y da un salto torpe hacia atrás, como si hubiera presenciado una aparición en forma de rama.

—Impresionantes fieras.

— Temibles —añado, divertida—. Bueno, vale, la verdad es que no. Pero hacen bulto. Y compañía. Y se tiran pedos en el coche, lo cual es una forma muy efectiva de disuasión.

Relleno el aire con frases y más frases, porque si me callo un segundo, si dejo que el silencio entre, temo que se me escapen otras cosas.

Cosas como « claro que puedes acompañarme.

De hecho, acompáñame, por favor». O « te he echado tanto de menos que me duele hasta el estómago, y ni el helado de pistacho ha conseguido arreglarlo».

Gian da un paso más cerca. No tanto como para tocarme, pero lo bastante como para que lo sienta. Y lo siento. Vaya si lo siento.

—Insisto.

Me tenso, aunque es solo un segundo. Porque soy consciente de que, sea como sea, va a encontrar mi dirección.

Es Gian. Es el hom bre que una vez rastreó un hotel perdido en la Toscana solo porque escuchó de fondo el sonido de unas campanas en una videollamada.

Si quiere saber dónde vivo, lo sabrá. Con o sin mi permiso.

Y, la verdad, muy en el fondo, no sé si quiero ponerle trabas.

—Vale. Pero solo porque hay un tramo de escaleras que resbala un montonazo. Y porque tengo la absurda sensación de que hoy el universo me quiere poner a prueba.

Él no dice nada más. Solo sonríe. Damos la vuelta y empezamos a subir hacia la plaza.

Las sombras se alargan entre las callejuelas y el sol ya se ha escondido del todo detrás de las colinas.

Las primeras luces del pueblo titilan. Gian no habla.

Yo tampoco. Pero nuestros pasos han cambiado.

Ya no suenan casuales ni livianos. Son más lentos, más pesados.

Como si cada uno cargara con una versión distinta del pasado.

Como si estuviéramos caminando hacia algo que aún no sabemos si queremos abrir o enterrar para siempre.

Llegamos a mi edificio unos diez minutos después. Me detengo delante de la puerta, con los dedos ya buscando las llaves en el bolso.

—Vivo en el primero — digo, sin mirarlo, como si eso fuera tod o—.

Pero no hace falta que me acompañes hasta ahí, de verdad.

El timbre no funciona, la puerta se atasca y el felpudo es una trampa mortal si no lo pisas en ángulo recto.

Además, el señor Tardelli del segundo maúlla.

Literalmente. Y tengo la estantería a medio reordenar por géneros, y hay libros esparcidos por el suelo como si hubiera habido una revuelta literaria.

Así que eso. Gracias por acompañarme. Ya… Ya estoy bien. Gracias.

No responde, pero lo oigo detrás de mí, respirando igual que antes de irse: en silencio, pero presente. Cuando consigo encontrar las llaves, me giro para despedirme. O para cerrarle el paso. O quizá solo porque no puedo evitarlo.

—Gia.

Me detengo. Porque está ahí. Quieto. La bolsa de papel bajo el brazo. Esos ojos tan preciosos fijos en mí. Y tiene esa expresión de alguien que aún guarda mil cosas por decir y no sabe cómo empezar sin romper algo.

—Gracias —dice al fin—. Por no fingir que no me conoces.

Eso dice. Solo eso. Y me atraviesa como si hubiera dicho mucho más.

Porque no tiene ni idea. Ni de todo lo que he tragado mientras hablaba de focaccias y mascotas, ni de cómo me temblaron las manos cuando lo vi por primera vez en la trattoria, ni de la cantidad de veces que he tenido que recordar que respirar no se olvida de un día para otro.

Así que asiento. Solo eso. Porque si hablo me rompo.

Giro la llave, entro en el rellano y cierro.

Y, una vez en casa, camino por el piso como quien intenta no quebrarse en cada baldosa.

Turrón y Suchard se dejan caer en sus camas mientras cuelgo el abrigo.

Y entonces, antes de arreglarme e ir a despedir una relación que ni siquiera es la mía, lo hago.

Hago algo que no hacía desde hace cuatro años, dos meses y… Mejor no contar los días.

Le escribo una carta.

No como la Srta. Santa Clausura, aunque sí uso ese papel. El bueno. El caro. El de algodón italiano con bordes dorados y sobre de terciopelo burdeos que reservo para los cierres más teatrales de la em presa.

Pero esta no es para ningún cliente.

Es para él.

Y, de alguna manera, también para mí.

Escribo sobre lo que fue. Sobre lo que nunca se explicó. Sobre la forma tan elegante que tiene el corazón de seguir doliendo incluso cuando juraste que ya no. Sobre su marcha sin despedida y sobre cómo aprendí a fingir que aquello no había dejado grietas.

Escribo sobre los años que pasaron. Sobre las canciones que paré de escuchar.

Sobre las veces que me prometí que ya no importaba.

Y también sobre lo que ha pasado hoy. Sobre lo absurdo que es que una persona vuelva a aparecer después de tanto tiempo y consiga desor­denarte el alma en menos de cinco minutos.

Cuando termino, doblo el papel despacio. No lo meto en el sobre. Porque hay cartas que no se escriben para ser enviadas.

Se escriben para sobrevivirlas.