Querida Srta. Santa Clausura 7. Gia #2
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7. Gia #2

Los correos en forma de carta con él están siendo…

intensos. De esos que te remueven capas que creías enterradas.

Que te hacen leer diez veces y respirar hondo veinte.

Que cierras con un clic y te siguen latiendo por dentro.

Y puede que él no sepa quién soy yo. Puede que, para Gian, la Srta.

Santa Clausura solo sea una dirección de correo con palabras bien elegidas y respuestas que llegan cuando nadie más responde.

Pero yo sí sé quién es él, y sé todas esas cosas que no debería estar leyendo.

Y por eso estoy casi segura de que está buscándome.

O, mejor dicho, buscando una dirección . La mía.

Sin embargo, Gian levanta la bolsa y la agita un poco, como si eso explicara algo.

—He venido a por vino. Y aceite. A por el de oliva taggiasca de esta tienda, exactamente. No lo venden en Manarola , o al menos no como aquí. Me lo recomendó una señora con bigote en el mercado.

—¿Una señora con bigote ?

—Sí. Una un poco rara.

Durante un segundo, el silencio entre nosotros se estira, suspendido como una cuerda floja. Luego , suelto una risa, corta y limpia, que me golpea más fuerte de lo que debería.

—¿Y has subido los 377 escalones solo por eso?

—Y por las vistas. —Me mira unos segundos, en silencio, y luego añade—: Me apetecía caminar . Pensar. Ya sabes.

Pensar. Claro. Como si pensar sirviera de algo. Yo también pensé que una caminata me calmaría. Que me despejaría. Pero mírame ahora, con el corazón acelerado y las manos incómodas metidas en los bolsillos del abrigo.

Suchard se me sube a una pierna como si notara la tensión. Como si sospechara que algo no encaja. Turrón da vueltas sobre sí mismo y acaba olisqueando una de las zapatillas de Gian. Él baja la vista y sonríe.

—¿Estos son…?

—Sí. Turrón y Suchard. Los de la protectora.

Los de la señora mayor que se iba a la residencia .

Suchard ronca como un abuelo y a Turrón le da por lamer muebles cuando está nervioso.

Yo también lo haría si fuera un perro. O, bueno, no.

¿Tú sabes que los perros pueden tener ansiedad por separación?

Pues yo también . Pero humana. Ansiedad humana, quiero decir.

Me detengo. Asiento. En silencio. Porque mi cerebro por fin ha encontrado el botón de «cállate ya, por el amor de Dios».

Gian vuelve a sonreír, y esta vez lo hace como si no me hubiera roto el corazón y luego se lo hubiese llevado en una maleta transatlántica. Como si aún supiera exactamente cómo hacerlo. Luego se agacha sin prisa y sus dedos rozan el lomo de Turrón con una delicadeza que no recordaba en él.

—Corniglia es bonita para vivir —comenta, aún sin mirarme del todo.

—Sí, lo es. Aunque no tanto como Manarola.

Manarola tiene algo. No sé si es la luz o el color de las fachadas o que huele a limonero mojado después de llover.

O igual soy yo , que soy una nostálgica empedernida.

Por eso trabajo allí. Bueno , por eso y porque el alquiler era más barato que en Riomaggiore, y porque Rosa me guarda las focaccias del mediodía. No sé. Manarola tiene magia.

—¿Sigues ayudando a parejas a arreglar sus relaciones muertas?

Intento, por todos los medios , que no se note la expresión de mi cara.

—Eh …, sí, más o menos.

—Qué críptica.

—No es intencionado, te lo juro. Solo que a veces siento que estoy intentando reanimar peces muertos.

Como si me hubieran contratado para hacer terapia de pareja con una trucha y un boquerón.

Y a veces no son ni pareja. Son… compañeros de piso con historial romántico.

¿Te he contado que una vez vino una pareja que discutía por cómo colocar los yogures en la nevera?

Él me mira. Levanta una ceja.

—Es verdad . Lo juro por el alma de mi cactus.

Y ahí va otra vez mi boca. Porque si hay algo peor que enfrentarse al hombre que te rompió el corazón es hacerlo sin un filtro verbal funcional.

Pero él se ríe . Esa risa. Ese sonido que no oía desde hacía años y que, sin embargo, vuelve a instalarse en mi pecho como si nunca se hubiera ido.

Yo también me río . Apenas. Solo un poco.

Pero suficiente como para que algo dentro de mí se retuerza.

Como si me estuviera traicionando por disfrutar del momento.

El silencio que sigue no es incómodo. Es algo más difícil de definir. Como un vacío lleno de cosas no dichas. Como ese instante justo antes de abrir una puerta que no sabes si deberías cruzar .

—No me lo esperaba. Volverte a ver, digo. O sea , aquí. En Corniglia. Con una bolsa de papel, con ese corte de pelo, con esa cara de que no ha pasado nada cuando han pasado… cinco años. Casi seis. Pero quién los cuenta, ¿eh? Yo no. Para nada. Qué va.

Gian se endereza, de nuevo con una sonrisa. Sus manos dudan un segundo antes de guardar la bolsa bajo el brazo, y luego me mira. Por fin. Y ahí está. Esa mirada directa. Limpia. Casi dolorosa. Ese color de ojos imposiblemente perfecto.

—Yo sí lo esperaba.

Lo dice así . Sin dramatismo, sin pausas, sin tambor previo.

—Ah, ¿sí?

Mi voz suena más contenida de lo que me gustaría.

Como si la estuviera domando con una cuerda floja de dignidad .

Porque, si por mí fuera, habría gritado: «¡¿Entonces por qué , Gian?

! ¿Por qué Londres, por qué silencio, por qué fantasmas ?

». Pero no. Solo le doy eso. Dos palabras.

Una ceja levantada. Y un abismo entero en el pecho.

—Sí. A ver, no aquí, aquí. No en Corniglia, hoy, a las cinco de la tarde, cruzándome contigo. Pero… sí. Esperaba verte .

Me cruzo de brazos.

—¿Y por qué?

—Porque estoy aquí . Porque he vuelto. Y sabía que en algún momento ibas a aparecer.

Sus palabras se quedan flotando un segundo.

No hay retórica. No hay disculpas. No hay explicaciones.

Solo esa certeza tranquila que me desconcierta más que cualquier excusa.

Y entonces lo miro por primera vez desde que empezó esta conversación.

Como se mira algo que no sabes si quieres volver a tocar o volver a olvidar.

—¿Qué haces además de coleccionar aceites y meterte en pueblos donde no vives, Gian?

—Me he cogido una excedencia —responde, con una media sonrisa que no termina de cuajar—. Estoy en una especie de descanso profesional. Un… limbo productivo.

—Ah.

—Aaah —repite él, con un deje de ironía suave.

—Quiero decir… «ah », como un «vaya, qué interesante, Gian, cuéntame más sobre tu limbo existencial mientras yo intento no mirar tus brazos ni pensar en cómo suena tu voz de nuevo».

Pero no te preocupes, lo disimulo fatal.

En fin, que me parece muy moderno eso de descansar profesionalmente.

¿Es como una pausa consciente o más bien te despidieron con mucha educación y tú decidiste romantizarlo?

Porque yo también me tomo descansos , ¿sabes?

Sobre todo los domingos. Y los lunes por la mañana. Y a veces los martes si llueve.

Él parpadea , con una ceja que se le alza, y sí, esa sonrisa. Yo me escucho desde fuera y tengo ganas de meter la cabeza dentro de una centrifugadora.

—Pero oye, limbo productivo, me encanta. Suena como algo que podrías poner en tu bio de Instagram.

Y entonces me callo. Porque, si no lo hago, no hay garantía de que empiece a hablarle de mis chacras bloqueados o de cómo lloré viendo Ratatouille por tercera vez este año.

Comienzo a caminar por inercia, y él me sigue. A los pocos segundos, llegamos a la Terrazza di Santa Maria. El mar está ahí , inmenso y oscuro, con ese azul que parece tragarse el sol poco a poco. Lo miro y no puedo evitar pensar en promesas. En las que hicimos. En las que rompimos.

—¿Sigues odiando los lunes?

Casi tropiezo.

—¿Qué?

—Eso. Que si los sigues odiando. Antes decías que eran un invento del capitalismo para sabotear a los creativos. Que ningún genio había tenido nunca una idea brillante un lunes antes de las tres de la tarde.

—No recuerdo haber dicho eso .

—Yo sí. Lo gritaste. En una cafetería. Delante de un señor que desayunaba tranquilo y que dejó el cruasán a medias por el susto.

—Ah… Bueno, sí, es verdad. Pero los lunes han mejorado, ¿sabes?

Ahora tengo rituales. Pongo incienso , hago una lista de intenciones, saco a pasear a estos dos y pongo una playlist navideña con nombres como «lunes de jengibre».

Aunque a veces termino llorando igual porque no encuentro las llaves o porque el pan se ha quedado duro .

Él me mira, y me regala la mejor sonrisa que he visto en años.

—Definitivamente sigues odiando los lunes.

Sí , y definitivamente sigo sin saber cómo protegerme de su memoria .

Me detengo y lo miro, sintiendo que algo en el pecho se me mueve, como una campanada vieja que todavía suena.

Él sonríe, pero no es burla. Es memoria.

Es cercanía. Es haber estado allí. Y entonces, otra vez, ese silencio.

El viento me levanta un poco el pelo, juguetón , des carado.

Y él, cómo no, se pasa la mano por la nuca.

Ese maldito ges to que hacía antes, cuando no sabía muy bien qué decir, pero tampoco quería irse.

Como si su cuerpo supiera que lo importante era quedarse, incluso cuando su boca no tenía ni idea de por dónde empezar.

—He de irme —digo al fin, bajando la mirada solo un momento antes de sostener la suya de nuevo —.

Tengo una cena de trabajo. Y me gustaría arreglarme.

Aunque en realidad no es que vaya a una gala, es solo con una pareja de esas que no se soportan , pero quieren hacerlo bien por los niños, ya sabes.

Y , además, creo que tengo la falda arrugada y el pelo con olor a galletas de perro, así que, sí, me vendría bien un rato de recuperación estética antes de enfrentarme al amor ajeno.

Gian asiente despacio. Ni una queja, ni una pizca de decepción visible. Solo ese gesto suyo, neutro , como si entendiera demasiado bien que no es el momento . Pero luego, con ese tono que siempre suena casual hasta que deja de serlo, añade: