Querida Srta. Santa Clausura 7. Gia
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7. Gia

Gia

Querida Srta. Santa Clausura:

Sé que estará ocupadísima rompiendo corazones con elegancia navideña, pero necesito un hueco. Mi caso es urgente y, digamos, un poco… insólito. Porque estoy saliendo con alguien que cree ser Rudolf. Y no, no es una metáfora. Literalmente: Rudolf.

Desde noviembre duerme con una manta de copos de nieve, ha redecorado el salón como si fuese el Polo Norte y solo me besa bajo el muérdago por « protocolos mágicos».

Y yo la adoro, lo juro. Pero la semana pasada canceló nuestra cena romántica para asistir a una « reunión privada de renos conscientes».

Todavía no sé si es una secta o un grupo de WhatsApp con demasiados emoticonos, pero temo que se le haya ido la pinza para siempre.

Necesito su ayuda para clausurar esta relación insostenible. Una cena bonita, civilizada y, a ser posible, sin embestida final con diadema de cuernos. Quizá menú vegetariano, por si sigue en modo pasto.

Agradecido,

Amado L. A.

Hoy es la dichosa cena de Ludovica. Y, cuando digo «dichosa», quiero decir que llevo tres días sin dormir como una persona normal porque todo, absolutamente todo, tiene que salir perfecto. No bien. No aceptable. Perfecto.

Ludovica quiere dejar a su marido. Esta noche.

Quiere soltarle el bombazo en medio de una cena supuestamente informal, con velas, crostinis de trufa y una iluminación tan favorecedora que hasta una confesión matrimonial suena más sexy.

Y yo… Yo soy la encargada de que el entorno sea tan elegante y calculado que el hombre no tenga ni fuerzas para reaccionar mal.

Según ella, su marido solo la quiere por el dinero.

Y no lo dice con tristeza, sino con hartazgo.

Como quien se quiere quitar una faja al final del día y por fin poder respirar.

Que si es un plasta. Que si lleva años amargándola.

Que si nunca ha sabido ni cómo se toma el café (lo cual, en Italia, es prácticamente un delito penal).

Y oye, a mí no me corresponde juzgar. Pero reconozco que, cuando te hacen una trans ferencia de cuatro cifras solo por preparar una atmósfera de ruptura de lujo, una se implica.

Y mucho. Te obsesionas con el ángulo de cada vela, con la temperatura exacta del vino y con que el crostini tenga la proporción perfecta entre pan y trufa para que no se les indigeste el divorcio.

Y, sobre todo, te estresas. Bastante. Hasta el punto de haber soñado dos noches seguidas que el florista se fugaba con las hortensias.

He pasado la mañana sumergida en un mar de flores blancas, una mantelería de diseño que cuesta más que mi alquiler y listas de reproducción con títulos imposibles como Soft Italian Jazz & Emotional Strength.

Todo cuidadosamente mezclado con villancicos, porque Ludovica, en su infinita visión estética, insiste en que una ruptura elegante en diciembre requiere que «Jingle Bells» suene de fondo en versión instrumental.

El catering ya ha llegado, los cubiertos están perfectamente alineados como si fueran soldados de porcelana, y yo me he sacrificado heroicamente probando los vinos para asegurarme de que son exactamente lo que había pedido. Lo tengo todo bajo control.

Con ayuda de Lele, que tiene el superpoder de ordenar cualquier cosa mientras discute por teléfono con su novio y reorganiza mentalmente el armario de su casa, dejamos todo listo antes de la hora de comer.

La mesa, montada. Las flores, distribuidas estratégicamente para parecer «casuales».

Las luces, reguladas al punto exacto entre romántico y fíjate-qué-bien-me-veo-mandándote-a-freír- turrones.

Y hasta el incienso que huele a Navidad está encendido.

Así que, por una vez, me permito volver a casa, quitarme el sujetador, dejarlo caer en el respaldo de la silla como un trofeo y tirarme al sofá para pasar un rato con Turrón y Suchard, que son los únicos seres vivos que no esperan nada de mí excepto caricias, chuches, y que les hable como si fueran mis bebés (y sí, uso diminutivos ridículos y voces aún más ridículas.

No me avergüenza admitirlo). Incluso me da tiempo a echarme una siesta con ellos.

Cuando me despierto, todavía dispongo de un par de horas antes de tener que enfundarme en un vestido caro, subirme a unos tacones diseñados por alguien que, evidentemente, odia a las mujeres, y fingir una vez más que tengo toda mi vida y la de los demás bajo control.

Así que decido obligarme a salir. A respirar.

A caminar como si eso pudiera reordenarme por dentro.

Me pongo el abrigo con la sensación de estar blindándome para la batalla. Les coloco los arneses a Turrón y Suchard, que me miran con esos ojos ilusionados, y bajo a la calle en busca de aire. Aire de verdad.

Corniglia está tranquila. Es temporada baja.

Los turistas se han evaporado como espuma después de una ola, han regresado a sus ciudades con las tarjetas de memoria llenas de limoneros, focaccias y atardeceres que no supieron mirar del todo.

Los pocos que quedan se arrastran por las callejuelas con la lentitud reverente de quien cree que está dentro de un museo viviente. Y tal vez lo estén.

Amo este lugar. No tanto como Manarola, pero casi.

Allí no en contré un piso. Aquí encontré silencio.

Corniglia es un pueblo colgado de un acantilado que se esconde entre viñedos perfectamente peinados y parece flotar en una quietud distinta, como si no necesitara nada más que estar ahí, observando el mundo pasar sin moverse un centímetro.

Camino por la via Fieschi, la arteria estrecha que cruza el pueblo como una vena antigua.

Las casas, altas y coloridas, se apoyan unas con tra otras, y huele a pan recién hecho.

Ese olor me agarra de la mano y me arrastra, sin pedir permiso, hasta la Panetteria A Cantina de Mananan.

La focaccia con tomate me mira desde el escaparate con una ternura que no debería tener una pieza de pan.

Turrón tira de la correa , encaprichado con un gato que dormita sobre un felpudo.

Suchard , en cambio, se asusta de su propio reflejo en un escaparate y se refugia detrás de mí con un bufido dramático, como si acabara de ver un fantasma.

Estoy a punto de girar hacia la Terrazza di Santa Maria, porque ese es mi rincón.

Mi refugio frente al mar. Ese lugar donde el mundo se encoge y se calla, y donde puedo sentarme con mis perros y dejar que las olas piensen por mí.

Pero entonces lo veo. Al principio , es una figura a lo lejos. Avanzando por la misma calle que acabo de recorrer, como si la hubiésemos ensayado sin querer.

Gian.

Está demasiado cerca para ignorarlo. Es demasiado tarde para fingir que no lo he visto. Y, por el golpe seco que me da el corazón, demasiado pronto para estar preparada.

Lleva una bolsa de papel kraft en una mano y el pelo revuelto por el viento marino .

Ese tipo de viento que llega sin pedir permiso, que te despeina y te hace parecer más sexy.

Porque sí , está más sexy. Como si estos años le hubieran sentado …

fenomenal. Como si, mientras yo lidiaba con los fantasmas del abandono, las cenas de Navidad con preguntas incómodas y los discursos motivacionales de mi tía Carmela sobre «no conformarse con menos de lo que una merece», él hubiese estado en Londres bebiendo té con proteína y apuntado a un curso intensivo titulado Plan de Evolución Rompecorazones. Nivel avanzado.

Porque está más fuerte. No solo de brazos —que ya son tema aparte, porque ¿siempre ha tenido esos brazos?

, ¿así como si pudiera levantar una caja de botellas con una mano y a mí con la otra, sonriendo como si no fuera ningún esfuerzo?

—, sino de postura, de presencia. Se mueve como alguien que sabe exactamente quién es y lo que provoca .

Ahora tiene la mandíbula más marcada, más afilada.

Como si hubiera pasado los últimos años masticando determinación y desayunando autoconfianza .

Sigue teniendo los ojos más bonitos del universo.

Ni grises ni azules: una mezcla perfecta.

Como si el cielo y el mar hubiesen decidido compartir custodia por igual.

Y se ha cortado el pelo. Siempre lo llevaba largo, rebelde, un poco a lo boy band de 2010.

Pero ahora no . Ahora luce un corte peligrosamente favorecedor.

De esos que enseñan más nuca, más cuello, más de todo lo que deberías ignorar si tu plan es conservar algo de dignidad.

Corto por los lados, revuelto por arriba, como si hubiera pasado una mano distraída para peinarse, y aun así pareciera recién salido de una sesión de fotos para una revista italiana con olor a expreso, cuero caro y promesas que sabes que romperías sin dudar.

Y ese mechón rebelde que le cae hacia la frente…

Por Dios. Ese mechón podría tener club de fans.

Ese mechón merece su propio código postal.

Señoras y señores: Gian Di Laurentis. Actualización 2.0 . Y más letal que nunca.

En cuanto me ve, sonríe . No con confianza ni con descaro. Sonríe con timidez. Como si no supiera si tiene derecho a hacerlo. Y yo , otra vez, siento que me tiembla hasta la médula. Como si me hubieran enchufado a la corriente.

—¿Qué haces aquí ?

La voz me sale más aguda de lo que pretendía . Más cargada. Es una mezcla entre sorpresa, nervios y ese tono indignado que se te escapa solo. Porque que él esté aquí no es casualidad. Lo sé. Lo sé con esa cer teza incómoda que se siente en la boca del estómago.