Querida Srta. Santa Clausura 6. El Espíritu de la Navidad
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6. El Espíritu de la Navidad

El Espíritu de la Navidad

Gian iba delante, con esa energía de «soy un adulto responsable , no necesito ayuda para nada, gracias». Cada año más alto , más serio, más rápido. Estaba en esa edad en la que confundes madurar con dejar de creer en los milagros . Adorable, ¿no? (Mentira: da un poco de rabia).

Gia, en cambio, seguía siendo mi niña cómplice.

Todo lo convertía en un juego. Ella saltaba, reía y se inventaba coreografías como si el mundo real fuera demasiado lento para su propio ritmo.

Y yo la miraba y pensaba: alguien debería patentar esa manera suya de recordar que este instante, este lugar , este nosotros, seguía siendo un milagro.

Y luego estaba la nonna Agnese. Ella no caminaba: flotaba.

Iba un paso por detrás , con esa sonrisa que parece saber más de lo que debería.

Miraba el paisaje como si pudiera leer lo invisible .

Y, queridos míos, dejadme deciros que sí, podía.

Porque ella , como yo, lo veía: lo que se formaba entre esos dos, lo que temblaba, lo que se negaba y se enredaba.

Ese secreto a voces que todos fingían no notar .

Y ella lo guardaba y lo protegía como solo una nonna sabe hacer: con risas suaves, silencios llenos de guiños y un abrigo que ya no le cerraba bien, pero seguía oliendo a Navidad, a galletas recién horneadas y a travesuras bien disimuladas.

— Nonna , ¿hoy también se enciende el burrito invisible? —preguntó Gia, con esa sonrisita torcida que ya entonces dejaba claro que en el futuro iba a coleccionar problemas románticos como otros coleccionan imanes en la nevera.

Agnese, sin pestañear, respondió con la calma de los sabios:

—Si tú lo ves, seguro que sí.

Y entonces fui yo quien parpadeó. Porque eso soy. Eso hago. Me enciendo en quien mira así. En quien pregunta sin miedo. En quien responde sin dudar.

—Es mentira —gruñó Gian desde más adelante, sin siquiera molestarse en girar la cabeza. Muy adulto él. Muy «no me interesa», aunque todos sabíamos que sí.

—Tú también lo ves todos los años —le replicó Gia.

—No es verdad.

—¡Sí lo es!

Y ahí estaban otra vez. El no contra el sí.

La batalla anual que nunca se decidía porque ninguno de los dos quería ganar.

Discutiendo como solo discutían quienes ya lo sabían todo el uno del otro, aunque todavía no tuvieran nombre para eso.

Y, claro, sonriendo por dentro. Fingiendo por fuera.

Tan obvio que daban ganas de repartirles un cartel luminoso que dijera: «Spoiler: vais a acabar liados».

El belén, este año, estaba más grande. Mario Andreoli ya no podía subir como antes, pero su obra seguía creciendo igual.

Porque cuando el amor es auténtico siempre encuentra la forma de seguir construyendo, incluso desde la distancia.

Había más luces, más cables, más figuras hechas con paciencia, con ternura y con esa pizca de locura imprescindible que evita que el mundo se oxide de tristeza.

Porque, en Manarola, diciembre no llegaba con anuncios.

Se encen día. Desde los pies hasta el cielo.

Como si el pueblo entero se pusiera su mejor vestido de lentejuelas para gritarle al universo que sí, todavía existe la belleza.

Que todavía hay milagros cotidianos que merecen ser vistos.

Gian se colocó detrás de Gia. No al lado (porque eso ya sería demasiado evidente para un chico que se cree impermeable a los sentimientos), pero sí lo bastante cerca como para que cualquiera con ojos (hola, presente) notara que estaba en modo guardaespaldas silencioso.

Ella, como si nada, sacó un trozo de pan dulce del bolsillo.

Pan dulce clandestino, envuelto en una servilleta arrugada, con azúcar glas escapando como nieve rebelde.

Un gesto mínimo, sí, pero cargado de todo lo que importa.

—¿ Quieres? —le ofreció.

Él aceptó. Se lo zampó sin mirarla, sin dar las gracias, sin teatrillos innecesarios. Y, cuando terminó, se limpió la boca con la manga. Que, para que quede claro, en el idioma secreto de Gian equivalía a un soneto completo: «Sí, gracias, me gustas, estoy aquí, no pienso moverme».

—¿Sabes lo que me ha preguntado mi madre hoy? —soltó Gia, con los ojos puestos en el belén, como si hablara de cualquier cosa.

—¿Qué?

—Que si me gustaba alguien de mi clase.

La reacción de Gian fue instantánea, tan torpe y transparente que me dieron ganas de regalarle otro letrero de neón con la palabra sospechoso .

—¿Y te gusta?

Ella se giró y lo miró. Una de esas miradas largas que hacen que hasta los espíritus tengamos que contener la respiración. Mirada de niña que ya empieza a saber demasiado, de niña que no pregunta «¿me ves ?», sino «¿te atreves a mirarme?».

—No. Son todos unos tontos.

—Ah —dijo él, y se quedó callado. Pero fue un silencio lleno, con los dedos quietos, el cuello rígido y el corazón golpeando como un tambor navideño.

—¿Y a ti te gusta alguien?

—Yo… no sé. No pienso en esas cosas.

—Sí piensas. La señora Angelina dice que los chicos solo pensáis en eso.

(Ay, señora Angelina. Agradezco su franqueza, pero quizá es un poco pronto para traumatizar al pobre muchacho).

—Bueno, un poco…

—¿Quién te gusta entonces?

Y ahí estaba. Pregunta de nivel apocalíptico. Gian, en lugar de mirarla, se aferró al belén como si en esas luces parpadeantes estuviera escondida la respuesta a la vida, al universo y a todo lo demás. Hasta que, después de una eternidad disfrazada de segundos, señaló la colina y murmuró:

—Mira , el burrito invisible.

Gia resopló, pero sonrió. Y no dijo nada más. Porque ella, que todavía sabía mirar con esa claridad que a los adultos se nos olvida, lo entendió . Y, por el momento, le bastó.

Y yo, que no tengo cuerpo (aunque a veces me vendrían bien unas cejas para levantarlas cuando estos dos se miran así), pero sí memoria; que no tengo forma, pero me incrusto en cada gesto, en cada fe callada, en cada amor que empieza bajito, como quien finge que no…

Yo no miraba el belén. Los miraba a ellos.

Porque era como si supieran que algo en su interior acababa de moverse.

Sin fanfarria . Sin aviso. Pero con esa inevitabilidad que dice: «Esto es para siempre, cariño».

Y la nonna Agnese también los miraba , por supuesto.

Sentada en su banco torcido, con el cuerpo sereno y el corazón en guardia.

Ella no necesitaba hablar . Ella ya sabía.

Sabía porque había amado así. Sabía porque conocía el ritmo lento y terco de las cosas que duran.

(Y lo siento, pero nadie hace cara de «yo ya he pasado por eso» con tanto estilo como Agnese ).

Esa fue la primera vez que no se dijeron lo que sentían. En su lugar, lo dejaron colgado en el aire: suspendido entre la risa muda del burrito invisible, las migas de pan dulce todavía en los bolsillos y esa colina obstinada que guardaba historias como cofres antiguos guardan cartas de amor.

Y yo lo sentí. Porque a veces el amor no llega con trompetas ni declaraciones dramáticas de película . A veces empieza disfrazado de una broma tonta, de un trozo de pan dulce compartido sin mirar, de un silencio que no incomoda y de una Navidad que lo enciende todo.

Incluso lo que todavía no se atreve a llamarse amor.

Incluso lo que apenas comienza a latir.

Incluso lo que, por ahora, no tiene nombre, pero sí una luz preciosa.