Querida Srta. Santa Clausura 5. Gian #2
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5. Gian #2

—¿Y bien? —pregunta mientras se sirve una cucharada de salsa y sopla para enfriarla lo justo—. ¿Ya la has visto?

No dice su nombre. No hace falta. Es como Voldemort, versión romántica y con pelo perfecto: la que no debe ser nombrada. Ni siquiera necesita levantar la vista para que yo entienda de quién habla. Lo hace igualmente, claro , con esa calma letal que las madres perfeccionan con los años.

No digo nada. Silencio absoluto.

—¿GiGi?

Boom.

El mote explota en la cocina como si acabara de detonar un campo minado emocional. El aire se espesa. O soy yo . O es el pasado, que ha decidido colarse por la ventana junto con el olor a tomate, albahaca y recuerdos que preferiría enterrar en un sótano sin luz.

—Sí. La he visto.

—Está preciosa, ¿a que sí?

Trago saliva. Y no por la salsa, que está humeando como si quisiera darme también su opinión.

—Sí.

—¿Y…? —insiste, con esa voz suave pero firme, el filo dulce de quien te acaricia y te empuja al abismo al mismo tiempo—. No me gusta cuando te lo callas todo para ti, tesoro.

—Fue … raro. Inesperado. Caótico. Como siempre. No sé.

Ella asiente de nuevo. No dice nada. Como si ya supiera que ese «como siempre» fuera el resumen perfecto de lo que hubo entre Gia y yo: amor, confusión y un guion inacabado .

—¿Y cómo está? La vi hace unas semanas, pero siempre anda muy ocupada. Desde que murió la nonna , ya casi no viene por casa. Y lo entiendo. Ellas dos… tenían una conexión especial. Pero yo… la añoro.

Mi madre lo dice bajito, como si fuera una confesión. Y es normal que la añore. Cualquiera que haya tenido a Gia orbitando por su cocina, robándole cucharadas de salsa y besos en la mejilla, la echaría de menos.

—Está… bien. Creo.

Pero no le digo la verdad. No le digo que me temblaron las rodillas en cuanto la vi, como si hubiera corrido una maratón sin entrenar y el premio estuviera esperándome al otro lado de la meta con esa boca suya .

No le digo que el corazón se me quedó atascado en la tráquea, golpeando como un animal salvaje que por fin reconoce el bosque.

No le digo que verla fue como abrir una caja que llevaba años cerrada y descubrir que, en lugar de polvo y telarañas, había brasas.

Brasas vivas. Rojas. Respirando despacio.

Y supe que bastaba un soplido para que todo volviera a arder.

—¿Y te reconoció?

—Joder , claro, mamá. No he cambiado tanto.

—La palabra se me queda pegada al paladar, amarga.

Porque no es del todo cierto. He cambiado.

Me he hecho más alto, más ancho , más duro.

Pero hay una parte de mí que sigue siendo el chico que la miraba como si el mundo empezara y terminara en sus ojos—.

Aunque, sinceramente, pensaba que fingiría no conocerme —añado—.

Ya sabes cómo se ponía cuando se enfadaba.

Desaparecía delante de ti sin moverse del sitio . Pero no. Me llamó por mi nombre.

Mi madre apaga el fuego con una calma que debería patentarse como método de interrogatorio. Luego se gira hacia mí y sonríe . Esa sonrisa que huele a sentencia.

—Eso ya es más de lo que mereces, ¿no?

No hay reproche en su voz. Lo cual, paradójicamente, duele el doble. Porque es solo una verdad desnuda, sin adornos. Simplemente se queda ahí, frente a mí, con las manos firmes en las caderas y la postura exacta de un juez que está a punto de leer sentencia. Y no, no hay derecho a apelación .

—Y… ¿entonces? —pregunta—. ¿Qué vas a hacer ahora?

Me encojo de hombros, pero noto la tensión en la mandíbula.

—Pues no lo sé. ¿Nada?

Ella no responde enseguida. Me mira . Pero no es esa mirada de madre que exige explicaciones . Es peor. Es la que te desnuda sin tocarte.

—Quizá podrías empezar por algo sencillo como… pedirle perdón. Sin ironías . Sin discursos largos. Solo… perdón.

Suspira mientras se limpia las manos en el paño de cocina.

—Y tal vez podrías dejar de fingir que todo aquello no te afectó. Decirle que no has rehecho tu vida con la facilidad que fingías en las fotos. Que a veces uno tarda más en pasar página de lo que admite. A veces no hace falta contarlo todo, Gian. Basta con no esconderlo.

No me mira cuando lo dice. Abre un cajón. Ordena cubiertos . Pero cada palabra cae donde tiene que caer.

—A las mujeres como ella no se les impresiona con grandes gestos . Se les demuestra que has entendido lo que hiciste. Y que has cambiado lo que hacía falta.

Trago saliva. El aire parece más denso. Mi garganta, papel de lija.

—Mamá …

—¿Qué? —dice, sin perder ni una pizca de paciencia, como si estuviéramos hablando de la lista de la compra y no de mi vida personal—.

Es una confesión perfectamente legítima.

Te recuerdo que soy la misma que te vio llorar a lágrima viva cuando, con diez años, creías que habías perdido a tu tortuga y solo estaba debajo del cojín. A mí no me mientes.

—Ya, pero no es tan sencillo .

Y ahí está. El eufemismo del siglo. La frase que debería venir con asterisco, nota al pie y un «lo que quiero decir en realidad es imposible, aterrador y totalmente inoportuno».

—Claro que no —suspira, bajando la voz como si hablara de una hija que también fue suya—. Nada es sencillo cuando se trata de Gia. Y mucho menos del amor. Pero ya va siendo hora, tesoro. Hora de que se lo digas. De que ella sepa lo que fue para ti. Y lo que sigue siendo, pese al tiempo .

Asiento. No digo nada más, porque ponerlo en palabras sería como abrir una grieta en la pared: al principio parece pequeña, casi invisible, pero luego la casa entera se viene abajo y nadie sabe cómo recoger los escombros. Así que hago lo único que sé hacer: recojo los platos y los lle­vo a la mesa.

Mi madre reparte las raciones y cenamos.

Por suerte, cambiamos de tema. Me pregunta por Londres.

Por mi jefe. Por si ya tengo pensado qué hacer con mi vida después de este break que estoy tomando.

Yo le respondo a medias. Ella escucha, también a medias.

Pero no insiste. Solo mastica lento, como si dar espacio a mis palabras no dichas fuera más importante que entender las que sí pronuncio.

Pasamos dos horas así, flotando en esa calma que da el hogar, y luego mi madre se va al sofá, se arropa en su batín de lana, y es absorbida completamente por otro capítulo de esa serie turca que la tiene enganchada.

Yo me quedo en la cocina fregando, con la cabeza en otra parte , hasta que el móvil vibra.

El resplandor azul de la pantalla corta la penumbra y me ilumina el rostro.

Lo cojo y miro la notificación. Es un nuevo correo.

Y el corazón me da un golpe seco, como un martillazo contra el esternón, cuando lo abro para leerlo.

Querido Gian :

He leído tu carta despacio. Muy despacio. (Tan despacio que se me ha enfriado el café). No con la prisa de quien busca una solución rápida, sino con el respeto de quien reconoce en tus palabras una historia que perfectamente podría haber sido la suya.

Sabía que volverías a escribirme . Estas historias, las que se quedaron a medio vivir, siempre acaban buscando un agujero por donde colarse. Un rincón seguro donde intentar poner orden en el desorden que el tiempo dejó.

Y, respondiendo a tu pregunta, sí. Voy a ayudarte .

Si me lo permites, me gustaría diseñar una carta de clausura a medida.

No para cerrar desde la herida, sino para abrir desde la verdad.

Porque lo que tú y Gianna vivisteis no encaja en la categoría de «fue bonito mientras duró».

Lo vuestro merece algo mejor. Una despedida con palabras escogidas.

Con cuidado. O, quién sabe…, un reencuentro que no termine en desastre. Eso ya dependerá de vosotros.

Ahora bien, para poder escribir esa carta necesito algo de ti .

Primero: una dirección postal. Sí, postal.

Porque la carta, cuando esté lista, se enviará en papel.

No por e-mail , ni por WhatsApp. Se envía como se envían las cosas importantes.

Pero, antes de que ella la reciba, la leerás tú.

Necesito tu visto bueno. Quiero que lo que yo escriba represente lo que tú sientes, no una versión edulcorada que yo invente de tu historia. Quiero un reflejo sincero .

Segundo: necesito más información sobre Gianna.

Lo básico. No hace falta que me envíes su biografía entera ni su número de documento de identidad, pero sí algunos detalles que me ayuden a escribir para ella.

¿Qué cosas ama? ¿Qué odia con la fuerza de mil soles?

¿Qué frase suya te sabes de memoria? ¿Qué película repetisteis hasta el cansancio?

¿Qué canción le hacía llorar o bailar como una loca?

Tercero (y esto es de vital importancia): dime qué esperas de esta carta.

¿Quieres cerrar? ¿Quieres disculparte? ¿Quieres que sepa que aún piensas en ella?

Esto no es solo un ritual. Es una conversación.

Aunque unilateral. Aunque escrita. Y las palabras tienen peso.

Así que dime cuál quieres que sea el tono.

¿Honesto pero suave? ¿Irónico con ternura?

¿Brutalmente vulnerable? Tú decides. Yo escribo.

Y ahora, por si te lo estás preguntando: sí, puede que ella aún conserve heridas. Puede que esta carta no cure ni unas pocas. Pero, si haces esto bien, tal vez logres algo más importante: cerrar sin dejar de querer. O abrir (de nuevo) la mejor historia de amor que ha llegado a mis manos.

Estoy aquí. Lista para escribir. Así que quedo a la espera de tus datos y de tu decisión.

Abrazo virtual con música de fondo (ahora mismo está sonando «It’s the Most Wonderful Time of the Year»),

Srta. Santa Clausura