5. Gian
Gian
Querida Srta. Santa Clausura:
No sé qué me ha sorprendido más: que respondieras a mi correo o que lo hicieras sin esconderte detrás de ninguna ironía.
La vi anoche. Por casualidad. O eso quiero creer. Manarola no es tan grande como para fingir que el destino no se divierte a veces. Y yo ya no tengo veinte años como para hacerme el indiferente.
No esperaba que me afectara. De verdad que no.
Pero hay cosas que no cambian. Su manera de sostenerme la mirada, por ejemplo.
Esos ojos verdes que nunca consiguieron ser fríos.
Como si supieran exactamente qué versión de mí estoy intentando proyectar…
y cuál estoy ocultando. Y anoche volvió a mirarme así.
Durante un segundo tuve la sensación absurda de que el tiempo no había pasado. De que todo seguía exactamente donde lo dejamos. Y digamos que confirmé algo que creía olvidado: sigo sin ser inmune a ella. Y no estoy seguro de si eso me tranquiliza o me asusta.
Se llama Gianna, por cierto. Gia para casi todos. Y sí, lo sé, es casi poético. Giancarlo y Gianna. Gian y Gia. Todo el mundo nos solía llamar GiGi incluso antes de estar juntos. Un poco cursi. Un poco inevitable. Como esas historias que todos dan por hechas antes que tú.
Crecimos pared con pared. Su casa estaba junto a la de mi nonna . Desde aquel diciembre en que apareció en mi vida, Gia lo fue… todo. El mar. Las cerezas robadas del huerto del señor Vittorio. La risa que se te quedaba pegada al pecho. El panetone de chocolate. La Navidad…
Yo llevaba rodilleras. Ella solía tener una tirita en la barbilla porque se caía más de lo que corría.
Jugábamos a las sirenas de H2O . Ella era Cleo, siempre.
Yo, el día con suerte, era Lewis. Otros, Rikki o Emma.
Pero siempre el que acataba las reglas del juego para no estropearle la fantasía.
Supongo que ahí empezó todo: yo aprendiendo cómo hacer que su mundo siguiera girando.
En la adolescencia las cosas se volvieron más raras.
A mí me cambió la voz. A ella, la forma de caminar.
De reír. De mirar. Se hizo un flequillo horrible durante un año entero.
Y aun así me parecía la mujer más impresionante que había visto nunca.
Fingía que no notaba nada, pero, cada vez que se acercaba demasiado, se me olvidaba respirar.
Me enamoré de ella sin darme cuenta. No fue un flechazo.
Fue una acumulación de detalles. La forma en que se comía los bordes de la pizza aunque jurara que no le gustaban.
Cómo odiaba los lunes con una convicción admirable.
Cómo recitaba diálogos de Love Actually cada Navidad y lloraba en las mismas escenas.
Cómo me miraba cuando creía que yo no la estaba mirando.
Creo que todo el mundo lo supo antes que nosotros. Éramos el típico «cuando os caséis, os acordaréis de esto» de los adultos, y los «buah, lo vuestro da asco de lo perfecto que es» de los amigos.
Cuando cumplí veintiuno, todos esperaban que pasara.
Y, un día, simplemente pasó.
El beso llegó como llegan las cosas inevitables.
En casa de mi nonna . Árbol de Navidad a medio decorar.
Una estrella torcida. Un comentario mío demasiado orgulloso.
Una bola de algodón lanzada con mala puntería.
Un lazo dorado en represalia. Y de pronto estábamos tan cerca que el mundo decidió callarse.
No hubo discurso. No hubo aviso. Solo… pasó.
Fue torpe. Fue largo. Fue el tipo de beso que te reorganiza por dentro. Y, cuando terminó, nos reímos. No por nervios. Por alivio. Porque por fin. Porque llevábamos toda una vida caminando hacia ese momento.
Estuvimos juntos casi tres años. Los mejores.
No por perfectos, sino por reales. Discutíamos.
Nos enfadábamos. Yo viajaba demasiado. Ella trabajaba con una pasión que me dejaba sin argumentos.
Pero cada vez que volvíamos al sofá, a nuestras películas, a los perros imaginarios que planeábamos tener, todo encajaba.
Porque nos queríamos una barbaridad. Porque, por cursi que pueda sonar, si de algo estoy seguro es de que aquello era amor verdadero.
Y entonces me ofrecieron el trabajo en Londres.
Y dije que sí. No porque fuera valiente.
Sino por lo contrario. Porque no supe hacerlo mejor.
Porque lo que sentía era enorme. Demasiado de verdad.
Demasiado definitivo. No lo hablé con ella como debía.
No le di la opción de elegir venir conmigo.
Ni siquiera me quedé el tiempo suficiente para saber si lo habría dicho.
Solo… me fui. Como hacen los que tienen miedo.
Como hacen los hombres que todavía no saben ser hombres.
Y ahora estoy aquí, intentando entender si aún queda algo de todo aquello.
Si GiGi sigue siendo una historia con dos protagonistas o solo el capítulo más importante, el cual yo abandoné antes de terminarlo.
Porque verla me ha removido todo lo que creía enterrado.
Y ya no tengo muy claro si te escribo para cerrar, para empezar o para intentar no dejar que el azar lo decida todo.
Así que, con la esperanza torpe de quien aún sueña con milagros navideños, te pregunto: ¿me vas a ayudar?
Abrazo virtual,
Gian
Me encuentro en la cocina de mi madre, intentando mantener una conversación profesional mientras esquivo el humo de una salsa que lleva media hora amenazando con convertirse en arma biológica.
—Sí, Dan, entiendo lo del informe. Pero lo que digo es que, si presentas esa cláusula tal como está redactada, el juez se va a reír en tu cara.
Me apoyo contra la encimera, con el móvil pegado a la oreja escuchando cómo Dan me insulta entre dientes, y un trapo de cuadros en la mano porque, por algún motivo, mi madre ha decidido que ahora yo soy el que revuelve el ragú.
—No te ofendas, hombre. Solo te digo que redactarlo así es como regalarle la custodia al otro sin ponerle ni un solo inconveniente —a ñado mientras mi madre me lanza una mirada de reproche.
Estoy hablando en inglés, ella no está entendiendo nada y, como mujer con un doctorado en el arte de cotillear, lo odia—. Hazlo como te digo y ganarás el caso.
Al otro lado del teléfono, Dan suspira. Es un abogado de familia con una voz grave de locutor de radio frustrado. Y tiene una tendencia a sobreexplicar las cosas que me hace querer ponerme tapones en los oídos.
—De acuerdo, Gian, haré los ajustes. Pero no me hables como si fuera uno de tus becarios de bajo nivel.
—¿Qué quieres que te diga? —respondo mientras intento bajar el fuego sin provocar un incendio—. Tú me hablas como si yo todavía llevara esas gafas absurdas que fingía necesitar para parecer más listo que tú cuando llegué a Londres.
—Las cuales, admitámoslo, te quedaban bastante bien —apostilla con una risa seca, y me lo imagino en el despacho de Mayfair, con las piernas sobre la mesa y el botón del pantalón de traje desabrochado—.
Por cierto, ¿te quedarás mucho tiempo en Italia?
Sé que te has cogido una especie de excedencia para ir a casa. Pero… ¿pretendes volver?
Me llevo los dedos al puente de la nariz y aprieto como si ahí estuviera el botón para responder preguntas incómodas en versión automática. Pero no está.
—No lo sé aún. Depende.
—¿De qué?
—De muchas cosas, Dan —murmuro mientras observo cómo mi madre coloca el pan en una cestita con tanto esmero que cualquiera juraría que espera al mismísimo papa León XIV a cenar en nuestra co cina.
Me lanza otra mirada, esa mirada que combina desaprobación, interrogatorio silencioso y un «cuelga el teléfono o lo tiro» perfectamente coreografiado—.
Oye, tío, te dejo. Mi madre me está poniendo la mirada de madre italiana patentada, esa que hace que reconsideres toda tu existencia.
Llámame si cambias de idea y decides no autoboicotear tu defensa, ¿vale? Un abrazo.
Cuelgo con un suspiro y entierro el móvil en el bolsillo de mis vaqueros como si me ardiera.
—¿Quién era?
— Dan.
—¿Ese tan educado que se ofreció a cocinarme cuando fui de visita?
—El mismo.
—¿Y está soltero?
Cierro los ojos. Respiro. Intento recordar las técnicas de autocontrol que recomendaba mi psicólogo.
—Mamá, por favor.
—¿Qué? Preguntar no es un delito.
—Sí lo es. O al menos lo debería ser . Exactamente desde que yo tenía diez años y decidiste averiguar si mi profesor de Historia llevaba anillo.
—Era una observación lógica. Tenía manos bonitas.
—Tenía sesenta y dos años, mamá . Y tú treinta y cinco.
Ella sonríe. Esa sonrisa suya que mezcla ternura y una superioridad tranquila, como si pensara : «Sí, hijo, pero yo siempre he tenido buen ojo ».
Y es cierto. Siempre ha tenido buen ojo. Para todo . Supongo que por eso nunca me preocupó parecerme a ella .
Compartimos el mismo cabello oscuro y rebelde, aunque el suyo ahora esté cruzado por mechones plateados que se niega a teñirse.
Dice que no son canas, sino «destellos de sabiduría ».
También la misma piel clara, pese a que la de ella está salpicada por esas pecas rebeldes que el sol de la Toscana dejó incrustadas en su juventud.
Y los ojos. Unos ojos imposibles de clasificar: ni grises ni azules.
Algo intermedio . Como el mar cuando está decidiendo si hundir barcos o dejar que la gente se bañe tranquila.
Hoy lleva su eterno delantal de cocina, el de flores bordadas que huele a orégano, a memoria y a tardes enteras de guisos interminables.
En los pies, la herejía estética que ha convertido en su marca personal: unas zapatillas rosas con orejitas de conejo que deberían estar prohibidas por la Convención de Ginebra , pero que a ella le parecen la cima de la comodidad.
Ella es así: práctica, inquebrantable y con un radar emocional más preciso que cualquier detector de metales.
El tipo de radar que detecta un corazón roto antes de que tú mismo te des cuenta de que lo llevas hecho trizas.