Querida Srta. Santa Clausura 4. Gia #3
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4. Gia #3

Dejo caer los hombros, rendida. Lele me conoce como nadie.

Sabe que, si me dejara llevar, si solo siguiera el impulso , ya le habría mandado diez correos más exigiéndole que me lo contara todo con pelos y señales.

Ya le habría reenviado su propio mensaje.

Subrayado párrafos. Añadido comentarios al margen .

Tal vez incluso le habría redactado un informe emocional y adjuntado memes.

Y, por supuesto, habría creado una encuesta anónima con opciones tipo:

Si la historia hubiese sido al revés , y tú fueras ella, ¿qué elegirías?

a) Me dolió, pero te entiendo.

b) ¿Qué quieres de mí ahora?

c) Ven y dímelo a la cara, pedazo de cabronazo sexy.

Pero no. No ha contestado.

—Prométeme que, en cuanto te responda, me lo dirás —dice.

—Te lo prometo.

—Bien. Pues luego hablamos, que tengo que terminar de cerrar unas cosas con los Di Stefano —sentencia, y cuelga antes de que pueda replicarle, como siempre. Como si supiera exactamente cuándo dejarme sola, y cuándo no.

Me quedo mirando la pantalla en negro más de lo necesario.

Mi corazón late como un paquete sin remitente: lleno, sellado y sin nadie que firme la entrega.

Abro el portátil. Lo cierro. Dejo el móvil boca abajo como si así pudiera dejar boca abajo también mis pensamientos.

Acabo en el altillo, ese rincón que siempre evito: el cementerio de las versiones de mí que no supieron irse a tiempo.

Me siento en el suelo y abro una de las cajas.

Está llena de fotos. No las de Instagram con filtros y atardeceres estratégicos.

Las de verdad. Las que nos sacamos en pijama, sin filtros, sin maquillaje y con legañas.

Gian sosteniendo mi taza favorita en bata, despeinado y riéndose a carcajadas por algo que no recuerdo.

Yo con los ojos hinchados y una sonrisa agradecida porque apareció con helado y una comedia romántica horrible.

Una en la que salgo dormida y él escribió detrás: «La única vez que te callaste más de tres minutos».

Y luego está esa foto.

La que nos hicimos el día antes de que se fuera.

Él sonriendo con los ojos tristes. Yo haciéndolo con todos los dientes, convencida de que el mundo no estaba a punto de desmoronarse.

Porque no sabía que esa sería la última.

No sabía que su sonrisa era un disfraz mal puesto sobre una despedida que no se atrevía a decir en voz alta.

Y lo peor es que no me dijo que se iba. Dijo frases sueltas.

Retazos de verdad envueltos en ambigüedades.

«Han surgido unas entrevistas…». «No es seguro todavía…

». Y yo, Gianna Bellini, licenciada en sospechar y experta en leer entre líneas, decidí quedarme con la letra pequeña que más me convenía.

Porque, al parecer, cuando una ama también se vuelve idiota.

Tres días después se fue. Y ni siquiera tuvo la decencia de poner cara de cachorro arrepentido mientras me lo contaba.

Simplemente me dejó un mensaje de texto.

«Lo han confirmado. Vuelo esta noche. No quería hacerlo así…

». Y ya. Fin del comunicado oficial. Ni un «te quiero», que habría sido lo mínimo.

Ni un «perdón», que tampoco habría estado mal teniendo en cuenta que estaba a punto de desaparecer como si fuese un mago mediocre en un concurso de talentos.

Fue un adiós con la estructura exacta de un recordatorio de calendario: breve, impersonal y con la misma calidez emocional que «revisar la factura de la luz».

Y yo, después de tantos años con él, me congelé. No grité. No corrí al aeropuerto como en esas películas en las que el protagonista se cuela en el control de seguridad y nadie llama a la policía. No hubo escena dramática bajo la lluvia con beso final y música épica de fondo. Solo hubo… silencio.

Porque no rompió conmigo. No hubo ese momento oficial de «se acabó» que te permite abrir una botella de vino y llorar a lo Bridget Jones. Simplemente soltó mi mano en mitad del baile y salió del salón. Y yo, profesional del autoengaño, seguí girando sola.

Después vinieron los intentos tibios: una videollamada incómoda, dos audios que no eran ni confesión ni despedida. Un «estoy saturado» suyo. Un «no puedo con esto» mío. Y más silencio. Lento. Persistente. Trepando por todo lo que habíamos construido hasta cubrirlo entero.

Porque no fue Londres. No fue su ambición. No fue su futuro. Fue su forma de borrarme del guion. De arrancar mi papel de la última escena y hacer como si nunca hubiera estado ahí.

Así que no, no cerré la historia. La enterré.

La cubrí de sarcasmo, de clausuras ajenas, de correos donde ayudaba a otros a terminar lo que yo no supe acabar.

Y ahora, rodeada de cajas abiertas como heridas mal cerradas, estoy intentando decidir si esto que regresa es un fantasma o una segunda oportunidad.

Porque, aunque el simple hecho de pensarlo ya me parece una traición a mi sentido común, sé que hay una parte de mí, pequeña, testaruda y con una preocupante tolerancia a la estupidez, que aún quiere bailar con él esa canción que nunca llegamos a poner.

Y no sé qué haré mañana. No sé si aceptaré esa cena. No sé si me temblarán las manos o si fingiré que no. Pero hay algo que sí sé.

Ya no estoy dispuesta a bailar sola.