Querida Srta. Santa Clausura 4. Gia #2
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4. Gia #2

—No. Como una metralleta sin control. Le solté todo: que tengo perros, lo de la protectora, lo de Rosa la panadera, le hablé de mi mudanza… y no sé qué más. Y luego… hui. Así. Sin más. Salí corriendo como si me hubieran dado cuerda y se me acabara la batería a mitad de calle.

Lele se recuesta un poco hacia atrás, cruzando los brazos. Su cara es un poema. Una mezcla entre «estoy preocupada» y «esto me lo voy a guardar para echártelo en cara durante los próximos veinte años».

—Guau —dice al fin.

—Sí, guau.

El silencio que se instala después no es como los otros. Este pesa. Y entonces Lele habla, bajito. Casi como si temiera romper algo.

—Gia… ¿Tú qué quieres hacer con esto?

Me detengo un segundo. Pero solo por fuera. Por dentro sigo corriendo como loca. Y no respondo. Porque no lo sé. Porque me da miedo saberlo.

Sigo caminando por el salón, con el móvil enfocándome la cara, como si en algún rincón de este piso, entre los cojines del sofá, detrás de la planta moribunda o dentro del cajón de los vinilos, pudiera aparecer la respuesta, en una nota olvidada o en una servilleta con algo escrito en tinta corrida.

Y, mientras ando en círculos como una lunática en bata acolchada, la verdad me sale sin pedir permiso.

—Estaba tan guapo, Lele. Tan insoportablemente guapo.

Con esa cara de Gian que no ha cambiado nada, pero que ahora tiene arrugas nuevas en los sitios justos.

Y barba de dos días. Y esa voz. Y esa forma de mirarme como si…

Como si nunca se hubiese ido del todo. Como si el tiempo no hubiera pasado.

O peor: como si hubiera pasado solo el justo para hacerle bien.

Lele me mira con sus ojos grises, grandes y felinos atentamente. Luego sonríe. Una de esas sonrisas pequeñas, suaves . De las que no juzgan.

—Eso complica un poco las cosas, ¿no?

Me dejo caer en la butaca del rincón , la que nunca uso porque es incómoda, y abrazo un cojín rojo chillón en un intento de contener el caos que tengo dentro del pecho.

—Pero me hizo tanto daño … —Mi voz se afloja, y sé que ella lo nota .

Lele siempre lo nota—. Ya lo sabes. Estuviste ahí.

Tardé más de un año en dormir sin pensar en qué habría dicho si nos hubiéra mos des pedido de verdad.

En dejar de escribirle cartas que nunca mandé.

En desearle el bien sin que me doliera. Y ahora aparece.

Justo ahora. Y con ese correo que yo, Gia, no la Señorita Santa Clausura, no debería haber leído.

Lele asiente despacio y sus rizos rebotan un poco. No dice nada, solo espera. Porque a veces el silencio correcto es más sabio que cualquier consejo.

—¿Qué quieres hacer?

—No lo sé… —Suelto un resoplido —. Una parte de mí quiere esa cena.

La de clausura . Me la merezco. Quiero sentarme delante de él, mirarlo a los ojos y decirle: esto es lo que sentí, esto es lo que me dolió, y esto es lo que queda.

Cerrar. Como en los libros. Como en las buenas historias. ¡Como en mi trabajo!

Me pongo en pie. Camino hasta la ventana. El mar brilla allá abajo, tranquilo y traicionero como una mentira bonita. Y entonces dejo escapar el aire que no sabía que estaba reteniendo. Porque hay otra parte de mí que no firma contratos, que no sabe cerrar nada cuando es importante para ella.

—Pero, por otro lado…

Me detengo. Porque, si lo digo en alto , será real. Y, si es real, voy a sentirme todavía más estúpida de lo que ya me siento.

—Por otro lado, ¿qué? Suéltalo de una vez, Gia. Sabes que no voy a juzgarte.

—Que es… Gian, Lele. El único al que he querido de verdad.

El que ha estado, sin quererlo, en cada relación que he intentado después.

Al que he buscado sin darme cuenta en otras voces, en otros cuerpos, en otras risas…

Y por eso ninguna ha funcionado . Y por eso ninguna me ha dolido.

Porque… no eran él. —Trago saliva. Me arden los ojos.

Pero sigo—: Y una parte de mí no quiere cerrarlo.

No todavía, al menos. Porque me da miedo no volver a sentir por alguien lo que sentí por él.

Lo que siempre voy a sentir por él. ¡Porque es Gian!

—c hi­ llo, pues necesitaba dejarlo salir—.

¡Y estaba tan guapo, Lele! Tan guapo que me rompió el equilibrio.

Tan injustamente guapo que, por un momento, me olvidé de cómo desechó toda una vida conmigo como si yo nunca hubiera significado nada para él.

Y lo peor es que ni siquiera me tocó. Solo me miró. Y fue suficiente.

Lele entrecierra los ojos.

—¿Te ha vuelto a escribir?

—No.

—¿Seguro?

—¡Claro que estoy segura ! ¿Qué te crees, que no lo reviso cada dos minutos ? ¡Llevo todo el día pegada al ordenador! ¡Me duelen hasta los ojos!

Ella ladea la cabeza, impasible, y deja asomar una media sonrisa.

—Sabes que mi deber como mejor amiga sería odiarlo por cómo hizo las cosas, ¿verdad?

—Frunce un poco el ceño, aunque en sus ojos hay más ternura que rabia—.

Pero es que… Sí, Gia, es Gian. Y tú sabes mejor que nadie que yo siempre he sido la presidenta oficial del club de fans de GiGi.

—Hace una pausa, como si la siguiente frase le supiera a verdad incómoda—.

Y tú no lo odias tampoco. Aunque lo hayas intentado.

—Ojalá pudiera. Sería todo más fácil.