4. Gia
Gia
Querida Srta. Santa Clausura:
Este año me he propuesto no volver a liarme con mi ex en Nochebuena. Y lo digo en serio. Voy a resistir. El problema es que él ya ha empezado la ofensiva navideña: memes de renos borrachos, fotos en nuestro sofá y esa sonrisa que huele a desastre y pandoro barato.
Por eso recurro a ti. Necesito que cierres este ciclo con candado, cemento y , si hace falta, un notario.
Porque, si lo cierro yo sola, sé cómo terminará: con mi dignidad extraviada, mi jersey olvidado a propósito en su casa y yo, a las tres de la mañana, comiendo una focaccia della Befana en su cocina como si la historia fuera nueva.
Con gratitud ,
Mariola Albertolli Russo
—¿Ya has cerrado la cena con los Bertinelli? —pregunta Lele al segundo tono de la videollamada, sin ni siquiera saludar.
Mi socia y asistente la mayor parte del tiempo —y mejor amiga el resto— suele tener la paciencia de un monje budista con café en vena. Pero hoy su voz suena diferente. O quizá soy yo, que tengo el volumen emocional subido al máximo y escucho todo como si fuera un eco personal.
—Casi —respondo mientras revuelvo un yogur de coco al que he renunciado hace treinta minutos, pero sigo torturando con la cuchara.
—¿Casi?
—Bueno… He hablado con Ludovica. Dice que no quiere que sea en el invernadero porque su todavía marido siempre se queja del frío.
—Ese tío se queja del frío, del vino, de la iluminación y hasta de la maldita silla en la que se sienta. Es un pedante. ¡Casi estoy yo más ansiosa de que Ludovica lo mande a tomar por culo que la propia Ludovica!
Sonrío.
—Lo sé.
—Y, sin embargo, no se queja de seguir casado con ella y, por ende, con su cuenta bancaria con más de seis cifras. Fascinante. No sé por qué será.
El teclado de Lele empieza a sonar como un tambor de guerra. La imagino redactando mi epitafio: «Aquí yace Gianna Bellini, fundadora de Santa Clausura, S.r.L., pero incapaz de clausurar una cena».
—Gia, la cena con los Bertinelli es LA CENA .
La joya de la corona. Si sale mal, se nos cae toda la cadena de clausuras prenavideñas.
Y tú sabes lo que eso significa: adiós a los divorcios terapéuticos con tiramisú, adiós a las rupturas simbólicas con canto lírico, y adiós a nuestro mes más fuerte del año.
—Lo sé — repito.
—Ludovica está forradísima —prosigue—. Y encima tiene más contactos que tu madre en Facebook. Si sale encantada, tendremos mil cenas en trámite.
—Estoy en ello, Lele.
—Ya. Como con el yogur ese que llevas removiendo media hora, que ahora parece vómito de gato, pero pasado por la Thermomix.
Aprieto la cuchara, pero no le confieso que en realidad no estoy pensando en Ludovica ni en su insufrible marido.
Estoy pensando en él. En Gian. En lo que ocurrió anoche.
En la carta. En el muérdago desparramado como si alguien lo hubiera usado para invocar espíritus navideños con tendencias indecentes.
En su voz pronunciando «Gia» como si cinco años no fueran nada.
Como si el tiempo fuese un hilo suelto y él tuviera la manía peligrosa de querer anudarlo otra vez.
Lele suspira, y su teclado vuelve a sonar como una metralleta administrativa.
Porque tiene razón. Los Bertinelli son esa clase de dinastía que dona medio presupuesto cultural del norte de Italia sin despeinarse.
Organizar su cena de clausura navideña es, emocionalmente hablando, como montarle un vals privado al rey de Inglaterra en pantuflas de terciopelo y con la presión arterial disparada.
Ludovica, la hija mayor de la familia, tuvo la mala suerte de casarse con un cazafortunas con un trastorno de quejas crónicas importante.
El hombre es como una aplicación de servicio al cliente que nunca se apaga: gime, suspira, protesta, y todo con esa energía de «el mundo me debe algo» que lo hace más insoportable si cabe.
Así que sí, cuando la señorita Bertinelli me escribió para contarme su historia, ni siquiera me fijé en su apellido.
Dejé todo por ayudarla, porque soy igual de noble o de inconsciente, según el día.
Y luego me enteré de quién era y de lo que estaba dispuesta a pagarme.
Ahí, de repente, mi altruismo desarrolló un sentido de la prioridad muy agudo.
Ludovica se convirtió en mi cliente número uno.
O al menos lo era hasta que ayer apareció cierto ex con un timing tan impecable como inoportuno.
— Ya lo tengo medio arreglado —respondo, intentando sonar segura de mí misma—.
Le propuse el salón azul de Villa Il Faro, con chimenea y mantas de cachemira para su marido.
También he contactado con ese violinista ciego que hizo llorar a la señora Tiffany con su versión de «Last Christmas» el año pasado.
—Perfecto. ¿Y los menús?
—Le daré tres opciones: cocina tradicional, vegetariano gourmet y la propuesta estacional del chef Alberto. Sin tofu. Lo tengo apuntado con fluorescente.
Lele hace clic, probablemente subrayando «sin tofu» con el entusiasmo de quien desactiva una bomba.
—Vale. Esto sí suena a ti . Porque te juro que esta mañana, en la oficina, no has sido tú. Estabas como… ida.
Me quedo mirando a Turrón, que está en la alfombra intentando atrapar una pelusa invisible.
Y, por razones que probablemente Freud sabría explicar, el movimiento de sus patas me recuerda a lo que Gian estaba haciendo con sus ojos anoche.
Recorrerme de arriba abajo como si fuera un fantasma.
Devorarme sin disimulo alguno. Resultado : mi cerebro se fue de vacaciones sin mí.
—Eh…, ¿qué ?
—¿Ves? ¡Estás rara, Gia! Dispersa. Me haces repetir las cosas . No terminas las frases. Has puesto veinte cubiertos en vez de dos en la cena de los Noceto y me ha tocado llamar al restaurante para corregirlo. —Me clava la mirada—. ¿Qué está pasando?
—Es que… —Me rasco la sien , como si de verdad pudiera ordenarme así las ideas—. Ayer recibí un correo. Bueno, la Señorita Santa Clausura lo recibió .
—¿De quién?
Dudo.
—De Gian.
—¿De Gian?
—Sí, Lele. De Gian… Gian.
El otro lado de la línea se queda mudo, y sé que su cerebro ya está haciendo conexiones a velocidad ultrasónica.
Lele parpadea dos veces, rápido, intentando procesar lo que acabo de decir.
Su pelo rizado es un caos brillante, un remolino de bucles que parece haber sido peinado por la electricidad y el arte.
Lo lleva recogido en ese moño cambiante que nunca repite forma, como si cada mañana lo reinventara porque sí.
Hoy lleva uno que parece una rosa deshecha, melancólica y hermosa en su decadencia .
Y sus ojos, grandes y grises como un cielo cargado de nieve, se agrandan aún más, como si quisieran tragarse el mundo antes de emitir un juicio.
Y entonces alza una ceja. La izquierda. La ceja del escándalo.
Esa ceja que ha silenciado habitaciones, ha destruido egos y ha hecho que más de un hombre adulto se disculpe por existir .
—¿Giancarlo Di Laurentis? —repite, arrastrando cada sílaba como si fueran piedras—. ¿Gian Gian? ¿GiGi?
—Sí, Lele. GiGi.
Se echa hacia atrás en la silla con una lentitud exagerada, como una actriz en plena tragedia griega. La bufanda de lana negra le envuelve medio rostro, y deja que la mandíbula se le descuelgue con toda la teatralidad que solo ella domina.
—¡Ay, mi madre! ¿Por qué no me lo has contado antes? —exclama, con los ojos bien abiertos—. Dame un segundo. Estoy procesándolo.
Aprovecho su pausa dramática para bajar la mirada y acariciar a Turrón, que me roza la pierna con ese nivel de intensidad canina que solo los perros con apego obsesivo manejan.
En la pantalla, Lele agita las manos en el aire.
—Vale, ya está —declara, recomponiéndose—. ¿ Qué te ha escrito?
Me levanto de la silla y empiezo a pasearme por el salón con el móvil en la mano. Ella me sigue con la mirada desde la pantalla, con esa mezcla de curiosidad, alerta y puro cotilleo de mejor amiga.
—Digamos que me ha contado un minirresumen de su versión.
La de Londres. La de por qué se fue. Por qué no dijo nada.
Y lo escribió con esa mezcla de honestidad y culpa que da rabia, porque te dan ganas de abrazarlo y de propinarle una buena patada en las pelotas en la misma secuencia de movimientos.
Lele resopla. En su cara se dibuja una expresión que mezcla compasión, alerta y esa chispa que le sale cuando huele drama del bueno. Su favorito. Y el mío, salvo cuando soy yo la protagonista del desastre.
—¿Y le has contestado? Dime que sí.
—Claro que sí. Bueno, la Señorita Santa Clausura lo ha hecho.
Distancia quirúrgica, palabras calibradas, verdades a medias…
—Me muerdo el labio—. Pero solo lo hice porque, unas horas después de leer el correo, me lo encontré en el Dal Billy.
Y el muérdago de la puerta decidió suicidarse encima de nosotros. Literalmente, Lele.
La cara de mi amiga se transforma como si acabara de ver el tráiler de una telenovela que le va a robar la vida.
—¡Gia! —chilla, y se lleva las manos a la boca antes de añadir—: Te voy a pedir que retrocedas. Muy lentamente. Y que me cuentes todo, absolutamente todo, desde el principio.
—Fue tan absurdo que parecía un sketch navideño escrito por alguien con fiebre, nostalgia y dos copas de bourbon encima.
Salía del Dal Billy de recoger el pedido, ya sabes, lo de siempre.
Había un muérdago colgando de la puerta, como en todos los sitios en esta época, y justo cuando estaba cruzando el umbral…
¡pum! Me lo encontré de frente. Y el muérdago se cayó.
Encima de nosotros. Como una señal divina.
—¿Me estás vacilando?
— Ojalá, pero no. Nos miramos. Fue…, no sé, fue intenso. Como si el tiempo hiciera un cortocircuito y durante un segundo no existiera nadie más en el mundo. Y yo…, bueno, reaccioné como mejor sé.
—¿Como una persona adulta, serena y plenamente funcional? —A lza una ceja.