Querida Srta. Santa Clausura 2. Gian #2
4%

2. Gian #2

Porque hoy es 1 de diciembre. Oficialmente, hay quien dice que la Navidad no empieza hasta dentro de unas semanas.

Extraoficialmente, el paseo ya está lleno de luces, lazos rojos, purpurina que acaba pegada en los abrigos y parejas besándose debajo de los muérdagos sin saber que tienen que arrancar una baya de la ramita al terminar. Pero les da igual. Y a mí también.

Camino sin prisa hacia la Trattoria dal Billy , en lo alto del acantilado.

La de siempre. La que seguía recomendando incluso cuando vivía a miles de kilómetros de aquí.

Subo los escalones despacio, pero no porque me canse , sino porque conozco cada tramo, y el aire se vuelve más frío cuanto más avanzo, más limpio.

Huele a albahaca . A vino. A la cena de los domingos.

Cuando por fin llego arriba, me detengo.

Esa luz imposible que solo existe en lugares donde el mar y las montañas se rozan lo cubre todo con una paleta dorada y violeta .

Desde la terraza se ve el Mediterráneo y, cuando hace buen tiempo, es uno de los mejores lugares del pueblo para disfrutar de las vistas.

Lleno los pulmones de aire como si fuera a lanzarme al agua y no a cruzar una simple puerta.

Giro lentamente el pomo mientras me preparo el gesto que voy a mostrar: media sonrisa, mirada tranquila y el tono desenfadado de quien no ha estado ausente demasiado tiempo.

Porque sé que en cuanto entre tendré que repartir apretones de manos, aceptar palmadas en la espalda y responder, una y otra vez, a las mismas preguntas: cuánto tiempo ha pasado , qué ha sido de mí, por qué ahora.

Pero entonces ocurre.

Un roce.

Apenas un soplo delante de mí.

Una voz que se despide con educación.

Un perfume.

Ese perfume .

Y así, como si el universo se hubiera tomado una copa de más, el muérdago que cuelga del dintel de la puerta se suelta.

Sin previo aviso. Simplemente cae justo en ese instante.

Se desprende con un silencio tan absoluto que parece que hasta el aire contiene la respiración, y flota, despacio, hasta posarse justo sobre nuestras cabezas.

Levanto la vista, sabiendo perfectamente a quién voy a encontrarme.

Y entonces la veo.

Gianna Bellini.

Mi Gia.

El tiempo no avisa cuando decide colapsar sobre sí mismo.

No hace ruido. Solo ocurre. Y de pronto todo está aquí: el pasado, los errores, las risas, las despedidas a medias…

Todo comprimido en la figura de una mujer que está delante de mí como si los cinco años que han pasado fueran solo una coma mal colocada en una frase que nunca supimos terminar.

Lleva un abrigo largo, abierto, que baila con el viento como si él también recordara cómo se movía entre mis brazos.

Y debajo, una de esas minifaldas que siempre odiaba usar cuando hacía frío, pero insistía en ponerse igual porque le quedaban de muerte.

Las botas cowboy rojas, inconfundibles , hacen ese tac-tac familiar al chocar contra el suelo de piedra, un eco de pasos que mi memoria aún sabe recitar a la perfección.

Y sonrío como un idiota , porque por supuesto que calza esa clase de botas.

Y entonces lo hace: se ríe. Porque el muérdago acaba de caernos encima como si estuviéramos dentro de una de esas películas navideñas que tanto adora.

Y su risa, esa que es inconfundible porque empieza en la garganta y termina en los ojos, me sacude como un rayo de esos que no ves venir.

Me quedo quieto, congelado, con una expresión que probablemente oscila entre el susto y la absoluta incredulidad .

Y ella… Ella es todo lo que he intentado olvidar y empujar al fondo de un cajón mental.

Sus ojos siguen siendo de ese verde imposible, como de otro planeta , con destellos dorados cuando le da la luz de perfil .

Su piel sigue siendo clara, suave, esa que se sonrojaba cuando bebía una copa de vino o se enfadaba conmigo sin querer, intentan do parecer seria sin conseguirlo del todo.

Y sigue teniendo ese gesto que me dedicaba cuando hacía algo estúpido: medio incrédulo, medio resignado, con las comisuras de los labios torcidas en una ironía perfecta. La suya. La que nadie más tiene.

Y está igual. No por la ropa , ni por el maquillaje —aunque esos labios rojos siempre han sido mi maldita perdición—, sino porque sigue siendo ella.

Esa mezcla perfecta de torbellino y refugio que siempre me desarmó .

Esa presencia que lo llena todo sin hacer ruido.

La mujer que quise hasta cuando no sabía cómo quererla bien .

Sigue siendo ella y, al mismo tiempo, no. Porque está … más… Más mujer. Más preciosa si cabe. Más Gia. Y , maldita sea, más presente que nunca. Como si nunca se hubiera ido. Como si nunca hubiese dejado de ser mía .

El mundo se encoge. Se pliega sobre sí mismo.

Y, de pronto, solo quedamos ella, yo y ese pedazo de muérdago caído como una se­ ñal que no he pedido, pero que ya no puedo ignorar ni aunque quiera.

¿Qué fuerza ridícula mueve el viento para que decida, justo en este instante, derribar el adorno más simbólico de todo diciembre sobre nuestras cabezas?

¿Y por qué demonios me parece más guapa cada vez que la miro?

Ella tarda más en darse cuenta, pero también se detiene.

La risa se le congela en los labios cuando sus ojos me reconocen.

Y ahí estamos: dos desconocidos que se saben de memoria, pero que han intentado durante años ignorar esa verdad.

Al mirarnos, se produce un choque silencioso entre lo que fuimos, lo que quisimos ser y lo que, a pesar de todo, y aunque no estemos dispuestos a admitirlo, seguiremos siendo, en algún rincón oculto del otro, para siempre.

—Gian…

Mi nombre le tiembla en la boca. Como si necesitara oírlo en voz alta para asegurarse de que soy real y no un recuerdo mal guardado.

Y, cuando lo escucho salir de sus labios después de tantos años, el corazón no me late : me embiste.

Un golpe seco, brutal, desacompasado. Como si quisiera irse hacia ella, sin pedir permiso.

—Gia.

Ella asiente y traga saliva. Se toca la nuca, nerviosa, y se recoloca un mechón de pelo negro azabache que no hacía falta mover. Un gesto pequeño, familiar, pero que me deja embobado . Todavía más de lo que estoy.

—Pues vaya sorpresa… —dice por fin, con esa media sonrisa suya que nunca fue solo una sonrisa, sino una barrera. Un salvavidas para no sentir de más—. Estás aquí. En Manarola. Qué cosas, ¿no?

Asiento, y la garganta se me cierra como si las palabras también se hubieran quedado congeladas en el pasado.

—¿Y tú…? —empiezo, torpe, queriendo preguntarlo todo sin saber por dónde empezar, pero ella me interrumpe.

—Yo sigo aquí, claro. Bueno, cerca. Me mudé hace unos meses a un piso en Corniglia, aunque vengo todos los días por trabajo.

O por ocio. O por el mar… Ya lo sabes. —Se detiene un segundo.

Un segundo demasiado largo—. Aunque no. Claro que no lo sabes.

¿Qué vas a saber? Hace mil años que no hablamos.

Literalmente mil. —Fuerza una risa—. Bueno, cinco. Pero ya sabes, redondeando …

Su risa cae como una piedra en medio del silencio . Yo intento devolverle una sonrisa, pero lo único que consigo es algo torcido, tenso. Más parecido a un espasmo que a un gesto amable.

—¿Y tú? —pregunta entonces, estirando las palabras como si necesitara ganar tiempo—. ¿Cuándo has llegado?

Hace ademán de sonar casual, pero la naturalidad le falla. Y, al mirarse la mano, se da cuenta de que aún sostiene el muérdago. Lo deja sobre la primera mesa que encuentra, como si quemara. Como si el simple tacto le recordara que esto no es normal. Que esto, nosotros, somos una grieta abierta.

—¿Te mudas o estás de paso? ¿Vacaciones ? ¿Trabajo remoto? Es que ahora todo el mundo hace eso , ¿no? Se van a la Toscana con el portátil y una copa de vino, y voilà , nueva vida.

—He vuelto .

El gesto se le afloja un instante. Apenas un parpadeo , pero lo noto.

—Ah… —murmura, tragando con cierta dificultad—. Bueno , pues… bienvenido.

Se rasca la frente, incómoda. Luego se recompone con una rapidez casi teatral.

—¿Has ido ya al mar ? ¿Has visto los atardeceres desde Punta Bonfiglio?

Siguen siendo una pasada. Y la focaccia de Rosa…

Bueno, ahora su panadería está cerrada por reformas.

Rosa se rompió una muñeca o algo así. Pobre.

Pero la hija, ¿te acuerdas?, la que estudió en Génova con ese chef tan famoso, me dijo que reabrirá antes de Navidad…

No se calla, y yo no la detengo. Porque sé lo que está haciendo. Esta es su forma de no mirar directamente a la herida . De cubrirla con palabras, como si bastaran para tapar lo que duele. Y yo la dejo. Porque también me duele a mí.

—Y adopté perros —suelta, de pronto, como si fuera una confesión, o un intento desesperado de equilibrar la balanza.

—¿Perros? —repito, aunque realmente quiero gritar: «¡Lo sabía!».

—Sí . Dos —dice, y se le ilumina un poco la voz , como si hablar de ellos le diera permiso para aflojar la defensa—.

Se llaman Turrón y Suchard. Lo sé, lo sé.

Ridículos y navideños. Pero eran cachorros en diciembre, y venían de una protectora que organizaba adopciones temáticas.

Su madre murió al dar a luz. Y la dueña, una ancianita de esas que te abrazan aunque no te conozcan, no podía hacerse cargo.

Iba a entrar en una residencia. —Se encoge de hombros—.

Y, bueno…, los vi. Ya está. Me enamoré. Fue eso.

Amor a primera vista. Sin condiciones ni preguntas.

Son caniches toy . Pequeños. Peludos. Pelirrojos.

Un poco neuróticos . Básicamente, una versión mía con mejor carácter. Bueno, y más obedientes. A veces.

Fuerza una risa, aunque esta vez ni siquiera lo intenta del todo. Es más un reflejo que una emoción real.