Querida Srta. Santa Clausura 2. Gian #3
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2. Gian #3

—No los he sacado aún, de hecho . Pobres.

Seguro que están ahora mismo subidos al sofá, mirándose con cara de «¿dónde diablos está?

» y juzgándome por tener algo parecido a una vida social.

Aunque… —su voz se traba un poco, y nos señala a ambos rápidamente con el dedo— esto no es vida social.

Quiero decir, no era… —Me mira por primera vez en mucho rato con los ojos abiertos de par en par—.

No me esperaba esto. A ti. Aquí. De pie como si nada.

Y yo, hablando sin parar, como si eso fuera a arreglar lo que sea que esto es.

Pero no sé. No sé por qué hablo tanto. —Se toca la frente con los dedos de nuevo, como si intentara apagar su propia cabeza.

Y yo tengo que contener las ganas de sonreír .

Porque, maldita sea, cómo la he echado de menos—.

Siempre me pasa. Cuando me pongo nerviosa, no puedo callarme.

Es automático. Y tú… Tú estás ahí, callado, como siempre.

Escuchando . Con esa cara tuya. Esa cara tan de…

De Gian . —Baja la mirada por un instante.

Solo un segundo, pero, cuando la levanta de nuevo, ya ha tomado una decisión .

Se nota en el gesto. Ya está huyen do—. Bueno, pues …

me tengo que ir. En serio. Los perros. Ya sabes .

Turrón. Suchard. Me esperan —dice, y su voz es una mezcla de ternura, pena y distancia perfectamente medida—. Adiós, Gian . Ha estado… bien verte.

Y se va. Sin volverse . Como si no doliera. O como si doliera demasiado.

Me quedo quieto. Con las bolitas del muérdago todavía esparcidas a mis pies, como si el destino hubiera estornudado sobre nosotros y luego se hubiese largado. Y tengo el estómago… raro . No sé si es hambre o una especie de náusea emocional. Algo entre vacío y vértigo.

Pido la cena para llevar. Pago. Digo «gracias», aunque no estoy seguro de a quién, y luego salgo.

Camino en modo piloto automático, sin pensar demasiado en nada.

O tal vez pensando en todo a la vez. Cuando llego a casa, enciendo la lámpara del escritorio, cojo el ordenador, me dejo caer en la silla, y, mientras saco la cena, el aroma de la capesanta grigliate con pesto se mezcla con el silencio de la habitación.

Y entonces lo veo.

Una notificación parpadea en la esquina de la pantalla del portátil.

Un nuevo correo electrónico.

De [email protected]

Asunto: Clausura (o lo que sea esto)

Mi corazón se detiene. Es apenas un segundo, pero suficiente para que el clic resuene con una desesperación vergonzosa. Y me pongo a leer.

Querido Gian:

( Sí, voy a empezar así. Aunque admito que lo primero que he pensado al leerte ha sido más bien: «¡Giancarlo Di Laurentis, por el amor bendito, ¿en serio?!», con ceño fruncido y suspiro dramático incluidos).

He leído tu carta. Una vez por impulso. Otra por incredulidad. Y una tercera… con ese nudo incómodo que se instala en la garganta y se disfraza de alergia o de sed, aunque todos sepamos que es otra cosa. Así que sí, digamos que te he leído con atención. Con una que no regalo fácilmente.

Tal vez ha sido por tu «inventario de daños», que me ha parecido una expresión peligrosamente honesta.

La mayoría de la gente prefiere llamarlo destino, mala suerte o «lo que tenía que pasar», pero tú no.

Tú has decidido revisar la letra pequeña cinco años después.

Y eso, aunque llegues tarde, tiene cierto mérito.

Tal vez simplemente ha sido porque estamos en vísperas de Navidad (y yo tengo debilidad por estas fiestas, incluso por la parte que duele).

O tal vez ha sido esa honestidad que solo aparece cuando alguien empieza a mirar hacia atrás sin cinismo.

Y eso es raro. Y valioso. Muy valioso. Créeme, esa versión sin filtro de la gente casi nunca se deja ver.

Dices que no hubo portazos. Solo silencios. Permíteme una pequeña corrección profesional: los silencios también son una forma de portazo. Pero no hacen ruido. Y por eso tardan más en reconocerse.

Dices también que te fuiste persiguiendo un futuro brillante.

Suena exactamente al tipo de decisión que uno toma convencido de que el amor sabrá esperar en una repisa, como un libro bien colocado.

El problema es que las personas no somos objetos decorativos, Gian.

No nos quedamos inmóviles mientras alguien comprueba si la ciudad nueva combina mejor con sus ambiciones.

Me pides una cena de clausura. Lo entiendo. Me parece justo. Incluso valiente y noble. Pero también un poco ingenuo. Porque cerrar algo no depende solo de que tú tengas las manos libres. Hace falta que el otro también quiera aflojar las suyas. Y eso, querido Gian, no siempre pasa.

Déjame también advertirte algo: clausurar no es lo mismo que corregir el final.

Y a veces, cuando uno vuelve para cerrar, descubre que lo que realmente quería era comprobar si aún quedaba algo abierto.

Y eso, en este mundo de memoria fugaz y afecto desechable, tiene su peso. Deberías darle una vuelta.

Aun así, hay algo en tu carta que me hace pensar que no escribes por nostalgia.

Escribes por responsabilidad. Y eso es mucho más raro que el arrepentimiento.

Así que aquí va mi respuesta oficial: tu solicitud es viable.

No prometo nada, pero, si decides seguir adelante, escríbeme de nuevo.

Las clausuras, como las segundas oportunidades, requieren cierta precisión en los detalles.

Un abrazo navideño para ti (con « Winter Wonderland» de Tony Bennett sonando de fondo, porque soy predecible),

Srta. Santa Clausura