2. Gian
Gian
Querida Srta. Santa Clausura:
Me llamo Giancarlo Di Laurentis. No te asustes: solo uso el nombre completo cuando mi madre está a punto de desheredarme. Para el resto del mundo soy Gian. Si esto prospera, puedes llamarme así.
Tengo veintiocho años y estoy en ese momento vital en el que uno empieza a tener la sospecha bastante fundada de que la cagó a lo grande. No es nostalgia. Es más bien… inventario de daños.
Hace cinco años me fui a Londres con un contrato generoso, convencido de que perseguía un futuro brillante. Pero no leí la letra pequeña. Nunca la leemos. La mía decía algo así como: «Puede perder cosas que no sabrá cómo recuperar». Y sí. Las perdí.
No hubo portazos ni dramas memorables. Solo silencios. Conversaciones aplazadas. Preguntas sin responder. Supuse que el tiempo se encargaría del resto. Error de principiante. El tiempo no arregla nada: solo deja que los problemas aprendan a vivir contigo.
Ahora he vuelto a casa. A Manarola. Y eso ha tenido un efecto secundario: algunas cosas que creía superadas han decidido no estarlo tanto.
Por eso te escribo. Me gustaría solicitar una cena de clausura.
No busco reabrir heridas ni alterar la vida de nadie, solo hacer algo que no hice entonces: darle un cierre digno a una historia que se quedó a medio escribir.
No tengo ni idea de si esta carta llegará al lugar correcto; pero, si finalmente consideras que este caso es viable, estaré esperando tu respuesta .
Gracias por leerme,
Gian
Hace horas que envié ese maldito correo.
Horas.
Y ya me estoy arrepintiendo. No porque no quiera ver qué pasa. No porque me haya echado atrás. Es solo que ahora estoy atrapado en ese purgatorio moderno que es refrescar compulsivamente la bandeja de entrada.
Vuelvo a actualizarla.
Nada.
Cinco minutos después, otra vez.
Nada.
La tele está encendida, aunque no sé qué están dando. Podría ser un partido de fútbol o un reportaje sobre tiburones . Me da exactamente lo mismo. Solo necesito el ruido. Algo que impida que la casa que acabo de comprarme suene tan vacía.
Volver es una trampa. Nadie te lo advierte , claro.
Te hablan de empezar de nuevo. De reencontrarte.
De cerrar etapas. Pero no te dicen que también reaparecen cosas que dabas por amortizadas.
Calles que te ponen tenso sin motivo. Canciones que preferirías no reconocer.
Sitios en los que notas el pulso más rápido de lo normal.
Nadie te dice que regresar no siempre significa volver al presente, sino abrirle la puerta al pasado sin estar del todo preparado .
Nadie menciona que hay rincones que guardan memorias como trampas , ni que ciertas personas siguen habitando los mismos lugares dentro de ti.
El corazón se te agita. El estómago también .
Como si algo en lo más profundo supiera que hay cuentas que aún no han sido saldadas.
Y entonces entiendes algo bastante simple: lo que no cerraste sigue ahí.
No desaparece porque tú te vayas. Solo se queda esperando.
No hay moraleja épica ni lección bonita.
Solo la incomodidad de saber que podrías haber hecho las cosas mucho mejor.
Y sí. Lo sé. Estar así ahora mismo, tan inquieto, tan nervioso, es culpa mía.
Aunque no exclusivamente.
La culpa también la tiene Ángelo.
Ángelo Esposito.
Nombre de personaje de telenovela venezolana, alma de filósofo italiano venido a menos, y una manía insoportable de decirme la verdad cuando no quiero escucharla .
Lo conocí en primero de carrera cuando aún no sabía en qué demonios me estaba metiendo.
Yo estudiaba Derecho con la misma pasión con la que él esquivaba cualquier tipo de responsabilidad.
Nos unía el café recién hecho de la facultad, los apuntes garabateados a última hora y esa complicidad muda que te hace no preguntar demasiado cuando el otro desaparece durante días sin dar explicaciones.
Jamás nos exigimos más de la cuenta. Nunca hicimos promesas.
Supongo que por eso seguimos siendo tan amigos.
Anoche, después de años sin vernos —la última vez fue aquella visita fugaz que me hizo en Londres—, volvimos a brindar como si no hubiera pasado el tiempo.
Y con Ángelo no hay medias tintas. Ni con el vino ni con la vida.
Así que, después de demasiadas copas, me lo soltó.
Sin rodeos. Sin anestesia . Como si no fuera una herida que él sabía de sobra que aún estaba abierta.
—¿Sigues pensando en ella?
Lo negué al instante. Un «no» automático. Demasiado rápido. Y Ángelo no discutió. Ni falta que hizo. Me sostuvo la mirada unos segundos y sonrió como si ya tuviera la respuesta.
—Cinco años, tío. ¿De verdad vas a seguir fingiendo?
Cinco años .
Cinco Navidades evitando enviar un mensaje que podría haber escrito en diez segundos.
Cinco cumpleaños en los que abrí el chat, lo cerré y me convencí de que era mejor así.
Lo fácil habría sido admitirlo allí mismo. Decir que sí. Que sigo pensando en ella. Que a veces demasiado . Pero reconocer que continúas enganchado a alguien después de media década no te deja en muy buen lugar. Sobre todo cuando fuiste tú el que decidió marcharse.
De hecho, ni siquiera sé si sigue en Manarola.
No sé si tiene hijos —aunque siempre decía que, antes de los veintiocho, ni hablar— o si llenó su casa de perros, que es lo más probable.
Tampoco sé si hay alguien preparándole el café como a ella le gusta: con seis cuchara das de azúcar.
O si hay otro tipo sentado a su lado viendo esas películas navideñas imposibles, las de la nieve perfecta y finales felices garantizados.
Las que ella defendía con una seriedad casi científica mientras yo fingía que me parecían ridículas .
Nunca le confesé que me las sabía de memoria. Ni que lo mejor de esas películas no era el final . Era mirarla a ella creyendo en él.
Supongo que algunas cosas debería haberlas dicho en voz alta cuando todavía estaba a tiempo.
—Mira… —dijo Ángelo, dejando la copa sobre la mesa—. Te voy a contar una cosa.
Y fue entonces cuando me habló de ella.
—Hace un año recibí una carta. Una escrita a mano, en papel orgánico. Pensé que era una broma. Era de una tal Señorita Santa Clausura . Ya ves, un nombre bastante absurdo. Y me decía que Sienna… —me miró—. Te acuerdas de Sienna, ¿no?
Asentí. Fue una de sus primeras novias.
—Pues decía que Sienna quería organizar una cena para despedirse de mí. No para volver . No para liarnos otra vez. Sino para acabar bien, sin esa forma cobarde de cortar que ahora se lleva. Una cena. Una sola noche. Para decirnos todo lo que no nos dijimos nunca.
Lo miré como si acabara de confesarme que había estado en una secta espiritual que solo comía ensaladas de kale y bailaba alrededor de una fogata para despedirse de sus exparejas.
—¿Y fuiste?
—Claro que fui. Tenía mil razones para no hacerlo.
Pero también para hacerlo. Y tenía curiosidad.
—Se encogió de hombros—. Cenamos. Hablamos de lo que salió mal.
De lo que sí funcionó. De lo que no supimos hacer mejor.
Me dijo que durante años sintió que tenía un capítulo abierto.
Como un libro sin final que no la dejaba avanzar.
Que necesitaba cerrarlo con dignidad, no a base de reproches o mensajes a las tres de la mañana.
—¿Y?
Ángelo tardó un segundo en responder.
—Y salí más ligero.
Nada de fuegos artificiales. Nada de reconciliaciones. Solo eso.
—No arregla el pasado —añadió—. Pero te deja en paz con él.
Me quedé callado. Por primera vez en mucho tiempo, la idea de sentarme frente a alguien y no huir no me pareció una locura .
—¿Y esa mujer? —pregunté—. La que organiza todo esto. ¿Qué es exactamente?
Ángelo sonrió. Tardó unos segundos en responder, como si intentara encontrar las palabras justas.
—No lo sé. No da discursos ni hace terapia. Aparece cuando la gente ya no quiere solo pasar página, sino entender qué decía esa página antes de hacerlo. Prepara el terreno y se aparta . Se asegura de que hables. De que escuches. Y de que no te levantes de la mesa antes de tiempo .
Bebió el último trago de vino antes de añadir:
—A veces lo único que necesitas es eso, tío. Una mesa . Y el valor de quedarte.
Me reí. O lo intenté . De esas risas cortas que no convencen a nadie.
Pero la idea ya se había instalado en mí.
Y ahora aquí estoy. Ordenador sobre las piernas, bandeja de entrada abierta y un correo enviado a una mujer que no conozco y a la que le he pedido ayuda para clausurar algo que, si soy sincero, no sé si quiero cerrar del todo.
Porque la parte razonable de mí quiere pasar página . La otra quiere saber si ella sigue tomando el café con demasiado azúcar. Si alguna vez piensa en nosotros. Si lo nuestro fue tan difícil de soltar para ella como lo está siendo para mí.
Con un suspiro exasperado, bajo la pantalla del portátil y lo dejo caer sobre el sofá.
Apago la tele, y, de pronto, el silencio lo ocupa todo.
Me quedo de pie en medio del salón , mirando alrededor como si la casa pudiera responderme.
Es prácticamente perfecta. Luminosa. Limpia.
Moderna. Grande. Reformada. Silenciosa. Y… vacía.
Vacía como ese hueco traicionero en el pecho que no se llena con metros cuadrados, ni con sofás italianos, ni con electrodomésticos que no hacen ruido. Porque hay cosas que no se compran por mu cho que uno tenga la tentación de intentarlo.
Me paso una mano por el pelo y me obligo a moverme. Después de darme una ducha rápida y enfundarme un chándal, salgo a buscar algo para cenar. Porque sí, la nevera también está vacía.
Manarola me recibe con sus calles empinadas y empedradas, que huelen a sal marina y a algo más. A algo indefinido. Como a pan recién hecho mezclado con nostalgia. Como a infancia en pueblo costero. Como a ese tipo de Navidad que no he vuelto a vivir desde hace tantos años.