Querida Srta. Santa Clausura 1. Gia
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Querida Srta. Santa Clausura:

Me llamo Vittoria y llevo diez (¡diez!) Navidades con un hombre que promete dejar de ver a su ex «después de las fiestas». Y han pasado las fiestas, los años, las rebajas de enero e incluso una pandemia mundial. Y sorpresa : sigo siendo la ex a la que promete dejar de ver.

Necesito tres cosas: una última cena (dramática, por supuesto ), un vestido que haga que Babbo Natale me contrate de ayudante y permiso legal para no volver a contestarle ni aunque me llame vestido de elfo, montado en un trineo y tocando la zambomba.

¿Aceptas casos como este o solo clausuras finales civilizados?

Con cariño (y una ligera úlcera navideña ),

Vittoria R.

Cuando empecé esta empresa pensé que escribiría cartas.

Como esas que le dejan a Julieta en Verona bajo el balcón y que un grupo de voluntarios románticos contesta con esmero y papel de buena calidad . Cartas poéticas. Estilizadas. Un poco tristes, sí, pero con clase . Algo digno de Jane Austen si Jane Austen hubiera vivido en pleno siglo xxi .

Lo que no me imaginé es que acabaría recibiéndolas. A diario. En mi bandeja de entrada, en la cuenta de Instagram e incluso por debajo de la puerta.

La idea original era sencilla: Santa Clausura, S.r.L.

Un nombre bonito, con ecos de Navidad, pero también de final. Un rincón real para ayudar a cerrar historias de amor con un moño mal hecho y una copa de vino en el sofá de mi casa. Sin dramas. Sin finales gritando por la calle. Con servilletas de tela, si podía ser.

Pero internet no está para moños despeinados.

La gente me escribe pidiéndome permiso para mandar a freír turrones a su pareja.

Literalmente. Hay quien necesita mi bendición para dejar de responder mensajes.

Para dejar de fingir interés. O, en el caso de Vittoria R.

, para entender que, si él lleva años prometiendo irse de su vida y sigue ahí, quizá la que tiene que dar el paso y marcharse es ella.

Desde la pequeña ventana de mi oficina en Manarola se ve un trozo del mar más azul de Italia.

Justo enfrente hay un edificio color melocotón donde vive una señora octogenaria que cuelga su ropa interior como si fuese una declaración política.

Cada vez que veo su sujetador fucsia, sus bragas rojas y su camisón de flores ondeando al viento, me siento un poco menos sola.

Un poco más libre. Un poco más majareta también, porque llevo cuatro horas escribiendo cartas a casi- exnovios ajenos con una copa de vino en la mano y cero ganas de juzgarme.

Este es mi diciembre, después de todo. Y, en estas fechas, el caos sentimental no solo se permite. Se institucionaliza.

Leo el e-mail de Vittoria R. de nuevo, marco su archivo como aceptado, le doy cita para llamarla por teléfono y luego me dejo caer sobre la silla, agotada.

Trabajo todo el año ayudando a la gente a cerrar sus historias de amor con algo de dignidad (y sí, algo de dramatismo controlado), pero en Navidad esto se convierte en una especie de urgencia nacional.

Es como si diciembre activara una alarma interior colectiva : «Año nuevo, vida nueva.

Cierra lo que tengas pendiente . Deja ir a quien no supo quedarse.

Hazlo bonito. Hazlo simbólico. ¡Hazlo con luces led si puedes! ».

Y ahí es donde entro yo: Gianna Bellini.

Fundadora, directora creativa, redactora emocional de crisis sentimentales ajenas y DJ ocasional en cenas de cierre organizadas por Santa Clausura (mi momento favorito es pinchar «I Will Survive» justo después del postre).

Soy na rradora profesional de adioses navideños, mediadora diplomática en tre el «no te merezco» y el «es mejor así», y en diciembre, multitarea emo cional con gorro de Babbo Natale, esmalte rojo corrido y más tiritas invisibles en el corazón de las que puedo contar.

Sé que todo esto suena a excentricidad navideña.

Un hobby raro que termina convertido en marca personal, o el resultado inevitable de ver demasiadas comedias románticas sin la supervisión de un profesional de la salud mental.

Pero la verdad es que tiene raíces más serias.

Piensa en un título universitario colgado en la pared.

Importante pero torcido. Y, cómo no, en mi propia ruptura, que fue cero original.

Yo en pijama, él diciendo que había conocido a otra.

Un clásico tan repetido que debería tener su propia categoría en Netflix.

En cuanto al título universitario, sí, soy terapeuta de pareja.

De formación. De vocación, también. Lo que pasa es que descubrí dema siado pronto que lo mío no era estar en un despacho con una plant a triste, ni las sesiones de cuarenta y cinco minutos con un reloj en la mesa, ni la pregunta oficial del gremio: «¿Y cómo te hace sentir eso? ».

Aunque lo intenté, claro. Durante casi tres años trabajé en una consulta con luz cenital, incienso de frutos del bosque y una impresora que siempre hacía ruido justo cuando alguien se ponía a llorar, como si se solidarizara con los pacientes.

Era como una especie de karaoke emocional donde todo el mundo cantaba canciones tristes, y yo quería hacer algo más que aplaudir al final.

Quería actuar . Cerrar. Crear rituales. Ayudar a transformar todo ese caos emocional en algo tangible, liberador, casi ceremonial.

Me frustraba ver cómo muchas parejas venían a terapia con la relación ya muerta , esperando que yo sacara la varita mágica. Y sí, a veces lo hacía. Pero, otras muchas, lo que necesitaban no era que les salvara la relación, sino que los ayudara a despedirse de ella como se merecían.

Y, en cuanto a la ruptura, fue una de esas sin drama, pero con la sensación incómoda de que te están desinstalando del corazón de alguien como si fueras una app que ya no les sirve.

Y pensé: esto no puede terminar así . Así que monté una cena.

Una cena de clausura. En un restaurante elegante, con vino bueno, velas y un discurso que preparé como si fueran a entregarme un óscar.

Y, cuando terminó, sentí que por primera vez había cerrado una historia con la ceremonia que merecía.

No con un portazo. No con un mensaje sin respuesta. Sino con un final digno y de verdad.

Fue en ese momento cuando empecé a preguntarme: ¿y si existiera un espacio entre el final abrupto y la terapia que llega tarde?

¿Un lugar intermedio, con empatía, pero también con acción?

¿Un puente con luz bonita, donde la gente pudiera decir «hasta aquí» sin sentir se un monstruo?

Y entonces lo vi claro. No quería ser solo terapeuta de parejas.

Quería ser celebrante oficial de los finales bien hechos.

Tras años trabajando, ahorrando con una disciplina casi obsesiva y viviendo todavía bajo el techo de mis padres, reuní el colchón suficiente para intentar algo que sonaba bastante mejor en teoría que en voz alta.

Así que empaqueté mis diplomas, mis libretas, mis ganas de cambiar la narrativa del fracaso amoroso, y creé Santa Clausura, SRL , un espacio híbrido: mitad consulta, mitad performance sentimental.

Un lugar donde las rupturas no se esconden, se escenifican. Con arte, con humor y con cariño.

Al principio , empecé con mis amigas. Luego con las amigas de mis amigas.

Después, con una cuenta de Instagram que se volvió viral con frases tipo «Cerrar también es un acto de amor.

Aunque a veces solo hacia ti misma». O «¿De verdad lo echas de menos o solo te sientes sola y está lloviendo?

». Así, poco a poco, fue naciendo esta empresa de locos.

Un servicio para personas valientes que necesitan decir basta, pero no saben cómo.

Un refugio con una playlist currada, una carta personalizada y ritual incluido.

Un cierre con brillo navideño, aunque sea agosto o abril.

Porque da igual si es Nochebuena o un martes cualquiera: siempre es un buen momento para dejar ir a quien ya no te quiere.

Mi seudónimo profesional: Srta. Santa Clausura .

Mi especialidad: organizar cenas de despedida para relaciones que no han sabido morirse a tiempo.

Y sí, soy plenamente consciente de lo que parece. Pero créeme: cuando la gente se sienta frente a ti con la voz temblando y los ojos ya cansados de llorar en silencio, lo que más necesitan no es un consejo. Es permiso. Permiso para cerrar. Para sanar. Para largarse sin culpa.

Han pasado poco más de dos años desde aquella cena de cierre improvisada (la mía), y me enorgullece decir que desde entonces la em presa no ha dejado de crecer.

Funciona los trescientos sesenta y cinco días del año: sin descanso, sin excepciones y sin importar si es Navidad, San Valentín o un lunes triste de septiembre.

Aunque el nombre suena a comedia romántica navideña con final feliz, la verdad es que eso es solo el mejor marketing de mi vida, espumillón incluido y nombre con doble sentido aprobado por mi mejor amiga.

Porque Santa Clausura no nació en diciembre, sino en marzo.

Un 3 de marzo gris, húmedo y con olor a rendición.

Exac tamente seis días después de la mencionada ruptura, en plena crisis existencial apoteósica y con Ariana Grande de fondo cantando «Santa Tell Me» en bucle.

Y no por elección propia, sino porque no pago Spotify Premium.

El algoritmo, como mi ex, tampoco entendió el momento.

Desde ese día, he organizado despedidas en restaurantes con manteles de lino y en playas con arena entre los dedos.

En jardines privados con catering de restaurantes con estrellas Michelin y hasta en una pista de patinaje sobre hielo donde una chica patinó, literalmente , hacia su libertad.

He escrito discursos de cierre que harían llorar a Shakespeare y otros que terminaron en carcajadas, brindis y abrazos incómodos pero liberadores.

Porque no hay una sola forma de soltar, pero sí maneras de hacerlo bien.

Y yo me encargo de eso. De que duela solo lo justo.

Así que sí, en resumen: Santa Clausura no es exactamente convencional.

No vendo regalos. No monto cenas románticas .

No busco el amor. Lo entierro. Con cariño.

Con respeto . Con música de fondo seleccionada con mimo según el nivel del trauma.

Y me estoy llenando los bolsillos de lo lindo porque —y esto no lo vi venir ni con toda mi formación— el duelo sentimental bien presentado está sorprendentemente bien pagado.

Lo que demuestra que incluso los corazones rotos tienen presupuesto y que, si algo nos sobra a las personas, son historias que necesitan un final.

Cuando me canso de estar sentada frente al ordenador de mesa, me arrastro hasta el sofá de la oficina.

Es mi lugar seguro : rojo, mullido y perfectamente ubicado para fingir que sigo siendo productiva mientras desconecto del mundo.

Sonrío al ver que un sándwich vegetal me espera sobre la mesita junto al portátil , con el pan un poquito tostado y esa cantidad generosa de aguacate que me recuerda que Allegra Romano me quiere más de lo que dice.

Lele es mi socia, mi mejor amiga, mi brújula y mi única conexión con el sentido común muchas veces. Y es tan tan estupenda que me ha dejado una nota encima del sándwich antes de irse hace unos cinco minutos, cuando ha acabado su jornada laboral. Y también la mía.

Las horas extras van a acabar contigo. No leas más correos si no has comido. Otra ruptura más en ayunas y te vas a desmayar sobre el teclado.

Sus notas pasivo-agresivas con caligrafía elegante son mi forma favorita de recibir cariño, así que obedezco.

Bueno, a medias. Le doy un mordisco rápido al sándwich mientras abro el portátil y, con él, el siguiente correo.

El aguacate se me escurre un poco por el lateral del pan, pero no me importa.

Total, es solo una carta más. Una cortita y me voy, me digo.

Una de las fáciles, de esas que traen una ruptura de manual: «Gracias por todo, pero se me ha muerto la ilusión», o algo tipo «Me dijo que no era su momento y luego subió una foto con otra ».

Los clásicos nunca fallan. Y me encantan.

Pero, en cuanto veo el nombre del remitente, algo en mí se detiene .

Y no me refiero a una pausa elegante, al estilo «instante cinematográfico de introspección».

No. Me refiero a un cortocircuito , como si de repente me hubiera olvidado de las funciones humanas básicas.

Literalmente, se me congela la mandíbula a medio masticar, como si no supiera cómo se traga ni cómo se sigue viviendo.

Mi estómago se encoge, mi espalda se convierte en una barra de acero y mi corazón, ese traidor incansable, hace un amago de latir antes de quedarse suspendido en una especie de limbo cardíaco y luego lanzarse en caída libre, como si quisiera fugarse de mi pecho .

Y ni siquiera he abierto el correo.

Es el nombre que parpadea en mi bandeja de entrada como esas luces navideñas que no puedes dejar de mirar, aunque te revienten las córneas.

Él.

Mi primer amor.

Mi único amor de verdad, si nos ponemos técnicas.

El ex al que nunca le escribí la carta. El que se quedó sin final, sin clausura, sin despedida digna. El hombre que me rompió en tantos pedazos que todavía hoy me sorprende no sonar como una maraca cuando camino.

Yo juraba que ya no quedaba nada por despedazar, que todo lo que dolía de esa historia estaba amortizado como un electrodoméstico viejo.

Pero basta ver su nombre para que algo en mi interior cruja.

Un sonido suave, casi imperceptible, en un rincón olvidado de mí.

Como si me hubieran abierto la herida con un susurro.

Y, de pronto, todas las rupturas que he leído hoy se vuelven… pequeñas. Adorables, incluso. Casi manejables. Porque esta, la que tengo ahora delante, no es una historia ajena. Es la mía.

Y no tengo ni puñetera idea de qué hacer con ella.